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“De cada diez cabezas, nueve embisten y una piensa”

lunes 28 de noviembre de 2022
“De cada diez cabezas, nueve embisten y una piensa”

Sociedad desquiciante y desquiciada… Generadora y sostenedora de un caos constante que, pese a los nombres y subterfugios con que se la denomina, no deja de ser ella misma se la mire por donde se la mire…

El caos, definido como desorden o confusión absolutos, nos representa tan plena como significativamente. Caos de pensamientos, de comportamientos, de voces, de actitudes, de vínculos, de situaciones…

El desorden, como modus operandi de nuestra forma de vida, nos lleva a la confusión permanente, a comportamientos tan enfermizos como absurdos, a caminos intransitables que insistimos en recorrer tropezón tras tropezón y caídas de las que cada vez cuesta más levantarse.

Debemos saber que el orden es hijo de los límites, esos cuyo cumplimiento deberían resguardar un espacio compartido entre todos los actores sociales, el cual debe garantizarse sin opción a no hacerlo, que requiere de la conciencia social para actuar sin que el avasallamiento hacia los otros ni siquiera roce la opción de hacerlo y el respeto por el semejante, la propiedad privada y la vía pública sea la espada de Damocles pendiendo sobre la cabeza de cada uno de los integrantes de la sociedad.

Los límites establecidos para el correcto y adecuado funcionamiento social de los que deben surgir su orden y armonía, necesita de la aplicación de las leyes establecidas, las que, necesariamente, deben ser de cumplimiento efectivo, inmediato y ejemplificador, de arriba hacia abajo y de abajo hacia arriba.

Nadie puede escapar al peso de la ley. Ahora bien, cuando las leyes no amparan al pueblo, ni a lo inocentes, ni a las víctimas, lo que se debe hacer es modificarlas inmediatamente. ¿Por quién? Por los poderes que corresponden, representados por funcionarios que cobran sueldos del pueblo para actuar en consecuencia.

Entonces, no se necesitarían tantas leyes que no se cumplen, sino pocas, pero efectivas, aplicables y ejemplificadoras, resultando imprescindible que los funcionarios que funcionen. Y ese funcionamiento debe tener como meta inexcusable el bienestar del pueblo, garantizando su dignidad y potenciando su armonía.

Ahora bien, cuando todo esto se subvierte, el orden social desaparece y el caos se instala, creando el paisaje demoledor que vemos a diario, potenciando una sociedad enferma por donde se la mire, donde los vicios de todo tipo flamean como un estandarte de la indigencia espiritual, en el mástil de la espalda comunitaria.

Cuando las vivencias cotidianas sobrepasan el umbral del asombro, y su reiteración nos lleva de la mano de la costumbre a aceptar todo con naturalidad o con resignación y, en la mayoría de los casos con ambas, los espacios van perdiendo sentido, las palabras se vuelven carentes de significado y el despropósito pinta de desnaturalización los aconteceres.

Una sociedad sin orden establecido, sin valores que la sostengan, sin respuestas perentorias que generen el espacio necesario de confianza en las leyes y la justicia, da lugar a nuestra derrumbada sociedad de más de lo mismo…

Una sociedad que a todas luces evidencia haber perdido el rumbo y avanza, proyectando entre sus individuos, la pérdida del sentido de la vida…

Parafraseando a Miguel de Unamuno yo diría: “Me ahogo, me ahogo, me ahogo en este albañal” … ¡y a cuántos argentinos de bien nos duele la Argentina en el centro del corazón!

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