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Ni una sola palabra de amor

domingo 27 de marzo de 2022
Ni una sola palabra de amor

Estimados: al momento de leer esta columna, estaremos todos estrenando un nuevo año. Por eso puedo decir con justeza que mi respuesta a Julia, la consultante de esta semana, llegará a ella el año entrante. En un amable mail, Julia me cuenta, con cierta amargura, que su novio Augusto es muy desatento con ella. Y no es que no sea todo un caballero, ni que le escatime el cariño, el problema para nuestra amiga es que no logra que Augusto le conteste los mensajes de texto. Él pone mil excusas: que no le gusta usar el celular, que prefiere comunicarse en persona, que perdió los anteojos y otros pretextos por el estilo. Julia le envía dos o tres mensajes seguidos y algún que otro audio y, como se suele decir, Augusto siempre le “clava el visto”. Ella, que se considera una sentimental, tiene la ilusión de recibir un mensaje romántico o un sticker lleno de corazoncitos, pero por muy insistente que sea, me cuenta, no recibe de él ni un OK a secas, ni un pulgarcito levantado.

Esta última frase de su mail me hizo acordar de un cortometraje realizado en 2011 titulado “Ni una palabra de amor”, cuyo director fue Javier “El niño” Rodríguez. Si usted, querida Julia, gusta de verlo es muy fácil encontrarlo en YouTube. Debo decir que más allá de que tanto el corto, como la actuación de Andrea Carballo, la actriz que lo protagoniza, son magníficos, la historia que rodea su realización merece especial atención. Y ya que estoy, se la cuento: todo comenzó cuando Santiago Barrios decidió comprar un viejo contestador automático en el mercado de pulgas. Al llegar a su casa, descubrió que la contestadora aún conservaba el cassette y se dispuso a escucharlo. Para su sorpresa, los audios revelaban un romance desencontrado de la vida real entre dos personas que, por supuesto, eran desconocidas para él. En la cinta se escuchaba la voz teatral de María Teresa, quien le había dejado una decena de mensajes a Enrique. En ellos le reclamaba su falta de respuesta e iba desgranando, como en un radioteatro, los pormenores de la relación. María Teresa contaba las horas y grababa mensajes, mientras esperaba el llamado de Enrique que no llegaba. Así, aparece el reproche que se convertiría en un título, ya que él no tenía para ella “ni una sola palabra de amor”.

Barrios compartió su hallazgo con algunos amigos y conocidos, hasta que a alguien se le ocurrió la idea de realizar el cortometraje, que se monta a partir de estos audios, con las voces originales de los protagonistas, tan reveladoras como auténticas. El resultado es más que entretenido, incluso por momentos desopilante y cuando fue exhibido alcanzó muchísima repercusión y se viralizó inmediatamente. Pero además de volverse popular, recibió premios en festivales de cine de España, Italia, Bélgica, Alemania, México, Brasil y Colombia.

Con la trascendencia, aparecieron los verdaderos personajes, María Teresa y Enrique, de carne y hueso. Y respondieron algunas de las incógnitas que despertaban los audios. Por ejemplo, que las grabaciones provenían del año 1998, un período en que la pareja se había separado y durante el cual él estaba viviendo en el departamento de un amigo. También se pudo saber que después de ese episodio, vino la reconciliación. María Teresa confesaría que, con el pasar de los años, seguían juntos, aunque ella continuaba monologando y reclamando la atención de su marido.

No cabe duda de que el éxito de “Ni una sola palabra de amor” se debió en gran medida a la cantidad de parejas que se sintieron identificadas con la historia. Al parecer son moneda corriente la falta de comunicación, la presencia ausente del otro y los constantes reclamos. ¡Ni qué hablar del tópico de la frecuente huida masculina frente a las demandas femeninas!

En fin, Julia querida, mi primera recomendación de este 2022 es que, si puede, vea el cortometraje, que apenas dura 8 minutos. No le prometo que le vaya a solucionar el problema, pero le aseguro que es una pequeña obra de arte, que hasta el propio Juan José Campanella elogió en su momento.

 

Hasta la próxima,

Agalina

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