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Lupercales, San Valentín y shopping.

miércoles 23 de febrero de 2022
Lupercales, San Valentín y shopping.

Estimados: mientras aún vuela alguna brizna rezagada del desatado romanticismo del pasado 14 de febrero, sobreviven algunas rosas rojas en el florero y resiste el último bombón de la caja, Agalina ha recibido un mail de Teodelina, una nueva consultante.

Tan indignada como dolida, ella me escribe para contarme que su pareja Eusebio no le ofreció ningún presente en el Día de San Valentín. Pero no es solo eso, se queja Teodelina, lo que más la ofenden son los argumentos que Eusebio esgrime para justificarse. Dice que el Día de los Enamorados es un invento de los comercios y los shoppings para sacarle dinero a la gente, que es un festejo extranjero y que él se niega rotundamente a seguir al “rebaño envalentinado”. Ha hecho bien, querida Teo, en consultarme. Escudriñaremos juntas en los orígenes del festejo de San Valentín e intentaremos dilucidar qué tan acertado es el planteo de Eusebio.

Al parecer, los inicios de esta festividad se remontan a la antigüedad romana, donde se celebraban las Lupercales, que coincidían en los días 13, 14 y 15 de febrero. Estos festejos, que se originaron en las zonas pastoriles y luego se fueron extendiendo, se realizaban en honor del dios Fauno o Luperco, que era el protector de los rebaños y de la fertilidad. Los rústicos rituales de adoración al dios Fauno eran para los antiguos romanos un modo de garantizarse buenas cosechas y protección de los ataques de los lobos depredadores. Según la tradición, un grupo de varones jóvenes eran seleccionados para representar al feroz y salvaje dios Fauno y eran llamados lupercos. El festival comenzaba en la cueva sagrada de la Colina Palatina donde la leyenda cuenta que la loba amamantó a Rómulo y Remo, los fundadores de Roma. Allí, los lupercos sacrificaban una cabra y un perro.

Dos de estos jóvenes eran llevados al altar y marcados en la frente con la sangre del sacrificio y debían lanzar una carcajada como parte del ritual. Se celebraba un gran banquete donde el vino corría en abundancia. A continuación, los lupercos se desnudaban y se cubrían con las pieles de los animales que habían sacrificado. Con los restos de las pieles hacían correas que utilizaban para azotar a las demás personas que asistían a los rituales. El ser azotado implicaba un acto de purificación y por eso los romanos se acercaban para recibir los latigazos. Sobre todo, las mujeres jóvenes hacían fila para ser azotadas ya que se creía que esto les aseguraba la fertilidad y disminuía los dolores del parto. Este rito les ponía la piel púrpura, lo que hoy entendemos como moretones, pero que para ellos era el color de la fertilidad.

Pues bien, estos festejos fuertemente arraigados en el pueblo continuaron durante muchísimo tiempo, hasta que, en el Siglo V, durante el papado de Gelasio I, la iglesia declaró ilegal este tipo de ritos paganos. Sin embargo, los romanos seguían aferrados a estas festividades, que ya de por sí eran de las más desinhibidas y que paulatinamente se seguían degradando. Por esto, el Papa se vio obligado a encontrar una solución y se decidió dedicar el 14 de febrero a San Valentín, protector de los enamorados. La historia de San Valentín, que data del Siglo III, merece unos párrafos aparte. El emperador Claudio II había prohibido la celebración de matrimonios entre jóvenes porque consideraba que un hombre soltero se encontraba más apto y dispuesto para la guerra. Muchos sacerdotes de la época se oponían a esta prohibición, entre ellos Valentín, que haciendo honor a su nombre tuvo el coraje de desobedecer al emperador y comenzó a realizar casamientos en secreto para ayudar a las jóvenes parejas que querían unirse (de allí que se lo considere el protector de los enamorados). Al enterarse el emperador, que carecía de romanticismo, no solo no se conmovió, sino que mandó a decapitar a Valentín, sentencia que se cumplió el 14 de febrero de 270.

De cómo llegamos a la comercialización de obsequios para celebrar este día, el dato más antiguo que le puedo aportar es el de la norteamericana Esther A. Howland, a quien se le ocurrió diseñar unas tarjetas con ilustraciones y motivos de enamorados. Comenzó a venderlas por unos centavos en la librería de su padre en Massachusetts, a mediados de la década de 1840. Al parecer la idea tuvo cierto éxito.

En fin, mi querida Teo, no le quitemos del todo razón a Eusebio sobre los motivos comerciales del festejo, pero en esta vida, nada es tan simple y casi siempre hay una historia por descubrir.

Me despido, con todo mi afecto.

Agalina.

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