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Verdad o consecuencia

martes 26 de octubre de 2021
Verdad o consecuencia

Muchos de nosotros habremos jugado alguna vez a “Verdad o consecuencia” y esperado comiéndonos las uñas la pregunta del millón: “Ya recibiste tu primer beso?”, “Te gusta tu compañero de banco?” y otras tan incómodas por entonces como éstas (hoy serían “inocentadas”). Uno podía optar por responder con la verdad o elegir la “consecuencia”, una prenda impuesta por el grupo. Un juego con una enseñanza, “si optas por mentir habrá consecuencias”.

Acá tendríamos que distinguir entre “mentiras blancas”, como Papá Noel o el Ratón Pérez, y las más oscuras como el engaño deliberado, la infidelidad, la estafa, las falsas promesas, etc. Una escalada cuya consecuencia extendida socialmente es la corrupción.

En mayor o menor medida, todos mentimos algunas o muchas veces, para tapar alguna falta, para justificarnos en algo que no tuvimos ganas de hacer con un por ej. “me olvidé” o “no tuve tiempo”, para evitar una discusión, o ahorrarnos una reprimenda. Muchas veces se miente por debilidad, por no animarse a dar la cara y asumir un error o una dificultad. Actuamos como chicos temerosos de mostrarnos en falta y recibir un castigo y elegimos la salida más fácil. El precio que pagamos es quedarnos con la culpa y el temor a ser descubiertos.

Aunque neguemos y minimicemos la importancia de estos hechos, las mentiras siempre tienen consecuencias, no iremos presos, pero nuestra conciencia moral, conformada en la infancia por las normas que nos enseñaron, nos hará pagar el precio. En tanto son procesos la mayoría de las veces inconscientes, difícilmente asociemos con aquella culpa sucesos que nos perjudican: rompimos “sin querer” algo que valoramos, tropezamos y sufrimos una fea caída, nos distrajimos y abollamos el auto en un choque, caímos en una discusión que arruinó el momento con pareja o amigos, etc. Así como la confesión alivia la culpa, los sufrimientos que sin darnos cuenta nos causamos, también sirven como castigos destinados a aliviarla. Es como “pagar el precio” por la falta cometida, solo que no nos damos cuenta de ello y lo atribuimos a “cosas de la vida”.

El problema es que entonces no aprendemos nada y seguiremos mintiendo o transgrediendo los valores con los que crecimos, sin ser conscientes de las consecuencias que pagamos por ellos. Los humanos somos especialistas en atribuir la responsabilidad por lo que nos pasa a algo o alguien externo a nosotros. Se trata de un mecanismo de defensa llamado “proyección”: “no soy yo, es por… el vecino, la maestra, los compañeros, la familia de mi marido, mi marido, etc. Para no pasar por el dolor de enfrentarnos a nuestras faltas, buscamos responsables a quienes acusar por ellas. O sea, proyectamos hacia afuera una responsabilidad que es nuestra. El costo es que al no aprender en qué nos equivocamos, repetiremos siempre los mismos errores y sufriremos las mismas consecuencias.

“Mi vida fue difícil”. “No tuve buenos padres”. “Otros tuvieron mejores oportunidades”. Es cierto, pero también habrá siempre quienes lo pasaron peor y aprendieron a salir adelante.

El resentimiento es un veneno que nos lleva a vivir mal y a arruinar nuestras posibilidades de mejorar. El odio enferma y se transmite a nuestro entorno enfermando e intoxicando, como una plaga, a quienes nos rodean.

Nuestra vida la “hacemos” nosotros, la construimos ladrillo por ladrillo con las decisiones que diariamente tomamos. Siempre es posible cambiar el rumbo. El costo es asumir la responsabilidad por nuestras equivocaciones y evitar repetir los errores que nos llevaron a vivir como vivimos. Nadie más que nosotros elige el modo en que respondemos a las dificultades que la vida nos plantea, nadie más que nosotros está al mando del timón. Las tormentas existen, la vida no es un mar en calma para nadie. Aprender a navegar es nuestra responsabilidad y de nadie más.

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