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El alambrado de los corpiños

martes 28 de septiembre de 2021
El alambrado de los corpiños

Aquí, Agalina Catarrate, una semana más. Por estos días, estamos todos comenzando a relajarnos paulatinamente ya que al parecer van disminuyendo las prohibiciones que nos imponía la emergencia sanitaria del Covid. Casualmente, me ha escrito Constanza, una nueva consultante, que me dice que este relajamiento lejos de animarla, la altera. Y no es que sienta temor por una inesperada ola de contagios, ni por una nueva cepa. Sucede que a ella la preocupa que, con la disminución de las restricciones, reaparezca algo que detesta sobremanera: las manifestaciones callejeras. Constanza me dice que necesita expresar de alguna manera la exasperación que le provocan estas protestas. Y me regala una lista realmente variopinta de aquello que la abruma: piquetes, cortes de ruta, escraches, pintadas, abrazos simbólicos, tomas pacíficas, sentadas, gritos, insultos, bocinazos, piedrazos, huevazos, cacerolazos. Y de un tiempo a esta parte lo que más la indigna: los corpiñazos.

Querida Constanza: si además de desahogarse, usted quiere usted mi opinión, le voy a decir que yo, en mis años mozos, me hubiera quitado el corpiño para protestar por una buena causa. Hoy ya no lo haría porque con la edad mis convicciones están en franca decadencia. Ironías y gravedades de la vida. El caso es que usted mencionó la “suelta de corpiños” y yo recordé una nota que leí hace unos cuantos años sobre un lugar de Nueva Zelanda llamado Cardrona. Si usted gusta, Constanza, le cuento la historia: al parecer, en diciembre de 1999, cuatro damas que se alojaban en el Hotel Cardrona habrían terminado una noche de festejos colgando sus respectivos brasieres en una valla de alambre de una granja cercana a la ruta. Si se trataba de un mensaje en clave, un ritual o solo de una gracia de señoras achispadas es algo que no se ha logrado dilucidar. Lo cierto es que, con el tiempo, a estas prendas femeninas comenzaron a sumarse otras y cada día aparecían más y más corpiños colgados del alambrado. Las autoridades mandaban retirarlos cada tanto, considerando que no solo afeaban el bello paisaje neozelandés, sino que además distraían a los conductores que circulaban por la ruta aledaña pudiendo provocar accidentes. A pesar de ello, al poco tiempo volvían a aparecer sujetadores de todos los estilos, materiales, talles y colores. Imagínese que usted viaja por una tranquila ruta rodeada de montañas y comienza a divisar una extensa y colorida guirnalda de corpiños decorando el alambrado y ondeando al viento. Como es de suponer, pronto la valla de sujetadores de Cardrona se hizo conocida, y no solo atrajo al turismo, sino que además tuvo su intento de récord y recaudó fondos para fines benéficos.

Bueno, ¿qué puedo agregar Coni querida? Le puedo decir Coni, ya que estamos en confianza, ¿verdad? No creo haber solucionado en lo absoluto sus preocupaciones, no suelo llamarme a engaños piadosos. Aun así, me animo a pensar que ya algo se habrá aliviado al soltar su enojo en su detallado mail. Por otra parte, supongo que la entretuve un rato con la historia del alambrado de los corpiños. En fin, que me siento optimista y aspiro a contagiarle mi estado. Le pregunto: ¿No será que se queja usted poco, Coni? En tal caso, le sugiero que comience a hacerlo, es muy probable que luego se sienta mejor. Si, por el contrario, es que usted vive quejándose y siente que las protestas callejeras le quitan protagonismo, deje ya mismo de lamentarse, quítese el corpiño y salga a colgarlo en un árbol o donde crea conveniente. ¡Con lo bien que nos vendría un punto de interés para el turismo en la ciudad!

Hasta la próxima, afectivamente.

Agalina

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