Roberto "El Charro" Argel: el hombre que camina el frío de Comodoro para no dejarse vencer
Las bajas temperaturas que tiene Comodoro Rivadavia y el frío cala hondo, de esos que te obligan a hundir el mentón en el cuello de la campera y apretar los dientes.
En el corazón del barrio San Martín camina a paso lento Roberto Antonio Argel Lewe, a quien las bajas temperaturas no lo paralizan; al contrario, lo ponen en marcha. Nació hace 65 años al otro lado de la cordillera, en Ancud, Chile, aunque hoy en día sus pisadas pertenecen al cemento y a las pendientes del lugar alejado del centro.
Todos lo conocen como "El Charro". Si uno camina por la calle Huergo, tarde o temprano se cruza con él. Deambula despacio, rengueando un poco de la pierna derecha. "Me torcí en una bajada, en una escalera pise una cáscara de banano, no la vi y… menos mal que no me quebré", le cuenta a Crónica con una mezcla de picardía y resignación campesina. Los médicos del periférico le dijeron que camine para no agarrotarse, y él se tomó la indicación al pie de la letra: no le gusta quedarse quieto ni sentado ni encerrado. Quedarse detenido, con este frío, es darle ventaja al invierno.

Aunque su figura cotidiana en la calle y la ayuda diaria que recibe —como la comida caliente que le acerca con constancia una abnegada vecina— hacen pensar a simple vista en la dureza de la vida en situación de calle, "El Charro" matiza su realidad. No se siente un hombre de la calle. Por las noches encuentra reparo en la zona de Quintas, en un pequeño espacio que le prestó su sobrina. Sin embargo, su día a día transcurre a la intemperie, conversando con los vecinos maduros del barrio que lo saludan al pasar y buscando los pocos rayos de sol que se filtran entre los cerros.
"Yo salgo todos los días a caminar porque no me gusta estar encerrado. El día a día mío es común y corriente nomás. Se pasa frío, pero se acostumbra uno", confiesa en la vereda del sol apoyado contra un cerco y la mirada perdida.
Su pasado de trabajo no queda tan lejano. Hasta hace poco más de un año dejó su puesto en una empresa de ingeniería civil en Pico Truncado. Pero si le preguntan qué desearía si tuviera la oportunidad de cambiar su suerte, la respuesta no busca quimeras ni milagros: anhela la dignidad del trabajo cotidiano y el olor a madera cortada. "Yo lo que quería era tener un trabajo seguro, nada más", confiesa con humildad. Aunque aprendió el oficio de grande, sus manos conocen el valor del esfuerzo manual: "Carpintería es lo que me gusta a mí. Me defiendo en eso."
Esa misma habilidad manual es la que alimenta su único proyecto actual. No busca grandes gestos de caridad ni lujos; sueña con levantar cuatro paredes con sus propias manos. "Si puedo conseguir unos tirantes para hacerme una pieza yo, listo. Terrenos hay. Hablo acá para quien me ubique en uno, hago la piecita y tengo para dormir tranquilo", relata con una serenidad que impacta.
Mientras esa oportunidad laboral y la piecita propia llegan, "El Charro" mantiene su rutina inquebrantable. Quien quiera encontrarlo, escucharlo o tenderle una mano sabe dónde ubicarlo: en la vereda de la panadería de la calle Huergo al 4000, donde hace parada fija casi a diario.
El invierno en la Patagonia es largo y la necesidad aprieta. Al preguntarle qué le hace falta para sobrellevar estos días de escarcha en Comodoro Rivadavia, se acomoda la ropa y resume lo urgente con total sobriedad: un par de zapatillas talle 41, vaqueros talle 44 y cualquier abrigo que sirva para hacerle frente al viento. Luego, agradece con educación, rechaza quedarse quieto y retoma su marcha a paso lento, buscando el sol para calentar los huesos.
