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De vientos y serendipias

miércoles 03 de noviembre de 2021
De vientos y serendipias

Estimados: aquí estoy de nuevo, dispuesta a atender vuestras consultas, como cada semana. En esta oportunidad, le responderé a Vecino flechado, que me ha escrito para contarme lo que le sucedió el domingo pasado. En medio del temporal de vientos huracanados que sacudió a nuestra ciudad, una mujer golpeó a su puerta. Decía ser su nueva vecina, aunque él no había visto nunca. La mujer venía a preguntarle si podía devolverle varias prendas de ropa interior, que se le habían volado del tender. Nuestro consultante se asomó a su patio y, en efecto, vio flamear, enganchadas a la reja del fondo, varias prendas íntimas femeninas. Amablemente, se las alcanzó a la vecina, de la cual luego averiguó que es divorciada como él. Me cuenta Vecino flechado que él creía haber renunciado al amor, después de muchas búsquedas y decepciones. Sin embargo, ahora piensa que, el domingo, entre aquellas ráfagas violentas, volvió a enamorarse. Y quiere saber si Agalina cree en la existencia del tan mentado amor a primera vista.

Estimado Vecino flechado, la verdad es que, más que en el amor a primera vista, Agalina cree en los amores serendipia. El diccionario define esta preciosa palabrita como un hallazgo imprevisto y afortunado de algo (alguien, en este caso) que uno no buscaba. Y, como usted ya se imagina, tengo una historia para contarle, de un descubrimiento tan inesperado como valioso, que podría (o no) brindar algunas respuestas para su caso.

Para empezar a situarlo en el relato, le digo el tiempo y el lugar: fines de los años ochenta, barrio de Palermo. Fabiana Barreda, residente de esa zona, artista plástica argentina, hija de un arqueólogo y de una historiadora y curadora de arte, caminaba por las cercanías de su departamento. Tal vez su actividad y su herencia fueran las responsables de que haya tenido el ojo entrenado para los descubrimientos. Lo cierto es que a Fabiana le llamó la atención un cuadro que alguien había tirado en un volquete de basura. Aunque el marco estaba un poco deteriorado, la obra le pareció hermosa, y decidió llevarla a su casa, sin reparar demasiado en la firma. La que sí observó ese detalle fue su madre, Rosa Faccaro, que casualmente se encontraba proyectando una exhibición llamada La mujer en la plástica argentina I. De inmediato identificó a la autora, que estaba incluida en su catálogo, junto a otras pintoras un poco olvidadas por la historia. Se trataba de la artista sanjuanina Eugenia Belín Sarmiento, nieta de Domingo Faustino. Sí, la nieta de nuestro “padre del aula”.

El cuadro rescatado milagrosamente de la basura es el retrato de María Amelia Sánchez de Loria y fue pintado en 1899, dato que figura en la obra junto a la firma. Nacida en 1860, Eugenia Belín Sarmiento, hija de Faustina Sarmiento y Jules Belín, pertenecía a una de las familias más influyentes de su tiempo. Si bien es cierto que era conocida, sobre todo por ser la nieta de quien fuera presidente de la Nación entre 1868 y 1874, también había logrado un justo reconocimiento por su labor artística. Sin embargo, la historia pareció olvidar su faceta como pintora, apenas se la tenía en cuenta como la retratista de su abuelo. Hasta que el estudio de su obra y la recuperación de algunas piezas, como el imprevisto rescate que llevó a cabo Fabiana Barreda, volvieron a poner en valor la producción de la talentosa sanjuanina.

Por estos días, y hasta el 7 de noviembre, este cuadro de Eugenia Belin Sarmiento forma parte de una muestra denominada El canon accidental. Mujeres artistas en la Argentina (1890-1950), con la curaduría de Georgina Gluzman, que se puede ver en el Museo Nacional de Bellas Artes. En la exhibición se resalta, entre otras, la obra de la pintora. Y se da a conocer tanto la anécdota de su hallazgo, como la labor de mujeres como Faccaro y Barreda para preservar las producciones artísticas que pudieron ser olvidadas o descartadas por desconocimiento.

No quiero que parezca que me he olvidado de usted, estimado Vecino flechado. Por eso, antes de despedirme, quisiera volver a los amores serendipia: nada garantiza que sean más duraderos ni felices que otros amores, pero sin duda tienen la magia de lo inesperado y la seducción de los juegos del destino, que, si existe, arrasa como el viento.

Hasta la próxima.

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