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Entre Sodoma y Gomorra

jueves 23 de junio de 2022
Entre Sodoma y Gomorra

 

Las sociedades actuales parecen bailar alegremente al son del libre ejercicio de la sexualidad como tema convocante para el periodismo y las personas. Como si el poliamor, la infidelidad consensuada, la exposición del cuerpo desnudo en redes y videos, el documento no binario y los colectivos feministas y LGTBQ+ concentraran el interés mundial como temas de importancia fundamental. Ni en el mundo antiguo las fiestas bacanales en las que se rendía culto al dios Baco en orgías desenfrenadas, han tenido, creo, tanta “prensa”.

Lo que cada quien haga con su intimidad es cuestión de cada quién. Lo que llama la atención es la abundante publicidad centrada en estos temas y las notas contándonos la intimidad de parejas por lo general desconocidas pero que adquieren fama por practicar, por ejemplo, el poliamor. Entre paréntesis, yo lo nombraría poli sexo porque el amor es otra cosa. Si una señora “X” comparte a su marido con su madre algunas veces por semana pues en fin…cada loco con su tema. Pero el periodismo se encarga de publicitarlo, desestimando por ej. noticias sobre premios científicos o literarios.

Si la actriz X ha decidido exhibir por las redes su cuerpo desnudo en distintas posiciones seductoras, en fin…algunos disfrutarán de la muestra más que de sus dotes actorales o la falta de ellas. Los mismos que antes compraban el “playboy” para leerlo a escondidas y ocultarlo debajo de la cama. ¿Pero…es esto una noticia periodística?

También el cine ha caído en este furor marketinero del sexo y la no discriminación. Haciendo historia, hubo épocas en las que para ser “políticamente correctos”, las películas tenían que incluir al menos una persona de color, o un representante de los pueblos originarios (haciendo de “bueno” y no de un indio violento). En la época actual no hay producción que no incluya a algún miembro del colectivo LGTB+-, y no necesariamente por razones argumentales, a ver si los acusan de discriminar, caramba.

Hasta parece que ser heterosexual ha caído en el descrédito. Lo contradictorio es que, a la vez que se acusa al capitalismo de fomentar el materialismo, el machismo, el patriarcado, etc., el consumismo sexual y la mujer exponiéndose como objeto son aplaudidos como progresismo.

Una sociedad tan contradictoria como para creer que en la vida hay “blancos y negros”, “buenos y malos” y no simples y humanos “grises”. Una sociedad tan ingenua que entiende que si decimos “chiques” somos más inclusivos y si practicamos el poliamor somos más modernos (eso que los romanos ya lo conocían y los musulmanes lo han practicado desde tiempos inmemoriales-

Este exceso publicitario ha llevado a tanta confusión que se ha llegado a creer que sexo y género es lo mismo. Entonces, algunas corrientes, entienden que cuando nace un bebé no se puede saber si será varón o mujer (pasando por encima de si el niño en cuestión nace con pene o con vagina), ya que eso lo decidirá “él, ella o elle” (como Uds. prefieran), más adelante. De modo que eligen para el “niñe” nombres neutros, aplicables a cualquier género. Como Azul, Jael, Robin, etc. A esta modalidad la llaman “crianza respetuosa”.

La “crianza respetuosa “en realidad consiste en ser muy cuidadosos a la hora de poner límites, evitando maltratos y castigos corporales. No acuerdo con los castigos corporales, pero la consecuencia es que ha generado padres culposos y sin herramientas para controlar a sus hijos cuando estos “se pasan de la raya”. Esa raya que diferencia la libertad del libertinaje. el educar del permitir cualquier conducta. Aquel freudiano “su majestad el bebé”, aludiendo al hijo como objeto narcisista de los padres (“mi hijo es perfecto porque es mi hijo”), ha tomado cuerpo generando chicos maleducados, irrespetuosos y sin ningún límite. Respetar al hijo no equivale a dejarlo librado a sus impulsos y eludir la parental tarea de Educar.

Educar consiste en poner límites a la omnipotencia infantil, nadie puede ser quien quiere ni hacer lo que quiere, porque si así ocurriera el mundo sería un caos.

Imaginemos un mundo en el que los niños tuvieran la libertad de decidir en todo, no solo a qué genero quieren adherir sino qué pueden hacer y qué no en la casa propia y en las ajenas, en la calle, con sus amigos, con sus padres y con los demás adultos. Un mundo gobernado por los niños riéndose de tantos adultos que estarían “al borde de un ataque de nervios”.

También pensemos que el mundo actual está manejado por adultos que juegan a ser niños con libertad para hacer todo lo que les gusta, sin límites y sin responsabilidad respecto a su accionar. Que entienden que “crianza respetuosa” implica dejar la responsabilidad de las elecciones en manos de los hijos y lavarse las manos de su responsabilidad como adultos. Que, si un nene cree que quiere cambiar de sexo, lo llevan a que los médicos (cómplices de tanta locura), les apliquen tratamientos hormonales, sin entender que la identidad en la infancia aún no está definida. Adultos que entienden que tener un hijo trans es “cool” y “progre” sin pensar en las consecuencias médicas de semejante desarreglo hormonal, incluyendo que puede que un tiempo después el niño se arrepienta del cambio y quiera volver a optar por el sexo que su cuerpo le otorgó al nacer.

Entendamos también que la tan mentada elección no funciona de la misma manera que cuando elegimos entre helado de chocolate o de vainilla. No solo que se trata de algo tan importante como nuestra identidad, sino que los motivos no pasan por el deseo consciente, sino por los cauces inconscientes que nuestra libido recorrió desde que nacemos. Por las identificaciones con las personas que nos criaron, hombres y mujeres. ¿Por qué no quiero ser mujer como mi mamá u hombre como mi papá, por qué no acepto el sexo con el que nací?

Esta sociedad ha optado por actuar en lugar de reflexionar, no importan las preguntas sino las acciones. Y especialmente por acciones que sean “políticamente correctas”, consensuadas por lo que “la modernidad” exige.

Esta vez decido ser “políticamente incorrecta”, libre pensadora, esperando que, con tanto pensamiento inclusivo, sean capaces de incluir a los que pensamos distinto al consenso. De respetar la diversidad de ideas y de salirse de los esquemas pre pensados por otros para generar un pensamiento propio, el que sea, pero independiente.

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