Pasión y compromiso: el camino de Mónica Manquemilla en el futsal infantil
El 14 de abril de 1992 marcó el inicio de un sueño que, con el tiempo, se convirtió en una institución del fútbol de salón infantil en Comodoro Rivadavia. Lo que comenzó como un pequeño equipo formado por primos, hoy es un club con más de 60 niños que encuentran en el deporte un espacio de crecimiento y contención. Al frente de esta historia está Mónica Manquemilla, una dirigente incansable que impulsó este proyecto.
En el Día de la Mujer Trabajadora, Mónica Manquemilla (54), conversó con Crónica sobre sus inicios en el futsal, recordando los desafíos y logros que dieron forma al club infantil La Super Económica, que sigue vigente hasta el día de hoy.
Una vida ligada al deporte
En su hogar del barrio Ceferino, donde el fútbol se respira en cada rincón, los colores rojo y negro dominan la decoración. Cuadros, tazas y reconocimientos dan testimonio del amor por el club que fundó. Pero su historia con el deporte se remonta a muchos años atrás. “De muy chica ya me gustaba el fútbol. Empecé a jugar con el equipo de mi barrio, se llamaba ‘La Paloma’, después jugué para ‘Cosmos’ y para ‘Los Viajantes’ del equipo de mujeres”, comentó.
Incluso su talento la llevó a estar cerca de la selección argentina de futsal. “Estuve a punto de viajar con la selección argentina de futsal, porque fui candidata, hice todo, pero tuve la mala suerte de que mi mamá no me quiso dejar ir. Tenía 17 años en ese momento. Eso nunca se lo perdoné a mi mamá”, recordó con nostalgia.
El nacimiento de La Super Económica
A pesar de ese episodio, su pasión por el fútbol nunca desapareció. En una época en la que el fútbol estaba reservado casi exclusivamente para los hombres, Mónica desafió los prejuicios y se abrió camino en el deporte con determinación.
En abril de 1992, motivada por la falta de equipos donde pudieran jugar sus hijos y sobrinos, formó un pequeño equipo que pronto se convirtió en un club infantil. “La idea de formar el club fue por mis hijos, que no teníamos dónde anotarlos. No tenían equipo y con cuatro sobrinos más empezó todo”, recordó.
Pronto, el club se llenó de niños del barrio, brindándoles un espacio de juego y aprendizaje. “Sacamos a muchos chicos de la calle”, afirmó con orgullo. Al principio, entrenaban en la calle por falta de un espacio propio, y más adelante comenzaron a utilizar los polideportivos.
El crecimiento del club hizo necesario buscar apoyo. “Ahí ya decidimos ir a buscar algún sponsor, alguien que nos ayude”. El primer auspicio llegó de la panadería ‘Gramiblu’, luego la ‘Agencia 6015’ y, finalmente, el comercio que dio nombre al club: “La Super Económica, de ahí no dejamos más ese nombre”, dijo Mónica.
Es así que no solo logró hacerse un lugar en el futsal, sino que también sentó las bases para que muchas generaciones tuvieran la oportunidad de dar sus primeros pasos en este deporte, sin importar su origen o género. Ahora, con tres hijos y diez nietos, Mónica se enorgullece de que todos hayan pasado por La Super Económica, compartiendo el amor por el club que ella fundó.

La familia del futsal
La casa de Mónica siempre fue un refugio para los jugadores. “Mi casa era muy precaria, pero siempre había lugar para los más chicos. Incluso muchos se quedaban a dormir porque un domingo a las 8:30 nos tocaba jugar. Hacíamos un lugarcito el sábado, tiraba colchones para que los chicos no me fallaran el domingo”, cuenta.
Al comienzo, los entrenamientos estuvieron a cargo de sus hermanos Daniel y Luis, quienes luego sumaron a los padres de los jugadores. Con el tiempo, el club se consolidó y se volvió invencible en algunas categorías. “La categoría 90 nunca perdía, eran imbatibles en todos lados. En Laprida, en Km. 5... Después a Laprida ya no nos invitaban más porque ganaban siempre”, dijo de manera risueña.
El sacrificio tras el sueño
Competir no era sencillo y cada traslado a las canchas era una especia de aventura. “Como nosotros mismos llevábamos a los chicos, los autos iban llenos. Me acuerdo de que Adrián Llesona tenía un 4L y poníamos a todos atrás, iban apretados”, dice entre risas. “Otro papá tenía un 147, nosotros tuvimos un Falcon y también iban llenos. Después se sumaba mi cuñado con su camioneta y así nos repartíamos a los nenes”.
El trabajo era a pulmón. “Si jugábamos el sábado, el viernes arrancábamos haciéndole los sandwichitos, preparando gaseosa o jugo, para darles a todos”. La autofinanciación era clave: “Hacíamos ferias de pollos, de empanadas, eso lo dejábamos para que los chicos el fin de semana tuvieran el jugo y el sanguchito”.
Pero no todo era sencillo. Mónica recordó los momentos en que les tocaba perder partidos y el desafío de no contar con un lugar para entrenar. “Cuando nosotros recién arrancamos, perdíamos 15 a 0 ó 18 a 0. Bueno, algún día vamos a ganar, decíamos”.
Continuó diciendo que “nunca tuvimos un espacio para entrenar”, por lo que la falta de una cancha siempre fue un desafío: “Acá en el barrio había unas canchitas de tierra. Ahí entrenaban, pero no era lo mismo que el salón. En la calle, los nenes jugaban re bien, pero en el salón se sentían distintos, cada goleada nos comíamos, pero igualmente nos presentábamos a todos los partidos y torneos”.
Un legado que perdura
Hoy, La Super Económica sigue formando a nuevas generaciones de futbolistas, algunos de los cuales llegaron al profesionalismo, como Matías Delgado, Pablo “Quique” Ruiz y Brian Orosco.
Mónica, aunque sigue involucrada en el club, ahora prioriza su salud. “Tengo una trombosis y es jodido. Ojalá pudiera estar más con ellos, pero no puedo andar mucho tiempo parada”. Sin embargo, su amor por el fútbol sigue intacto: “Verlos a mis nietos jugar es muy lindo, ellos me ven y a la vez me dan la fuerza que necesito”.
La Super Económica no es solo un club de fútbol, es un espacio de contención y enseñanza, donde los niños aprenden no solo a ganar, sino también a perder, siempre con el espíritu de equipo y el esfuerzo colectivo como bandera.
