Día Nacional de la Oncología: Argentina enfrenta el desafío del cáncer entre innovación y equidad

La conmemoración del hito fundacional del Instituto Roffo coincide con una era de profundos cambios tecnológicos, donde la medicina de precisión y la detección precoz buscan transformar el pronóstico de 130.000 nuevos casos anuales en el país.
sábado 07 de noviembre de 2026

Cada 7 de noviembre se celebra en Argentina el Día Nacional de la Oncología, en recuerdo de la inauguración, en 1923, del Instituto de Medicina Experimental e Investigación del Cáncer —conocido en la actualidad como Instituto de Oncología Ángel H. Roffo—. La fecha, asociada al trabajo pionero del médico Ángel H. Roffo, coincide con una etapa de cambios acelerados en la atención oncológica: los avances científicos ya no se concentran solo en sumar opciones contra el cáncer, sino que buscan determinar qué tratamiento requiere cada persona, en qué momento y con qué impacto sobre su vida cotidiana.

El desafío conserva una escala elevada en el territorio nacional. Los registros poblacionales estiman unos 130.000 nuevos diagnósticos de cáncer por año en Argentina, lo que equivale a una media de 15 por hora. Cerca de 70.000 personas mueren cada año a causa de estas enfermedades, ocupando el segundo puesto entre las causas de mortalidad. Mama (que representa el 16,2% de los diagnósticos), colorrectal y pulmón concentran casi cuatro de cada diez casos nuevos detectados.

A escala global, el aumento de la expectativa de vida, el crecimiento demográfico y la persistencia de factores de riesgo anticipan una presión mayor sobre los sistemas de salud. La Organización Mundial de la Salud (OMS) proyectó una suba cercana al 65% en la incidencia mundial hacia 2050. En 2024, sin contar los tumores de piel no melanoma, se registraron 19,5 millones de casos nuevos y 9,7 millones de muertes por cáncer en el mundo. El cáncer de pulmón encabezó la incidencia y la mortalidad global, seguido por el de mama femenino, colorrectal, próstata y gástrico.

Esta diferencia entre frecuencia y letalidad evidencia por qué los especialistas insisten en una combinación de prevención, diagnóstico temprano y acceso oportuno a terapias. La innovación puede cambiar pronósticos, aunque no reemplaza medidas básicas como dejar de fumar, reducir la exposición solar excesiva, vacunarse y consultar ante síntomas persistentes. En Argentina, el Instituto Nacional del Cáncer (INC) coordina las políticas de prevención, pesquisa precoz, tratamiento, rehabilitación e investigación. La detección en etapas iniciales conserva un valor decisivo porque amplía las alternativas de cura y evita intervenciones más intensas, si bien el beneficio aún no se distribuye por igual entre todos los tumores ni entre todas las regiones del país.

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Frente a este escenario, la práctica médica actual consolida ocho pilares de innovación tecnológica y clínica que están transformando radicalmente el abordaje oncólogico. En primer lugar, la medicina de precisión ha dejado atrás la época en la que bastaba con conocer el órgano de origen del tumor, como pulmón, mama, colon o próstata. Hoy en día, la secuenciación genómica de nueva generación (NGS) permite identificar las características moleculares de cada tumor para seleccionar tratamientos dirigidos verdaderamente específicos. A esto se suma el avance de la inmunoterapia, donde los inhibidores de puntos de control inmunológico (anti-PD-1, anti-PD-L1 y anti-CTLA-4) permiten que las defensas del propio organismo reconozcan y eliminen las células tumorales, cambiando drásticamente el pronóstico en patologías como el melanoma y el cáncer de pulmón, riñón y vejiga.

La evolución biotecnológica también ha dado paso al desarrollo de los anticuerpos conjugados (ADC), los cuales funcionan como un sistema de transporte inteligente al identificar una proteína específica en la célula tumoral y entregar de forma directa una carga citotóxica en el tumor. De manera complementaria, las terapias celulares y los anticuerpos biespecíficos marcan un hito en la ingeniería inmunológica: las terapias CAR-T modifican genéticamente las células del paciente para atacar la enfermedad, mientras que los anticuerpos biespecíficos actúan como un puente directo entre las células tumorales y los linfocitos T para facilitar su destrucción. Para articular con éxito estas tecnologías complejas, la intervención de comités multidisciplinarios —integrados por oncólogos, cirujanos, genetistas y patólogos— resulta indispensable para personalizar cada decisión clínica.

Por su parte, la teranóstica y los radiofármacos han introducido una metodología diagnóstica y terapéutica unificada, combinando moléculas de localización tumoral con radioisótopos para diagnosticar y tratar mediante la misma herramienta, como se evidencia con el uso de lutecio-177 unido a PSMA en el cáncer de próstata avanzado. En paralelo, la biopsia líquida representa una alternativa mínimamente invasiva capaz de identificar fragmentos de ADN tumoral circulante (ctDNA) en muestras de sangre, lo que facilita detectar alteraciones moleculares sin necesidad de biopsiar tejido, evaluar la enfermedad molecular residual, monitorear la aparición de resistencias y anticipar posibles recaídas.

Finalmente, la inteligencia artificial se ha integrado transversalmente en la oncología moderna para optimizar la detección de lesiones sospechosas en estudios de imagen (como mamografías, tomografías y resonancias), profundizar en el análisis digital de patología, evaluar biomarcadores y procesar conjuntos complejos de datos clínicos. Este ecosistema de innovación se completa con los avances en vacunas contra el cáncer y prevención, donde las vacunas terapéuticas personalizadas desarrolladas con ARN mensajero y neoantígenos avanzan rápidamente en ensayos clínicos para entrenar al sistema inmunitario frente a mutaciones específicas, mostrando resultados sumamente alentadores en tumores como el melanoma.