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Un cuento de Navidad

lunes 20 de diciembre de 2021
Un cuento de Navidad

Estimados: Se va terminando el año y Agalina, con las fiestas y las vacaciones ya en mente, se encuentra con cierta renuencia a andar jorobando con los consejos. Pero como dicen: “genio y figura, hasta la sepultura” y, nobleza obliga, me voy a despachar con una recomendación, que suena menos impositiva, ya que de imposiciones e impuestos estamos todos hasta la coronilla.

Mi sugerencia viene, cuándo no, ligada a lo literario. Los voy a invitar a leer un cuento de Truman Capote que a mí, debo reconocer, me sorprendió. Será que yo lo tenía a este muchacho Capote de otras obras. Por ejemplo, de su novela A sangre fría, donde se narra el asesinato de una familia de Kansas, en lo que podríamos llamar una combinación entre narrativa tradicional y periodismo. Considerada por muchos como el nacimiento de un nuevo género, esta nonfiction novel no tiene puntos en común, ni en tema, ni en tono, con el cuento que les quiero recomendar.

Pues bien, el cuento en cuestión se llama “A Christmas memory” (Un recuerdo navideño es su título en español) y fue publicado por primera vez en la revista Mademoiselle en 1956. Tuvo cierta repercusión en ese momento y su autor expresó, en varias oportunidades, que era el preferido entre sus obras y se puede decir con bastante certeza que es autobiográfico.

Para infundirle más atractivo a mi propuesta quiero contarles que este cuento era uno de los preferidos de Julio Cortázar y que su lectura es muy recomendable, en especial para los días festivos de diciembre, pero también, por supuesto, para cualquier momento del año en que uno quiera deleitarse con un texto emotivo, pero no almibarado ni empalagoso, que recrea con calidad fragmentos de la niñez del protagonista.

Sin demasiados spoilers, les puedo adelantar que, entre la fría mañana de la primera página y la mañana, también fría, del final se instaura una delicada circularidad: la redondez de una burbuja que resguarda el recuerdo de una época feliz, compartida por dos seres que solo se tienen el uno al otro. Son mejores amigos: un nene de siete años y una mujer de sesenta y tantos, que se ha refugiado por siempre en la inocencia de la infancia. Cada día es una aventura para ellos, se ayudan, son cómplices, siempre están activos.

La niñez solitaria del personaje, la ausencia de los padres (el cuento no los menciona) y la pobreza no están relatados con excesivo dramatismo ni se abusa de la sórdido. Por el contrario, el relato es luminoso, festivo, brillante. Nadie parece ocuparse de este dúo, ellos se reconocen a sí mismos el “hilo más delgado”, los menos poderosos de la casa. Sin embargo, son libres y su única ley es el ritmo que imponen los rituales personales de la amiga. Hacen pasteles de frutas todas las navidades para regalar a personas que apenas conocen, consiguen el dinero para los ingredientes de las maneras más ingeniosas, escapan del número trece, salen al bosque a buscar el árbol ideal para decorarlo…

La cocina del cuento es un desborde de aromas y sabores, preparada para la elaboración de los pasteles. Agalina lectora se ha sentido tentada, en cada lectura, de espiar por esa ventana, ahuecando las manos a los costados de la cara. Hubiera querido observar a los dos personajes pelando una montaña de nueces de pecán y arrojando las cáscaras a la chimenea para mantener encendido el fuego que entibia el ambiente. El mundo afuera es frío pero el recuerdo arropa y el universo que los contiene estalla de imágenes sensoriales en esta obra de gran belleza narrativa.

La antigua estufa resplandece y de ella saldrán los pasteles, deliciosos como los momentos que viven los dos amigos. Y la ternura que desprende es embriagadora como los dos dedos de whisky que beben nuestros protagonistas, a escondidas de los mayores. Los compañeros de aventura se han animado a enfrentar al señor Jajá, peligroso dueño de un bar clandestino, para conseguir la bebida alcohólica que necesitan para los pasteles y que nadie más les puede vender, en plena época de la Ley Seca estadounidense. Y no digo más, espero haber podido transmitirles algunas de las muchas emociones que, para mí, justifican esta vehemente invitación a que lean el cuento.

Me despido así, con mis mejores deseos para las próximas Fiestas y con el afecto de siempre.

Agalina

 

Agalina Catarrate. Maestra ciruela, consejera sentimental. ¿Problemas amorosos? ¿Conflictos que te quitan el sueño? ¿Dudas existenciales? Podés escribirle a [email protected] y ella, con mucho gusto, responderá en próximas ediciones.

 

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