Luchar por los campesinos

Catalino Mancuello, el paraguayo que vino a Buenos Aires y regresó a Caaguazú para cumplir su sueño

Tras llegar a Buenos Aires en busca de una vida mejor, Catalino Mancuello decidió regresar a su chacra familiar en Caaguazú, donde finalmente encontró lo que buscaba al dedicarse a proteger los derechos de los campesinos y evitar su desplazamiento.
miércoles 23 de octubre de 2024
Catalino Mancuello, el paraguayo que vino a Buenos Aires y regresó a Caaguazú para cumplir su sueño
Catalino Mancuello, el paraguayo que vino a Buenos Aires y regresó a Caaguazú para cumplir su sueño

A Gregorio Mancuello y a Aurelia León se les notaba la alegría en las caras: luego de unos años de haber migrado a la Argentina en busca de una vida “mejor” y trabajar en el rubro de la construcción, su hijo Catalino volvía al pago. Y no solo al pago, sino a trabajar en la chacra ubicada en el departamento de Caaguazú, a unos 220 kilómetros de Asunción y en el centro norte del Paraguay.

De eso hace ya unos 14 años y actualmente, como siempre, la chacra de 10 hectáreas produce maíz, mandioca, hortalizas y poroto, a la vez que tienen vacas criollas de leche y de carne, cabras, chanchos y gallinas. Y desde hace 5 años también tienen un estanque con tilapias y pacús que alimentan con balanceado y maíz pregerminado.

“Esto se nos ocurrió porque en el Instituto nos formamos para ser autosustentables y la piscicultura viene bien”, explica Catalino, hoy ya con 34 años. “En nuestro terreno nosotros tenemos naciente de agua, así que construí los estanques. Todo lo que producimos es para autoconsumo (somos 8 de familia) y el resto lo vendemos, al igual que con los quesos que elaboramos, con lo que dan las lecheras”.

Una particularidad de la chacra (al menos para ojos porteños) es que producen tres tipos diferentes de maíz: el maíz chipá para elaborar harina (llevan la producción a un molino cercano); el maíz tupi sapé para animales y el maíz pichinga para hacer pochoclos.

Los clientes de la familia Mancuello son, lógicamente, los vecinos. Pero también una red de productores agroecológicos que trabaja dentro de la organización Cultiva Paraguay, que a su vez pertenece a una organización internacional llamada Vía Campesina. Y al escuchar la historia de Catalino, todo su recorrido y lo que hace hoy en día, tiene coherencia, ya que su padre y madre, Gregorio y Aurelia, eran dirigentes rurales.

“Cultiva Paraguay nació hace unos 25 años, cuando se llegó a un punto donde todos nuestros vecinos alquilaron sus campos para el agronegocio y lo que nosotros producíamos no se vendía o no valía nada y nos presionaban para que alquilemos y nos fuéramos”, recuerda. “Fue entonces cuando se creó la organización con mis padres y otros productores al frente, fue una reacción a defender la tierra y el arraigo, una reacción ante la cotización y fumigación”.

Como es de imaginar, Catalino además venía con una formación productiva de base. Luego de terminar la secundaria y estar unos años en Buenos Aires, volvió para estudiar en el Instituto Agroecológico Latinoamericano (IALA) Guaraní, una institución que se ideó para formar a los jóvenes hijos de dirigentes y campesinos que no podían ir a la universidad.

“Yo era chico y me acuerdo que cuando los productores se juntaron para defenderse de la fumigación, mi padre y un compañero fueron presos unos días y eso me marcó mucho”, continúa Catalino. “Por eso cuando terminé el bachillerato me fui a la Argentina a trabajar porque sentía que no tenía futuro en la chacra, si total lo que producíamos no valía nada… Estuve dos años allá y justo empezó la capacitación en agroecología en el IALA Guaraní que aceptaba hijos de campesinos para formarse política e ideológicamente y fomentar la producción de alimentos sanos. Cuando me avisaron volví y me recibieron con los brazos abiertos”.

Hoy, además de trabajar en la chacra familiar, Catalino se desempeña como técnico en un centro de estudios que colabora con comunidades indígenas, capacitándolas y acompañándolas en el proceso de producir sus propios alimentos de manera agroecológica.

“El objetivo es que las comunidades indígenas produzcan su propia comida, mi trabajo consiste en acompañarlos y demostrarles que es posible. Culturalmente, los pueblos originarios son cazadores recolectores pero hoy, con la degradación del monte, ellos no pueden alimentarse si no tienen huerta o no crían animales y es todo un aprendizaje”.

“Voy a las comunidades, hago la huerta, los biopreparados y trabajo con ellos, no es solo dar charlas”, enfatiza. “Asisto a 16 comunidades guaraníes que visito cada quince días y este trabajo es clave porque los indígenas son los más vulnerables, son los que menos reciben apoyo para desarrollar su chacra… y muchos terminan alquilando su terreno para producir soja y maíz”.

Catalino subraya la importancia de la unión entre los campesinos en Latinoamérica para evitar su desaparición. “Hay que unirse a organizaciones y trabajar en conjunto. Si hacemos una mirada satelital estamos rodeados de soja y la gente migra a las ciudades y eso no es la solución, porque si no hay trabajo, ¿cómo vas a vivir en la ciudad?”, reflexiona.

“La Red de Productores Agroecológicos es un espacio para encontrarse con otra gente que produce de esta manera. Todos los años nos juntamos y llevamos nuestros productos y semillas a una feria que se realiza en Asunción para mostrar todas las variedades que tenemos y que la gente nos conozca y se acerque a comprar”.

-¿Cómo es el tema con las semillas?

-Nos verifica las semillas el Senave, que es el Servicio Nacional de Calidad y Sanidad Vegetal y de Semillas. Ahora hay un proyecto de ley para adueñarse de las semillas nativas y criollas y nosotros no queremos dado que nos perjudica mucho porque entonces deberíamos empezar a comprar las semillas a la empresa que tenga la licencia y además, nosotros hemos producido nuestras semillas desde siempre y de buena calidad.

-¿La gente de Asunción se acerca a la feria?

-Sí y preguntan mucho y de todo, les da curiosidad. Nos surgen clientes de alimentos, abonos orgánicos y hasta biofertilizantes, y eso es buenísimo porque cuando un pequeño productor no vende su producto deja de tener sentido cultivarlo. Y lo que queremos como organización es cuidar al pequeño productor y fomentar el arraigo. Yo creo que hay esperanza porque ya se ha demostrado que solo los campesinos somos los que producimos verdaderos alimentos para las personas.