El arte de transformar el dolor: Una década de Payamédicos en Comodoro Rivadavia
Detrás de los trajes llamativos y las miradas cómplices están ellas: Lidia Oviedo, con diez años en la organización y año y medio como formadora, y María de los Ángeles Álvaro (cariñosamente conocida como Kela), enfermera jubilada con nueve años de trayectoria en el voluntariado. Juntas han sostenido la actividad en los momentos más complejos, cruzando los umbrales de la terapia intensiva del Hospital Regional y demostrando que la risa es un asunto profundamente serio.
Ambas visitaron Crónica para contar parte de la historia. Lidia, con el acompañamiento en entornos de salud, comenzó mucho antes de vestir el traje. Durante una década, le tocó transitar internaciones y tratamientos largos junto a familiares con cáncer. En esos días difíciles, ella era la encargada de llevar la frescura: "Me convocaban a mí porque era la que acompañaba con la risa, con cuestiones emocionales para sacarlos de ese momento. Con el tiempo te das cuenta de que los sacás de ese contexto de dolor. Entraba el médico, el enfermero, el personal de limpieza y yo los animaba", recuerda Lidia.
La revelación formal llegó a través de las páginas del diario Crónica, a comienzos de 2016. Un aviso anunciaba una formación de payateatralidad y payamedicina en la ciudad, impulsada por una kinesióloga mendocina llamada Sabrina, quien trajo al formador Fabio Bálsamo. Lidia no dudó en anotarse. Así nació la primera promoción en marzo de ese año.

Para Kela, el camino tuvo una sintonía natural con su propia historia. Es enfermera jubilada, trabajó muchísimos años en Neonatología y prestó servicio durante la época de la guerra de Malvinas. Su primer contacto visual con los Payamédicos fue durante una rotación en el Hospital Garrahan de Buenos Aires. Cuando la formación se consolidó en Comodoro, supo que su lugar seguía estando en los hospitales, pero desde otra impronta. Se sumó en la segunda promoción, en 2017. "Tengo algo que siempre digo: recibo más de lo que doy. Esa devolución que te da el produciente es gigante", afirma con la serenidad de quien conoce de memoria los códigos hospitalarios.
"Producientes", no pacientes: El lenguaje de la potencia
En la filosofía de Payamédicos, las palabras se cuidan con rigurosidad científica y poética. No se habla en negativo, no se usan términos que remitan a la pasividad o a la muerte, ni siquiera metafóricamente. Y, fundamentalmente, las personas internadas no son vistas como sujetos pasivos de la enfermedad.
"A quien está enfrente nuestro le decimos produciente, no paciente. Porque viene de producir. El paciente tiene que estar ahí, quieto, enojado, aguantando un montón de cosas que los profesionales le hacen por su bien. Pero llegamos nosotros y generamos algo", explica Lidia.
El trabajo en las salas de terapia intensiva de adultos requiere de una enorme sutileza técnica. En espacios reducidos, rodeados de monitores, cables y sueros, la intervención puede reducirse al mínimo movimiento, pero lograr un impacto inmenso: "hacemos un proceso de trabajar el cuerpo. Entramos a movernos en un espacio reducido y haciendo un montón solamente con los gestos, a veces con los ojos, o sin hablar. Para quien está hace 30 días en terapia, eso es un montón. Entramos a terapia intensiva, levantamos los dedos (pulgares arriba), hacemos un gesto, y que quien está enfrente levante su dedo o te mire... Misión cumplida. Produjo algo."
La mirada atenta y el respeto al niño interior
A menudo existe el prejuicio de que los Payamédicos orientan su labor exclusivamente a las infancias. Sin embargo, para ellas, la niñez es un estado emocional al que se puede apelar en cualquier etapa de la vida. "Cuando te encontrás con nosotros, volvés a ser niño", dice Lidia, evocando el juego a las bolitas, las pedaleadas en bicicleta o las travesuras en los cerros de Comodoro.
Aun así, el trato con los chicos reales exige una herramienta técnica fundamental: la observación. Lejos de la insistencia del adulto que obliga a saludar o a interactuar, las payas cuidan los límites de los más chicos.

"Muchísimos niños le tienen miedo a los payasos. También está la insistencia de los padres de querer sacarse fotos cuando el niño no quiere. En ese sentido somos prudentes. Bajamos la ansiedad del adulto y escaneamos la situación. Si el niño no quiere, no se lo obliga. Nos bajamos a su altura, algo que el adulto común no suele hacer porque siempre mira desde la superioridad", detalla.
Esta sensibilidad se extiende fuera del hospital. Las crisis de angustia no avisan, y la experiencia les permite detectar la tristeza oculta incluso en contextos de aparente festejo masivo, ofreciendo un "payabrazo" oportuno a quien carga con una mochila pesada.
El lazo invisible y el valor de seguir siendo humanos
El paso de Kela de la rigidez del uniforme de enfermera a la libertad del vestuario de Payamédica causó una revolución entrañable en el Hospital Regional. Sus antiguos compañeros la recibían entre abrazos, sorprendidos por su enorme peluca y su transformación. Ella representa el puente perfecto entre la estructura médica y la contención emocional.
Al terminar cada intervención denominada técnicamente “agenciamiento”, el equipo realiza el "paya laboratorio", una instancia de descarga emocional donde analizan qué sintieron, qué los capturó de cada sala y cómo transitaron las energías del lugar. Es el espacio donde se permiten llorar, desahogarse y cuidarse entre sí.
Con una década de vivencias a cuestas, Lidia concluye con una reflexión sobre lo que significa sostener esta tarea en los tiempos actuales:
"La experiencia no te hace dejar de ser humano. Si hay algo que yo siempre rescato, es que seguimos siendo humanos en una sociedad que está deshumanizada. En Payamédico hay momentos en los que no hay palabras para describir lo que generamos y lo que nos pasa en el tiempo. Solo queda decir gracias."
El arte del respeto y la escucha en la payamedicina
El murmullo de los pasillos de un hospital suele estar habitado por la urgencia, el diagnóstico clínico y, muchas veces, el peso del silencio. Sin embargo, desde hace una década, un grupo de personas desafía la rigidez de esos espacios con una propuesta diferente. No entran a irrumpir ni a forzar una carcajada; entran a escuchar, a observar y a mimetizarse con la historia del otro. Son los Payamédicos, un colectivo que en su sede local cuenta hoy con unos doce integrantes en plena actividad y cuyo «hospital-escuela» —el Hospital Regional— vio nacer sus primeros agenciamientos un 17 de junio.

Aquel puntapié inicial abrió las puertas a un recorrido que hoy abarca diversas instituciones de la salud, tanto públicas como privadas: el Hospital Alvear, La Española y el Centro de Aplicaciones Bimodales de Alta Complejidad (CABIN). Este último significó un desafío particular; ingresar a una entidad privada con protocolos estrictos demandó tiempo, constancia y, sobre todo, la demostración de que la payamedicina no es un acto de distracción improvisado, sino una práctica profesionalizada y profundamente respetuosa.
Un camino de gestión y conexión
La llegada de los Payamédicos a un nuevo dispositivo no es azarosa. Nace de la invitación y se gestiona a través de reuniones formales con las direcciones de los centros médicos. A partir de allí, la clave es la disponibilidad: el grupo se organiza de manera flexible, concentrando gran parte de sus intervenciones los sábados por la mañana y cubriendo la semana según los tiempos de cada integrante. Si la disponibilidad no está garantizada para asegurar la calidad de la intervención, el dispositivo simplemente no se abre.
Lejos de los prejuicios iniciales que a veces asocian la figura del payaso con la burla o la molestia en momentos de dolor, los Payamédicos sostienen principios rigurosos basados en la técnica de la observación. Su labor no consiste en «hacer payasadas», sino en ofrecer una presencia amorosa y sutil:
Lectura del entorno: Si se percibe angustia o una negativa implícita por parte del paciente o del profesional médico, el equipo simplemente "sigue de largo" sin forzar el contacto.
Apropiación de la historia: El insumo principal de sus intervenciones no son los chistes ensayados, sino los datos de la propia realidad del paciente. La geografía, los pueblos, los nombres de los vecinos de Sarmiento, Río Mayo o la provincia de Santa Cruz se transforman en el puente afectivo.
Respeto por el silencio: La experiencia les ha enseñado a moldear el lenguaje, evitando preguntas que puedan reabrir heridas profundas y priorizando el bienestar sobre la indagación personal.
El color en los momentos límite
Las intervenciones en áreas de alta complejidad, como la Unidad de Cuidados Neonatales (NEO) o las terapias intensivas, dejan huellas que desafían el paso de los años. Historias de prematuros que hoy, convertidos en niños de ocho años, los reconocen en la calle; o relatos inesperados que un paciente de avanzada edad comparte con ellos, revelando facetas desconocidas para sus propios hijos, son parte de la magia cotidiana de esta labor.
El valor de un abrazo: “Nos ha pasado salir de terapia intensiva justo cuando una familia se despedía de un ser querido. Nos miramos, hicimos un gesto y los hijos vinieron a abrazarnos. Era todo lo negro del duelo y nuestros colores abrazándonos en silencio. Nada más, y nada menos” cuenta Lidia emocionada.
Este tipo de vivencias resignifica el concepto de rechazo. Los Payamédicos no experimentan el maltrato porque su sensibilidad les permite decodificar cuándo un médico o un familiar tiene la cabeza ocupada en una mala noticia o en la complejidad del servicio. Su rol allí es el de acompañar la emoción presente, sea cual fuere.

Formación y continuidad
La tarea exige preparación. No basta con el deseo de acompañar; se requiere técnica, control de la propia corporalidad y asimilación de conceptos médicos y psicológicos. Por ello, la organización mantiene activos sus canales de formación. El próximo 6 de junio marcará el cierre de un ciclo clave con la finalización de los cursos de Paya Teatralidad y Paya Medicina, instancias fundamentales para que nuevos integrantes adquieran las herramientas necesarias para transformar el entorno hospitalario a través de la fantasía, el juego y, fundamentalmente, el respeto humano.