Comodoro Rivadavia
Daniel Draguicevich, el profesor que atravesó generaciones mediante la física
En el marco del Día del Profesor, que se conmemora este 17 de septiembre, Crónica habló con Daniel Draguicevich, un docente cuya historia está atravesada por la educación, la física y una vocación que descubrió mientras transitaba su carrera universitaria. Después de más de tres décadas frente a estudiantes, y aun estando jubilado, continúa dando clases porque entiende que la docencia todavía tiene mucho para darle.
Daniel nació en Comodoro Rivadavia, donde cursó hasta cuarto año en el colegio Perito Moreno. Luego, finalizó sus estudios en San Rafael, Mendoza. Allí se recibió de bachiller con orientación en Ciencias Físicas y Matemáticas, una formación que despertó su interés por las ciencias exactas. “De ahí vino un poco mi gusto por la matemática, por la física”, recordó.
Con esa inclinación, decidió estudiar Ingeniería en Producción con orientación Química. En aquel momento, la elección estuvo vinculada principalmente con aquello que le habían transmitido: si tenía facilidad y gusto por la matemática, la física y la química, una carrera de ingeniería aparecía como una opción natural. “Lo que uno escuchaba o lo que te decían era si tenías facilidad para, si te gustaban las matemáticas, la física, la química, tenías que seguir una carrera de ingeniería y un poco fue por eso”, explicó.
Con el paso del tiempo, sin embargo, descubrió que sus intereses también estaban vinculados con la producción industrial de alimentos y que, de haber tenido otras posibilidades, quizás hubiera elegido Ingeniería en Alimentos.
La docencia apareció antes del título
Su vínculo con la enseñanza comenzó incluso antes de recibirse de ingeniero. En 1989 realizó una suplencia de Matemática durante dos meses en la entonces Escuela de Magisterio, actual Escuela 711. También había trabajado durante un tiempo en el Plan Nacional de Alfabetización, durante la presidencia de Raúl Alfonsín.
Ese mismo año se inscribió en la Junta de Clasificación del Ministerio de Educación como bachiller especializado en Ciencias Físicas y Matemáticas. Poco después llegó una nueva oportunidad, esta vez para enseñar Físico-Química en la Escuela de Biología Marina. “Tomé la suplencia en la escuela de Físico-Química, en la Escuela de Biología Marina. Fue en el año 1990 y a partir de ahí ya trabajé toda mi vida docente ahí en la escuela”, relató.
De aquella primera experiencia recuerda, sobre todo, los nervios y la inexperiencia. Pero también algo que con el tiempo se transformaría en vocación. “En un momento cuando empecé pensaba que iba a ser algo transitorio, pero después descubrí como una vocación lo que estaba haciendo”, señaló.
A partir de entonces, la posibilidad de trabajar como ingeniero quedó relegada. “Una vez que descubrí la vocación ya sabía que era lo mío. Me gustaba enseñar”, afirmó.
Una escuela que terminó por atraparlo
La Escuela de Biología Marina ocupó un lugar central en su trayectoria. Daniel ya había escuchado hablar de ella cuando era estudiante secundario en el Perito Moreno. Era una institución que despertaba curiosidad y que, según recordó, en aquel momento tenía “muy mala prensa”. “Era una escuela donde iban a parar los estudiantes que habían sido expulsados por ahí de otros colegios”, contó.
Sin embargo, cuando comenzó a trabajar allí encontró una realidad diferente a la que imaginaba. Se encontró con compañeros que compartían una preocupación por la formación académica de los estudiantes y que asumían la capacitación como una parte fundamental de la tarea docente. “Realmente me atrapó la escuela. Y tuve compañeros de trabajo que también tenían como objetivo una buena formación de los estudiantes”, recordó.
Durante esos años tuvo además la posibilidad de realizar cursos de invierno en el Instituto Balseiro, experiencia que reforzó una idea que mantuvo durante toda su carrera. “La capacitación es algo fundamental en la vida de un profe”, sostuvo.
Aunque a lo largo de su carrera dictó Matemática, Química y Físico-Química, fue la Física la materia que terminó ocupando el centro de su recorrido profesional. “Mi continuidad la tuve mayormente siempre en las horas de Física. Y como que todas las capacitaciones que yo realizaba tenían que ver con la enseñanza de la Física”, explicó.
Así nació también el vínculo con distintas generaciones de estudiantes. Primero fueron sus propios alumnos; después, los hijos de aquellos estudiantes. Incluso llegó a tener como alumna a quien años más tarde se convirtió en compañera de trabajo.

Enseñar para desarrollar pensamiento crítico
Si hay una idea que atraviesa la manera en que Daniel entiende la educación es la formación del pensamiento crítico. Para él, la escuela debe brindar herramientas para que los estudiantes puedan interpretar aquello que reciben y analizarlo desde una mirada crítica. “Siempre me motivó que a través de la enseñanza uno pudiera contribuir al desarrollo del pensamiento crítico. Que puedan analizar la información que reciben de distintas fuentes y analizarla críticamente”, explicó.
A esa mirada le sumó otro objetivo: acercar la ciencia a situaciones concretas de la vida cotidiana. Como ejemplo, recordó actividades en las que utilizaba videos de accidentes ocurridos en carreras de Turismo Carretera para analizar cuestiones vinculadas con la Física y la seguridad vial.
La idea era comparar las condiciones de seguridad de un piloto de competición con las de una persona que circula en un vehículo de calle y, a partir de allí, analizar qué podría ocurrir ante situaciones similares.
Para Daniel, esa búsqueda de ejemplos y recursos diferentes forma parte de la innovación en la enseñanza.
El desafío de enseñar en tiempos de tecnología
Su trayectoria también estuvo atravesada por una transformación tecnológica que modificó profundamente la relación entre docentes y estudiantes.
Cuando comenzó sus estudios universitarios, la informática estaba todavía en sus primeras etapas. Recuerda haber trabajado con lenguajes de programación como BASIC y FORTRAN. Décadas después, el escenario es completamente diferente.
“El desafío más grande, más que un problema, es cómo toda la tecnología actual incorporarla a la enseñanza de las distintas materias de un nivel secundario”, sostuvo.
La llegada de nuevas herramientas también obligó a los docentes a capacitarse de manera permanente. “Nosotros tuvimos que hacer un poco de autocapacitación también”, reconoció.
En ese contexto, la inteligencia artificial aparece como uno de los nuevos desafíos. Para Daniel, puede ser una herramienta útil, pero no debe reemplazar el pensamiento humano. Recordó una frase de un físico argentino egresado del Instituto Balseiro e investigador en Princeton: “Hay que utilizar la inteligencia humana para ser inteligentes en el uso de la inteligencia artificial”.
Su postura apunta a utilizar estas herramientas como complemento, tanto para docentes como para estudiantes, pero dentro de determinados límites y sin dejar todo el proceso educativo en manos de la tecnología.

Una relación más cercana con los estudiantes
Con el paso de los años, Daniel también observó cambios en el vínculo entre docentes y alumnos. Considera que actualmente existe una relación de mayor cercanía, especialmente en aquellas escuelas donde los estudiantes permanecen durante muchas horas dentro de la institución. “Ese tiempo de contacto que tenés con los estudiantes es mayor”, explicó.
Su propia formación como ingeniero también tuvo influencia en la manera en que enseñó Física. La carrera le permitió construir una sólida base en Física, Matemática y Química, conocimientos que luego trasladó al aula.
Pero además de los contenidos académicos, fueron los propios estudiantes quienes en distintas ocasiones terminaron enseñándole a él.
Recordó especialmente a una alumna que le explicó cómo utilizar PowerPoint, herramienta con la que luego comenzó a preparar sus propias presentaciones. “A veces los alumnos estaban en cierta forma un poquito más avanzados que nosotros en el manejo de alguna tecnología”, reconoció.
La responsabilidad como marca personal
A lo largo de su trayectoria pasó por numerosas instituciones: la Escuela 711, la 732 de Laprida, la 737, la 770, el CERET, la 723 y la 807, entre otras.
La Escuela 711 ocupa un lugar especial porque fue la institución que le dio su primera oportunidad como docente y también donde conoció a quien posteriormente se convertiría en su esposa. Además, ambos compartieron trabajo en la Escuela 723.
Daniel considera que una de las claves para generar un vínculo duradero con los estudiantes es la coherencia entre aquello que se dice y aquello que finalmente se hace. Cada comienzo de año planteaba a sus cursos cuáles serían las exigencias y luego procuraba sostenerlas durante toda la cursada. “Ven como una coherencia entre lo que uno habla, lo que uno propone y después lo que uno hace”, señaló.
A eso sumó una idea que considera fundamental: la cultura del esfuerzo y del sacrificio. Como ejemplo, suele recordar sus propias dificultades como estudiante con Dibujo Técnico durante la carrera de ingeniería. “A mí me costó mucho como bachiller cursar Dibujo Técnico, que era una materia de la carrera de ingeniería. Para mí fue como una especie de trabajo de parto”, recordó con humor.
Y de esa experiencia construyó una enseñanza que trasladó a sus alumnos: “Si yo pude salir adelante en Dibujo Técnico, cualquier alumno podría aprender los contenidos de una materia en particular”.
Una huella que atraviesa generaciones
Después de tantos años frente a las aulas, Daniel está convencido de que la tarea docente deja una marca. “Yo creo que lo que nosotros hacemos deja su huella”, afirmó.
Esa certeza aparece especialmente cuando vuelve a encontrarse con antiguos estudiantes convertidos en profesionales. “A veces por momentos dudás, pero después te das cuenta de que lo que hiciste dejó una huella. Por ejemplo, cuando te encontrás con profesionales médicos que fueron exalumnos y vos ahí te das cuenta de que la formación que pudiste darles no fue en vano”, expresó.
También reconoce que su propia forma de entender la responsabilidad laboral contribuyó a construir esa imagen entre sus colegas y estudiantes. “Me decían un poco como que era Sarmiento, que no faltaba nunca”, contó.
Para él, salvo cuestiones médicas o causas atendibles, la responsabilidad implica presentarse a trabajar incluso en aquellos días en los que las ganas no son las mismas.

Jubilado, pero todavía frente al aula
Daniel se jubiló como docente en 2021. Sin embargo, la jubilación no significó un alejamiento definitivo de la escuela. En 2022, mientras disfrutaba de su nueva etapa, recibió un mensaje de una profesora que buscaba recomendar a alguien para dar clases particulares de Física a estudiantes de séptimo año que necesitaban prepararse para el CBC de Medicina.
Su respuesta fue inmediata: no hacía falta buscar un profesor particular. “Directamente voy yo un día a la semana a la escuela y les doy clases de apoyo, pero gratis”, recordó. Lo hizo como una forma de acompañar a estudiantes a los que había tenido como alumnos y con los que mantenía un vínculo especial.
Más tarde, una profesora que había tomado uno de los cursos que él había dejado solicitó licencia. Daniel decidió entonces regresar como suplente. Primero pensó que sería una manera de despedirse de la presencialidad, pero las circunstancias hicieron que continuara.
La situación edilicia de la Escuela de Biología Marina y su traslado a la Escuela 652 también influyeron en su decisión de seguir. Entendió que dejar la docencia en ese momento podía dificultar la cobertura de las horas y decidió permanecer. “Y bueno, todavía estoy”, dijo entre risas.
Por ahora, continúa activo. Sabe que en algún momento llegará el momento de dejar el lugar a los docentes jóvenes, pero mientras conserve las ganas y la energía seguirá enseñando. “El día que ya sienta que ya no tengo más energía para hacer la tarea, bueno, en algún momento va a pasar que le tengo que dejar el lugar a los profesores jóvenes”, sostuvo.
Después de más de 30 años de trayectoria, la respuesta sobre por qué sigue siendo profesor parece estar en la misma razón que lo llevó a elegir la docencia en primer lugar: la vocación. Con la física como herramienta, Daniel Draguicevich atravesó generaciones, formó estudiantes, aprendió de ellos y convirtió el aula en el espacio donde encontró aquello que, finalmente, supo que era lo suyo.