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El Chenque del Cacique Manikeke

Por Alejandro Aguado / Texto y dibujo
martes 05 de marzo de 2024
El Chenque del Cacique Manikeke

En el año 2001 conocí a los hermanos Botello en su lote de Choiquenilahue. Eran nietos de Eduardo Botello, explorador, colaborador del Perito Moreno y primer colono del sur de Chubut. Llegué investigando su biografía para uno de mis libros. La historia oficial lo desconocía. Residían en la casa que había edificado su abuelo a mediados de 1901. Comparada con las viviendas de adobe de la época, sería un palacete. La conservaban intacta. Fue construida con paredes de concreto, pisos y cielorraso de pinotea y puertas y ventanas de madera labrada. Un amplio salón-cocina daba a tres habitaciones. Se situaba entre el río Senguer y el faldeo del valle. La rodeaba un bosque artificial. Uno de los álamos, de tantos años de vida, medía unos cuatro metros de circunferencia.

Botello había formado familia con Teresa Manikeke Sapa. Era hija del cacique tehuelche Gabriel Manikeke. Los hermanos se consideraban tehuelches y mantenían vivas sus costumbres, tradiciones y ritos.

Cuando expliqué el motivo de la visita, me invitaron a ingresar a la vivienda. Gregorio, al que todos conocían como Quique, se deslizó hasta un banco situado en un rincón oscuro. Al interior lo iluminaba con una tenue luz que ingresaba por las ventanas. Los asientos destinados a los visitantes eran bancos dispuestos contra las paredes. Emilio, el hermano mayor, se acodó en la cabecera de una mesa de madera. Era un hombre corpulento, de tez trigueña y andar pesado. Vestía de negro de pies a cabeza, con ropas de gaucho patagónico. Volcado en un silencio hermético, parecía estar ausente. Oportunas miradas inquisitivas le conferían un aire de autoridad. Pese a que los ojos se le iluminaban cuando hablábamos de sus antepasados, sus contribuciones eran parcas. Parecía que el pasado respiraba en él con más vitalidad que el presente. La charla se intercalaba con prolongadas pausas de silencio. Esa costumbre, para alguien urbano, podía resultar incómoda y desconcertante. La comunicación fluía por la intervención de la mujer de Emilio.

Conversando acerca de conocidos y parentescos, les comenté que mi abuela materna nació y residió su niñez en las vecindades. Cuando cité sus apellidos, Quique me aseguró: “Ah, sí, somos parientes por parte de los Manikeke”. Les interesó saber más de mi abuela y nos pidieron conocerla en una próxima visita. Quedaban pocos de los viejos pobladores.

Sus palabras me abrieron un mundo inesperado: éramos parientes lejanos. Uno de mis bisabuelos, el gallego Graña, había formado familia con María, que era integrante de los linajes tehuelches Makikeke-Kachiman. Manikeke era un cacique de la parcialidad norte de los tehuelches, los Gününa Kune o pampas. Kachiman pertenecía a los del sur, los Aoni Kenk –gente del sur- o Patagones. Había adoptado –o le impusieron- el apellido Morgan. Entre fines del siglo XIX y principios del XX, era muy común que al bautizarlos se los cambiaran. En 1883, durante la Conquista del Desierto, al cacique y su gente los tomaron prisioneros. Los condujeron a Valcheta, donde los recluyeron en una especie de campo de concentración. Finalizada la campaña militar, regresó a al suroeste de Chubut. Entre 1896 y 1902 lo conocieron y tomaron fotos, el Perito Moreno y los exploradores Aarón de Anchorena y el francés Henry de la Vaulx.

La mujer de Emilio ofició de guía por el lote. Me mostró un galponcito de adobe que a principios del siglo XX albergó un comercio de ramos generales. Los hermanos lo utilizaban como caballeriza. Luego ascendimos el faldeo para alcanzar el cementerio del paraje. Lo demarcaba un alambrado de seis hilos. Muchas de las cruces de madera yacían caídas o medio podridas. En la cruz de hierro forjado que identificaba la tumba del pionero Eduardo Botello, apenas se leía el nombre. El cementerio también albergaba los restos de antiguos colonos del lugar. Se contaban entre quince y veinte tumbas.

Desde el cementerio se dominaba el entorno y se apreciaba el vado Choiquenilahue, que fue el que le dio el nombre al paraje. Entre bosques de sauces y álamos se distinguía el cauce del río Senguer, que se abría en varios brazos. Señalando con la mano hacia el valle, indicó un extenso promontorio donde el cacique Maniqueque establecía su toldería. El asentamiento permanecía intacto. Se accedía cruzando el río a caballo. Al pie de la meseta, dos gruesos y longevos sauces, plantados por los padres de Emilio y Gregorio, sombreaban un pedrero. En el pasado se lo utilizó como asentamiento de toldos y parada de carros. Allí encontraban reliquias olvidadas por viajeros y piedras talladas o con inscripciones. No permitían que se las moviera del lugar.

Transcurridos unos meses regresé a Choiquenilahue con mi madre y mi abuela para que conocieran a los Botello, sus parientes lejanos. Nos recibieron con alegría. Se entendieron de inmediato. Rememoraron los nombres de viejos pobladores del valle y anécdotas. Se quedaron en la casa tomando mate con la mujer de Emilio y Gregorio me llevó a la tumba del cacique. Me concedieron un privilegio que reservan a familiares y allegados. Era un chenque armado con grandes piedras bochas, dispuesto sobre el filo de un alto barranco de greda que caía a pique en el río. Sentí pena al verlo derruido, con las piedras dispersas. Pensé que en un futuro podría rearmarlo. Debajo el río fluía vigoroso, con sus aguas transparentes. A su lado se tendían bosques de ñires. Esos árboles de la cordillera de los Andes se adentraban 100 kilómetros en la estepa. Era algo muy raro. Luego el río torcía hacia el sur, volviéndose perezoso y de aguas turbias.

Cada tanto visitaba a los hermanos. Era como estar en contacto con raíces muy antiguas. Cuando fallecieron demoré algunos años en volver. Le pedí permiso a la hija de uno de los hermanos para rearmar el chenque. Por fin pude cumplir con la meta. Al concluir, siguiendo un ritual indígena, encendí un cigarrillo y lo planté sobre la tumba. No me pude sentar a su lado porque una lluvia pasajera había enloquecido a unas hormigas negras. Tapizaban el suelo en un incesante ir y venir. Contemplé el cigarrillo, que se fue consumiendo de a poco, como si le dieran espaciadas y lentas bocanadas. Parecía que el cacique, desde el más allá, disfrutara de dar fin a décadas de abstinencia de tabaco. No era uno de los ásperos cigarrillos artesanales que ellos fumaban, pero pareció no importarle. Al alcanzar la colilla, se apagó. Regresé a la ruta, satisfecho de haber cumplido con el anhelo postergado. Al frente, una tormenta eléctrica descargaba sus brazos de fuego sobre un suelo que sufría la peor sequía en más de cien años. Detrás, un nuevo ciclo parecía abrirse, aunque para mí el círculo se cerraba. Desde entonces no sentí necesidad de volver.

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