HISTORIA DE VIDA

Tres generaciones bajo la greda: el dolor de Brenda Castro tras el derrumbe del cerro Hermitte

La geografía del barrio Sismográfica cambió para siempre, pero el arraigo de sus vecinos permanece intacto. Brenda es hija y nieta de pioneros, y en una charla con Crónica relató el dolor de perder el esfuerzo de tantos años y la nostalgia de una vida comunitaria que se resiste a quedar bajo los escombros.
miércoles 18 de marzo de 2026

Hay dolores que no se explican con informes geológicos ni registros meteorológicos. El deslizamiento del cerro Hermitte, hace ya dos meses, no solo desplazó toneladas de greda y roca sobre el barrio Sismográfica; se llevó consigo una red invisible de afectos, navidades en la vereda y el esfuerzo de tres generaciones que levantaron Comodoro Rivadavia a puro pulmón.

Para Brenda Castro, de 31 años, el mapa de su vida estaba trazado en esas calles. Su historia es la de tantos pioneros de Kilómetro 3 y en una charla con Crónica - a dos meses del deslizamiento del cerro Hermitte - compartió parte de su vida en una jornada marcada por una movilización pacífica para visibilizar que siguen de pie.

 

Su vida es una mezcla de la meseta patagónica y el norte argentino. Por un lado, su abuelo quien fue el histórico diariero del barrio que llegó en el 87 con cuatro niños a cuestas. Por el otro, su padre Raúl, que arribó ese mismo año desde Catamarca con promesas de trabajo bajo el brazo. En el Sismográfica se cruzó con Mónica, se enamoraron y, desde el 92, formaron la familia.

"Toda una vida", resume Brenda, y en esa frase cabe el peso de diez casas construidas por la familia Castro-Barrera. Viviendas que no eran solo ladrillos, sino el símbolo de haberle ganado la pulseada al viento y a la precariedad.

La identidad de la vereda

Antes de que el cerro decidiera ceder, Sismográfica era el refugio de la seguridad. Brenda recuerda con una nostalgia punzante la libertad de los niños —su hijo, sus sobrinos— yendo solos al kiosco, un privilegio que hoy parece de otro siglo.

“Era un barrio lindo y seguro. Mi hijo, y los nenes del barrio iban a comprar al kiosco seguro. Todos nos conocíamos, todos tenemos una historia de vida acá con la fiestas compartidas, las navidades, los cumpleaños, los días del niño, un montón de cosas”, asegura con la voz entrecortada.

La vida comunitaria era el motor del barrio. A los 13 años, Brenda ya entendía que la alegría se gestionaba en conjunto. Junto a un grupo de amigos, recuperó los festejos del Día del Niño que se habían perdido en el salón Ugaza. Pedían donaciones, organizaban torneos de fútbol en el playón y transformaban la tarde en una fiesta que terminó pariendo un merendero.

"Teníamos la rutina de ir a saludar a todos los vecinos después del brindis. El último 31 a la tarde estábamos todos en la vereda, brindando, jugando a la pelota adultos y niños. No sabíamos que sería el último Año Nuevo en nuestras casas", contó con los ojos brillosos Brenda.

El progreso también tenía sabor a victoria compartida cuando el paso de la tierra al asfalto fue algo muy celebrado, o de la luz amarillenta a la claridad del LED. Cada mejora era un escalón más en ese sentido de pertenencia que hoy yace bajo los escombros.

El destierro y la resistencia

La tragedia del 18 de enero cambió el paisaje y el destino. De la calidez del hogar decorado con amor, Brenda pasó a la intemperie emocional. Los primeros tres días durmió en el Parque Saavedra; luego su peregrinaje paso por el albergue Evita y luego por el gimnasio del club Florentino Ameghino, junto a su hijo de 10 años, antes de conseguir un alquiler en barrio Saavedra.

Brenda es una mujer de oficio y coraje. Trabajaba desde su casa vendiendo comida y participando en ferias, pero sus manos saben de mucho más: aprendió tareas de construcción en la UOCRA, hizo cursos de todo tipo y el último la certificó como maquinista. Es una hija de Comodoro que sabe que nada se consigue de forma fácil.

Antes de abandonar definitivamente lo que quedaba de su casa, tomó una decisión cargada de simbolismo: "Escribimos las paredes para que queden de recuerdo", asegura con una sonrisa.

Hoy, a sesenta días del desastre, el espíritu navideño y la unión vecinal de Sismográfica están en pausa, pero no extintos. El deseo de Brenda es simple y a la vez inmenso: volver a tener un techo propio para que su hijo recupere esa magia que el cerro, por un momento, le arrebató.

Mientras tanto, queda el relato, la memoria de los pioneros y la certeza de que, aunque el suelo se mueva, la historia de vida permanece firme.

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