jueves 2 de diciembre de 2021
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Instinto maternal

lunes 18 de octubre de 2021
Instinto maternal

Mis estimados: aquí, Agalina, en una nueva entrega. He tenido la grata sorpresa de recibir un encantador mail de Madre Primeriza, una nueva amiga consultante que me cuenta que disfruta mucho de la columna y que espera ansiosa cada semana para leerla. Pronta a convertirse en madre, con los temores y dudas propios de su estado, me pide el mejor consejo sobre maternidad que mi sabiduría y experiencia pueda darle.

Mi querida Madre Primeriza, me pone ante una enorme responsabilidad. Pero como usted es una lectora asidua ya sabe que, además de referirse a ella misma en tercera persona y responder las consultas con una historia, Agalina no se achica nunca. Así que manos a la obra: el relato de hoy tiene como protagonista a Leonora Carrington, talentosa pintora, escultora y escritora, ícono del surrealismo. Y ya mismo le cuento por qué la elegí para esta columna. Resulta que, por estos días, en los que he recibido su mail pidiendo consejo, me encuentro justamente leyendo una biografía novelada que se basa en la vida de esta espléndida artista. De paso se la recomiendo, se titula Leonora, y su autora es Elena Poniatowska. Pero, además, fíjese que mi lectura está en el punto exacto de la novela en que Leonora se ha convertido en madre y se encuentra con la difícil tarea de conciliar su vocación con la crianza de sus dos hijos, Gabriel y Pablo.

La vida de Leonora Carrington fue tan fascinante como dramática. Desde muy joven desafió a su padre, un magnate textil inglés que se oponía a los intereses artísticos de su hija y que la imaginaba casada con alguien de su clase. Con el apoyo de su madre irlandesa, por quien había crecido rodeada de mitos celtas, Leonora pudo irse a estudiar arte a Florencia y luego a Londres, donde comenzó su acercamiento al movimiento surrealista, del cual más tarde formó parte. Así conoció al artista Max Ernst, 26 años mayor que ella, con quien vivió en París un romance que terminaría cuando él fue detenido por los nazis. La locura de la Segunda Guerra Mundial y la detención de su pareja, resultaron devastadoras para la salud mental de Leonora y por ello la internaron en un psiquiátrico, donde sufrió los horrores que eran comunes en estas instituciones en esos tiempos. De allí logró escapar gracias a un poeta surrealista, Renato Leduc, que era cónsul en la Embajada de México. Para escapar del flagelo del nazismo y la guerra que vivía Europa, y de su padre, que quería volver a internarla en Sudáfrica, Leonora acordó un casamiento con Leduc. Con él viajó a Nueva York, donde vivieron un año, y luego de separarse de común acuerdo, ella se fue a México. En este país, que sería su hogar definitivo, ya que incluso con el tiempo se nacionalizó como mexicana, conoció al fotógrafo húngaro Chiki Weisz, quien fue su segundo esposo y padre de sus dos hijos.

Dice Poniatowska, en la novela, que Leonora floreció al ser madre, que nunca se la vio tan feliz, que era el símbolo de la maternidad. Sus hijos aparecen en muchos de sus cuadros, y la artista inventaba cuentos para ellos, para entretenerlos. Luego, fue haciendo una recopilación de esos relatos, con ilustraciones y acotaciones, en un cuaderno. Sus hijos, hoy sus herederos, recuperaron ese cuaderno, que se había perdido. Y en 2013, dos años después de la muerte de ella, se publicó un libro, que reúne esos textos y dibujos, bajo el título Leche del sueño.

Espero que el relato haya sido de su agrado, estimada Madre Primeriza, pero antes de despedirme quisiera darle confianza con estas palabras de la propia Leonora: “Fue una gran conmoción, no tenía ni idea de lo que era el instinto maternal. Ni tenía idea de que iba a poseerme un instinto maternal tremendamente fuerte. No había tenido ningún indicio de ello antes de que nacieran mis hijos, pero fue algo que emergió de las profundidades.” Creo que, con mucha lucidez, revela la procedencia casi mágica de los superpoderes que poseen las madres.

Me despido hasta la próxima, deseándole un feliz día a usted, Madre Primeriza, y a todas las madres.

Agalina.

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