Comodoro: 50 años del golpe
“Todavía lloro como ese día”: el dolor de Mónica Mussi, hermana de un desaparecido en Comodoro
A 50 años del último golpe de Estado, la memoria sigue viva en historias como la de Mónica Mussi, hermana de Julio Argentino Mussi, un comodorense secuestrado en 1977 que aún permanece desaparecido.
“Lo vivo como si hubiera sido ayer”, expresó, con la voz quebrada, al recordar el momento en que vio por última vez a su hermano. La escena, reconstruida una y otra vez a lo largo de su vida, sigue intacta. “Cuando uno vive todo en forma directa, nunca lo olvidás. Lo llevás grabado para siempre”.
El 22 de marzo de 1977, cuando tenía apenas 12 años, Mónica acompañaba a su madre a tomar el colectivo sobre avenida Roca. Desde allí vieron un camión militar y movimientos extraños en la casa de Julio, en el barrio Juan XXIII. Sin entender del todo lo que pasaba, se acercaron.
“Nos dijo ‘avisen a mis hermanas que me llevan’”, recordó. Fue una frase breve, en medio de la tensión. Nadie imaginó que sería la última vez que lo verían. “Mi mamá y yo fuimos las últimas personas con las que habló”.

Secuestro, torturas y desaparición
Julio tenía 32 años, era trabajador petrolero y estaba por comenzar una nueva etapa laboral. Tenía planes, proyectos, una familia. Todo quedó truncado ese día.
Tras el operativo, fue trasladado al Comando de la IX Brigada del Ejército en Comodoro. A la familia le negaron que estuviera allí. “Nos decían que no sabían nada”, contó Mónica. Poco después, fue llevado a Bahía Blanca junto a otras personas detenidas en la ciudad.

Allí, según reconstrucciones judiciales y testimonios de sobrevivientes, los mantenían en condiciones inhumanas. “Los tenían en vagones de ferrocarril, vendados, atados, desnudos, sin comida ni agua. Les aplicaban torturas, los golpeaban”, relató.
A pesar de que meses más tarde algunos detenidos fueron liberados y declarados inocentes —incluso el nombre de Julio apareció en una publicación—, él nunca volvió.
“Pensábamos que estaba en algún lado, que había perdido la memoria. No sabíamos. Y no podíamos hablar, porque teníamos miedo. Era un terror constante”, explicó.
El dolor que no termina
La desaparición de Julio atravesó a toda la familia. Su padre había fallecido apenas meses antes y su madre inició una búsqueda que nunca tuvo respuestas.
“Mi mamá siempre lo esperaba detrás de la ventana”, recordó. La escena se repitió durante años, hasta su muerte. “Perder un hijo es terrible”.

Mónica tenía 12 años cuando todo ocurrió. Hoy, con 61, asegura que el paso del tiempo no alivió el dolor. “Puedo llorar igual que ese día. Para mí es ayer”, insistió.
En ese contexto, remarcó que el impacto no es solo individual. “Esto no lo viví solo yo. Hay muchas familias que pasaron por lo mismo. Por eso yo hoy hablo por todos”.
Memoria en las aulas
Además de su historia personal, Mónica trabaja como docente y transformó su experiencia en una herramienta de enseñanza. En la Escuela N° 743 impulsa proyectos donde los estudiantes participan activamente en la construcción de la memoria.

En la plazoleta que lleva el nombre de su hermano, alumnos realizan murales, escriben frases y reflexionan sobre la historia reciente. “Necesito que los chicos aprendan la diferencia entre vivir en democracia y en dictadura”, explicó.
En ese sentido, destacó el valor de transmitir lo vivido en primera persona. “Yo les cuento lo que pasó, cómo lo viví. Es una forma de hacer memoria. Si no, se pierde”.
También subrayó la respuesta de los jóvenes. “Escuchan, se interesan, entienden el dolor. Y eso es importante, porque son ellos los que tienen que cuidar lo que hoy tenemos”.
Una lucha que sigue
A lo largo de los años, la causa judicial avanzó y permitió condenar a uno de los responsables por delitos de lesa humanidad. Sin embargo, para la familia, la verdad sigue incompleta.

“Nunca dijeron dónde están los restos de mi hermano”, lamentó. Y agregó: “El día que me digan eso, recién ahí voy a poder estar tranquila”.
Lejos de resignarse, Mónica asegura que va a seguir buscando respuestas. “No tengo miedo. Voy a luchar hasta saber dónde está”, afirmó.
A medio siglo del golpe, su testimonio resume el sentido profundo de la fecha: una herida que sigue abierta y una memoria que se niega a desaparecer. “Esto no le tiene que pasar a nadie más”, concluyó.
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