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“La experiencia es una enfermedad que no se contagia”

lunes 15 de agosto de 2022
“La experiencia es una enfermedad que no se contagia”

La experiencia, esa herramienta poderosa que nos va pertrechando en el camino de la vida, funciona como un escudo protector que facilita la resolución de problemas desde el conocimiento previo.
Si, como dicen, el tiempo es el mejor maestro, nuestro tránsito por la escuela de la vida nos debería proporcionar, a través del cúmulo de los más variados aprendizajes otorgados mediante la sumatoria de las experiencias adquiridas, un rango de probable criterio que marque la diferencia entre el momento que llegamos a este mundo y el que partimos.
Cada marca de vida, esas cicatrices existenciales que nos identifican configurándonos interiormente a través del camino recorrido, se manifiestan ante los comportamientos de cada uno.
Sin embargo, hay experiencias que tanto individual como socialmente, pese a marcarnos con una intensidad dolorosamente apabullante, parecería no dejar experiencia que evite su reiteración, una y otra vez, a lo largo de tiempo. Como si a partir de ellas, nos quedara la experiencia de no registrar experiencia alguna de lo sucedido. Como si no lográramos obtener, con esas vivencias, la materia prima con la cual elaborar los recursos defensivos que nos permitieran eludir el hecho cuando se presente nuevamente y, trascendiéndolo, construir algo superador.
¿Qué es lo que interfiere en la adquisición de los aprendizajes sociales que, traducidos en experiencia, generarían las pausas reflexivas que guíen a las finalizaciones de todos aquellos comportamientos que llevan a las confrontaciones permanentes, a la violencia como forma de convivencia, generando que todos nuestros movimientos y desplazamientos nos conduzcan al caos en todos los órdenes?
¿Qué es lo que nos lleva a repetir las mismas situaciones a lo largo del tiempo que nos conducen al mismo lugar de los padecimientos constantes y sufrimientos interminables?
“Seis honrados servidores me enseñaron cuanto sé; sus nombres son cómo, cuándo, dónde, qué, quién y por qué” Rudyard Kipling.
Tal vez, podríamos usar estos honrados servidores para iluminar el camino hacia las respuestas que necesitamos encontrar en busca de un poquito de conciencia que comience a brillar dentro de tanta oscuridad, abriéndose paso entre las sombras en que cada vez más nos sumergimos…
Hay tanta urgencia “de ostentar poder” que conduce indefectiblemente a no poder…
Estamos tan apurados por llegar a ningún lado, buscando revertir con terapias de todo tipo lo que no dejamos de producir y potenciar en la temible realidad que transitamos…
“Harto ya de estar harto, ya me cansé…” decía Serrat. Y nosotros no nos cansamos de repetir ese estribillo y padecer sus consecuencias en todos los órdenes…
Los comportamientos autodestructivos que han ido generalizándose y reuniéndonos socialmente en torno a la rueda de la cotidianidad, no consiguen encender las luces de peligro que los detenga, ni hacernos tomar conciencia real de la situación de vulnerabilidad en que nos encontramos.
Nos hemos ido insensibilizando ante los aspectos y condiciones de la vida comunitaria que deberían haber flameado como bandera guiando y conduciendo hacia la prosperidad y armonía, desestimando su valía.
Los hemos visto desmoronarse, acostumbrándonos a caminar sobre sus escombros… Restos del naufragio social que dan testimonio de lo “que es” aunque, mucho más, de lo que “ya no es”.
Otro intento sería tomar conciencia sobre el pensamiento de Einstein cuando dijo:
“El mundo que hemos fabricado como resultado del nivel de pensamiento que hemos utilizado hasta ahora, crea problemas que no podemos solucionar con el mismo nivel de pensamiento en el que lo creamos.”

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