El guardián de la memoria: La vida de Raúl Mansilla, el mecánico que aún mantiene encendido el fuego de Malvinas

En su quincho del barrio Standard Norte, el veterano del Batallón Logístico 9 abre las puertas de su refugio de recuerdos. Entre mates y fotos, el hombre que reparó fusiles bajo el fuego de las islas reflexiona sobre la hermandad del acero, el fracaso de la guerra y la nobleza de reconocerse en el espejo del antiguo enemigo.
miércoles 01 de abril de 2026
Raúl Mansilla recibió al equipo de Crónica en su casa
Raúl Mansilla recibió al equipo de Crónica en su casa

En un rincón de Comodoro Rivadavia, el viento patagónico suele golpear con la misma insistencia con la que los recuerdos golpean la puerta de Raúl Mansilla, veterano de la guerra de Malvinas en 1982. Él no los esquiva; al contrario, les ha construido un refugio donde recibe a Crónica y donde cuenta con lujo de detalles lo que fue el conflicto bélico.

Allí, entre mates y cuadros, Raúl recibe a quien quiera escuchar. No hay jactancia en su relato, sino la precisión técnica de quien fue Cabo Primero Mecánico Armero del Batallón Logístico 9. Sus manos, que hoy sostienen un termo, fueron las que en medio del barro de las islas desarmaron fusiles trabados y ajustaron percutores mientras el cielo se venía abajo.

Raúl tenía 20 años cuando el ejercicio militar en Puerto Deseado se transformó en la realidad brutal de una guerra. El 11 de abril de 1982, bajó de un Fokker F-28 en Puerto Argentino y comprendió que los manuales de la Escuela Lemos se pondrían a prueba bajo fuego real.

"Cuando bajamos, nos dimos cuenta de que eso no era un ejercicio. Era la guerra", cuenta Raúl en el quincho de su casa en el barrio Stándar Norte.
Su unidad se instaló en Moody Brook. La logística es el corazón invisible de un ejército: sin munición, sin armas calibradas, sin vehículos, no hay combate posible. Pero el 1 de mayo, la guerra dejó de ser un concepto para volverse un temblor. Bombas de 500 libras cayeron cerca del aeropuerto y el suelo de las islas, blando y traicionero, vibró como un animal herido.

Esquirlas de un proyectil que Raúl guarda como recuerdo.

 

La intuición de su jefe los salvó: cambiaron de posición justo antes de que los bombardeos británicos borraran del mapa sus refugios anteriores. Desde entonces, la vida fue un pozo en la turba, ropa lavada con agua de mar y una sola comida al día.

La hermandad del acero

Para Mansilla, Malvinas no es solo un mapa o una efeméride; es una lista de 116 nombres. Es el hombre que lleva la cuenta de su unidad, el nexo que une a los que volvieron y el que tacha con dolor a los que el tiempo se lleva (ya van 26).

En su quincho, los objetos hablan. Hay piezas de munición que hoy son adornos, pero que en su momento fueron herramientas de muerte. Sin embargo, lo que Raúl más atesora no es el metal, sino el "nosotros". Para él “el veterano no es un compañero, es un hermano. En la guerra dependíamos uno del otro".

Cada 2 de abril, su casa se llena de capitanes y soldados que viajan a Comodoro solo para sentarse a su mesa, recordar lo vivido y compartir una comida.
La humanidad sobre la trinchera

A sus 64 años, Mansilla posee la sabiduría de quien vio la muerte de cerca pero eligió quedarse con la vida. Su reflexión es punzante: “la guerra es un fracaso de la humanidad donde no hay ganadores. Pero, paradójicamente, siente el orgullo de haber sido parte de la generación que, tras 150 años de paz, tuvo que poner el cuerpo”.

Hay un gesto de nobleza en sus palabras cuando habla del "enemigo". Para este mecánico de armas, el soldado inglés es un espejo: “a mí me encantaría sentarme a tomar mate con un inglés que haya tenido la misma experiencia mía. Son enemigos circunstanciales... los que arman la guerra son otros”.

La charla con Raúl podría durar horas y horas. El vuelve a mirar su bandera y sus medallas. Dice, medio en broma y medio en serio, que tendrá que vivir hasta los 100 años para honrar a todos sus compañeros. Mientras tanto, en su quincho de Comodoro, el fuego sigue encendido y la memoria, como un arma bien mantenida, está lista para seguir dando testimonio.

El fuego en el quincho no se apaga; mientras haya alguien dispuesto a escuchar, la guardia de Raúl Mansilla sigue vigente.