Mauricio Toni, romper los dientes del engranaje
Por Facundo Paredes
No fue un campeonato. Tampoco su llegada a River con 11 años. Ni siquiera la firma de su primer contrato profesional ni la asistencia que dio en su debut en Vélez para que el “Tanque” Pavone sentenciara el 3 a 0 ante Tigre. Lo que lo salvó a Mauricio Toni fue una estructura que lo entendiera, lo contuviera y lo ayudara. Esa estructura pertenecía a Talleres de Córdoba y estaba encabezada por el psicólogo Christian Rodríguez, una de las amistades que le dejó el fútbol.
“Agradezco que, en mi paso por Talleres, el club tenía un sector de psicología que hoy no sé si sigue estando, pero a mí eso me salvó. Andá a saber dónde estaría hoy en día”, cuenta, sin filtros, Toni.
Mauricio Toni tiene 23 años y es un exfutbolista profesional. Nació en Comodoro Rivadavia, Chubut, y desde los 5 que patea una pelota. Se formó en la Comisión de Actividades Infantiles (CAI) y, a los 11 años, fue captado por River a través de un video, ya que sobresalía por su altura, tenía buena técnica y el físico perfecto de un defensor. En el “Millonario” quedó libre, sin embargo, apareció Vélez en su camino, donde logró el sueño de debutar en primera. Las presiones, las exigencias y la competencia lo fueron desgastando. Nunca le gustó el ambiente del fútbol. Toni cuestiona y se reinventa. En febrero de 2021 decidió ponerle fin a su carrera de futbolista profesional y comenzó otra vida de cero. Como sus raíces patagónicas y como canta La Renga, Toni hizo a su cuerpo amigo del viento y la distancia y se fue a buscarle una verdad a su corazón.

¿Cómo fue el momento exacto en el que decidiste dejar el fútbol?
En Rosario tomé la decisión. Fue el sábado 13 de febrero porque el domingo tenía que ir a entrenar. En ese entonces estaba entrenando con la reserva y me acuerdo que ese domingo practicábamos con la primera. Hablé con el técnico de la reserva y medio que le dije otra cosa, pero bueno… después me animé y dije “ya está, se acabó todo”. Tampoco es que había cerrado las puertas porque fue todo de golpe. El domingo llamé a mi representante y le conté, él obviamente que se sorprendió, no sabía nada. Le dije que iba a rescindir contrato y que iba a llamar a Pablo Cavallero, el mánager de Vélez. Creo que el club también quería que rescinda y yo estaba en la misma, porque, si bien tenía contrato hasta junio, estaba buscando otro equipo para irme. En Rosario me podían alojar, entonces ahí me tomé unos meses para procesar la información y en junio ver si volvía a jugar al fútbol o no, fue como un impasse, parar un poco, calmar la cabeza. Fue así. La verdad es que no extraño nada. Me gusta jugar a la pelota, pero ahora lo veo como un entretenimiento para compartir algo. Me encanta lo que estoy haciendo, aprendiendo conocimientos nuevos y ayudando desde otro lado. Estoy muy feliz con la decisión que tomé.
Ahora, Toni estudia inglés de forma online y cursa en Proyecto Pluma, un espacio de formación en Coaching Holístico, herramienta que consiste en acompañar a una persona de un punto a otro, creando un contexto de registro y acción para que logre ese objetivo que desea y pueda tener resultados perdurables en el tiempo. Es decir, se entiende al humano como un ser que integra todos sus cuerpos: físico, energético, emocional, mental y espiritual.
Pero para entender el trasfondo del cambio de Toni hay que retroceder hasta sus inicios. O hasta ese llamado de River que cambió todo.
¿De qué manera se dio tu llegada a River?
El hijo de la pareja que manejaba la pensión de infantiles de River me vio en un video jugando en el torneo de la CAI. Anita y Enrique son la pareja encargada de la pensión y su hijo es una especie de veedor, ahora creo que se dedica de lleno a eso, pero antes él veía jugadores y se los acercaba a River. La cuestión es que llaman a Comodoro diciendo que eran de River y que me invitaban a jugar un torneo, me acuerdo que mi papá les cortó porque pensaba que era una joda -ríe-. Por suerte volvieron a llamar al ratito y ahí nos dimos cuenta que era en serio. Fui al torneo de Toritos de Chiclana en Paraná, Entre Ríos, con mi mamá y me fue re bien, salimos campeones y por eso River me invita unos meses después a otro torneo en Sunchales, Santa Fe, donde esa vez fui con mi abuela y también salimos campeones. Al año siguiente le dijeron a mi familia que me querían y que me podían alojar en la pensión, entonces hicimos todos los papeles y estuve en la pensión dos meses, porque después mi familia decidió acompañarme en todo esto y se mudó conmigo a Capital, en Núñez, donde todavía seguimos instalados.

Me imagino que fue brusco el cambio…
Fue duro porque es otra vida. De muy chico uno no es consciente y tampoco está preparado para un cambio así. Te cambia el fútbol, el colegio, los amigos, la gente, ya son otras exigencias. Fue rotundo. No es para nada fácil trasladar todo a 2.000 kilómetros, por eso hasta el día de hoy valoro lo que hizo mi familia por mí. Por suerte mi viejo pudo trasladarse por el laburo, porque él es contador. Me acuerdo que ese año, antes de irme a River, mi viejo me preguntaba todas las semanas si estaba seguro -ríe-. Ellos (padre, madre y hermano menor) estaban dispuestos a acompañarme, pero querían que yo esté seguro. Yo era un nene y decía sí a todo. Quiero ser futbolista, quiero jugar en River, quiero lo que siempre quise. Después terminó pasando todo.
¿Qué te dio la CAI en tus primeros pasos?
La CAI me dio un montón. Con los años me di cuenta que la CAI realmente me formó, me dio una base que es clave en los inicios en el fútbol. Al haber pocos chicos y otra competencia, también me formaron como persona, porque había buena gente, buenos profesores, era como algo más específico. Por ejemplo, en los controles o los perfiles. Por algo igual la CAI es una escuela de jugadores, en el mundo del fútbol se habla de la CAI y piensan en “Mumo” Peralta, los Barrientos, y también la vinculan con San Lorenzo, por Doria y todos los jugadores que pasaron por ahí. Yo me acuerdo que cuando tenía 6 años y estaba en la escuelita con Fabián Zalazar, veíamos a los que estaban en la pensión que lo ayudaban a Fabi en los entrenamientos. Y esos pibes eran el “Colo” Gil, Nico Freire, Fabio Vásquez, Luciano Cabral, para nosotros era increíble. En River está lleno de pibes, literal, no te imaginás la cantidad que hay, están los de Buenos Aires, los del interior y así. Acá hay tanto y por eso no es tan específico, es todo tan competitivo que es sólo ganar, ganar y ganar. No te forman, no te enseñan. Hoy en día no sé, yo te cuento lo que me pasó a mí. Y yo en la CAI viví todo lo contrario, porque Fabián, el “Gato” Montesino y los demás profes no eran entrenadores, eran formadores. No buscaban ganar, sino mejorar al jugador y así al equipo. Eso es lo que rescato del club, me dio muchísimo. En los primeros años en River yo me sentía muy bien, sacaba mucha diferencia, porque tenía una buena base.
¿River no era lo que te imaginabas?
Muchos llaman a River y a Boca como un picadero de carne. Por lo que me contaron y por lo que se ve, (Marcelo) Gallardo bajó una línea para que todas las categorías jueguen de tal manera. Él hizo debutar a un montón de pibes y profesionalizó todo. Yo viví la época de Passarella y Aguilar, que medio que era… por algo River se fue a la B. Igual, ojo, también River te da mucha competitividad, otro grado de exigencia, pero es otro precio. Si vos perdés con cierto rival, te van a decir de todo. Si ganás, era obvio que tenías que ganar, porque sos River. Y si los otros te ganan, salvaron el año. Eso pasa cuando te ponés la camiseta de River, tenés que ganar hasta los amistosos.
¿Por qué crees que quedaste libre en River y cómo lo tomaste?
River era mi casa. Pasaba más tiempo en River que en mi casa, porque entraba a las 7 de la mañana y salía a las 7 de la tarde por el colegio. Yo arranqué como titular y era capitán en AFA y después fui como bajando. Mis primeros años fueron los mejores y después empecé a jugar cada vez menos hasta que hubo un momento en que no jugaba. Me dolió mucho quedar libre. Era chico y parece que se te cae el mundo. Además, yo iba al colegio de River, tenía a mis amigos, todo. Arranqué en sexto grado y quedé libre cuando iba a cuarto, pero igual terminé el colegio en River, aunque ya era jugador de Vélez.
Toni llegó a Vélez a través de Flavio Espósito, entrenador que lo dirigió cuando llegó a River. Hizo sexta, quinta y debutó en primera de la mano de Omar De Felippe en un 3 a 0 ante Tigre en 2017. En el tercer gol, Toni, que entró por Leandro Cufré y ocupó el lateral izquierdo, asistió de primera a Mariano Pavone y cerró una presentación soñada. “En Vélez fue como un volver a empezar. Yo había perdido el nivel y Flavio también notó lo mismo. En mis últimos años en River casi no jugaba, o jugaba en la Liga Metropolitana pero poco, y eso te lleva a perder la competencia, las ganas, la chispa, esa pasión por así decir, como que me fui apagando”, agrega Toni.
¿Y por qué crees que te fuiste apagando? ¿Existieron situaciones particulares que te llevaron a ese estado?
He pasado por muchas cosas. No estuve preparado mentalmente para un cambio tan brusco, porque era muy chico, es lógico. Los primeros años lo disfruté mucho, anduve muy bien porque venía con la base de la CAI, pero después cuando me contagié de la competitividad llegaron las lesiones y esas cosas. Como por ejemplo tuve una lesión en las rodillas, en la etapa de crecimiento, jugaba dos meses y tenía que parar porque me costaba hasta correr. De chico pegué un estirón y después me planché. En novena ya era chiquito, flaquito, hasta me acuerdo que me calentaba con mi mamá porque no crecía. En novena hay pibes que ya están con barba… ¡imaginate enfrentarte a un delantero con terribles gambas y potente! A mí ni siquiera me había cambiado la voz, era un nene. Fue un crecimiento tardío hasta que a los 16 o 17 años pegué el otro estirón. Por eso en Vélez me volví a sentir jugador. Empecé de a poco, me volví a sentir importante dentro de la cancha y en el equipo. Ahí fue un impulso y ya en quinta división jugué todos los partidos del torneo. Ese año también arranqué la carrera de Contador Público en la UADE, donde el primer año eran las mismas materias que Administración de Empresas. Fue un hermoso año, muy completo, pero agotador, a veces me dormía en la facultad porque era un ritmo muy fuerte. Lo bueno es que cerré el 2016 con mi primer contrato profesional y arranqué el 2017 con la primera que dirigía Omar De Felippe, que con él debuté. Después le planteé a mis viejos que me quería enfocar plenamente en el fútbol, ya con contrato y en primera no podía ir a la facultad por los viajes, por la exigencia y porque era otra carga emocional.
Dicen que mantenerse es lo más difícil…
Uno tiene el sueño de llegar, de llegar y de llegar, pero cuando llegás tenés que buscar otros objetivos… también a mí el ambiente del fútbol nunca me gustó. Yo tenía ese sueño de jugar en primera, pero inconscientemente pensaba por dentro que si llegaba a primera todo iba a ser diferente, que iba a tener otra vida y esas cosas. Pero cuando llegué y estuve ahí adentro me di cuenta que era lo mismo. El mismo ambiente, nada más que tenía plata en el banco y había logrado el sueño de llegar. Así fue como fui cayendo de categoría, porque internamente estaba así y no lo quería aceptar. Dejar la carrera, dejar el fútbol… es muy difícil. El fútbol es todo para este país. Por eso cuando tomé la decisión de hacer otra cosa nadie lo pudo creer. Todos me decían: “Nooo, como vas a dejar” o te tiraban un “pobre”. Pobre no, porque lo decidí yo. No es que el fútbol me dejó a mí, yo dejé el fútbol. Pero bueno, en todo ese camino, hoy me paro y miro hacia atrás y lo veo con paz y aprendizaje. ¿Sufrí mucho? Sí. ¿Me costó mucho? Sí. ¿Fue muy difícil? Fue muy difícil. Tuve millones de momentos de no querer más, he pasado por un montón de cosas. En las inferiores de River llegué hasta vomitar en la cancha por los nervios. Hoy en día me pregunto “¿cómo llegué a debutar en primera?”. Que fuerza de voluntad que tengo, porque a los 14 años ya el corazón me latía a 200, temblaba, jugaba un partido y se me nublaba la vista. Yo decía “debe ser porque desayuné mal” y no. Hoy te puedo decir que fueron ataques de pánico, era todo de la cabeza, y yo iba, iba, iba, le daba para adelante. Así uno se va haciendo fuerte, pero es un precio alto que me fue desgastando un montonazo al punto de que inconscientemente seguía, seguía y seguía. Cuando llegué a primera, me empecé a dar cuenta de un montón de cosas. ¿Vale la pena seguir así? ¿para qué? Y ahí fue cuando me fui despertando y salí de ese piloto automático, empecé a cambiar muchas cosas internas. Me fui encontrando y no haciendo un personaje para el exterior y demostrar que soy jugador de fútbol y esas cosas, porque el futbolista a donde va es bien recibido, tiene esto, tiene lo otro, es como un superhéroe. Por eso cuando muchos se retiran se les va la fama y quedan ahí… es duro, porque si no estás preparado de la cabeza es difícil. Yo soy de reflexionar, preguntarme cosas y el ambiente del fútbol es más de acción y muy monótono, por eso debe ser que nunca me gustó. Hoy en día hay más jugadores que hacen otras cosas, que leen, tocan la guitarra o tratan de salir de ese ambiente.
En julio de 2018, con pocos partidos en el “Fortín”, Toni fue cedido a préstamo por un año a Talleres de Córdoba, donde conoció al psicólogo Christian Rodríguez y, gracias a su ayuda, pudo estabilizarse momentáneamente. “Christian es un amigo y una persona muy querida. Con él empecé a ver otras cosas y a abrir la cabeza, salir de ese piloto automático. Hoy no está más en Talleres ni en el Grupo Pachuca, estuvo en Huracán y en Newell’s también. Lo quiero un montón, es un personaje hermoso”, detalla Toni.
¿Crees que en el fútbol argentino se le da importancia a lo psicológico?
Lamentablemente no. Mucha gente lo ignora. Hasta los técnicos de la vieja escuela te dicen “no, porque el jugador tiene que meter y ser fuerte” y ellos no saben por lo que está pasando el pibe. La cabeza es todo. Por suerte yo hice el click con Christian, no me preguntes porqué. Él vio algo en mí y ahí fue cuando empecé a replantearme todo. Después comencé a leer libros de autoayuda y autodesarrollo, me metí en la espiritualidad y me di cuenta que me gusta mucho. Es clave para cualquier ser humano porque estás trabajando para vos día a día. Al final del día uno es todo. Si uno no está bien, no sirve. En mi adolescencia, cuando tenía esos momentos de depresión, veía todo mal, criticaba y no me gustaba nada, y eso pasaba porque yo estaba mal por dentro. Ahora estoy estudiando Coaching Holístico y hablarlo en el fútbol y hasta en mi familia es raro…
El común piensa que el futbolista tiene la vida perfecta…
En Mar del Plata tuve lesiones por el nerviosismo, imaginate, también estados de desequilibrio y depresión. Sufría. Y encima yo lo había adoptado como algo normal. Llegó un momento que no daba más. Después por la pandemia, como seguro le pasó a mucha gente, me replanteé muchas cosas. Realmente no era feliz, me gusta jugar a la pelota, pero estar en un ambiente así no me llenaba. Hasta me he llegado a preguntar si jugar en el Barcelona, por poner un ejemplo, y ganar todo me iba a llenar. Y la verdad es que lo dudaba, aunque esto sea un deporte grupal, también es cierto que es muy individual, hay mucho ego. Capaz que al que tenés al lado un día es tu amigo y al siguiente te quiere comer la cabeza por tu puesto. Eso de competencia sana muchas veces no pasa. En cambio, en Talleres de Córdoba viví otra cosa, estuve con referentes de los cuales aprendí un montón como es el caso del “Cholo” Guiñazú, Mauricio Caranta y Javier Gandolfi. En Vélez también había líderes, pero distintos, como Cubero, él también siempre estaba dispuesto a escuchar y a enseñar. Sin embargo, ese plantel de Talleres era como una familia, el “Cholo” era y es muy querido, es una persona con un corazón gigante, una fuerza de voluntad terrible, él decía que hay que estar con el “fuego interior encendido” -ríe-.
¿Cómo tomaste el suicidio del “Morro” García?
No lo quiero dramatizar, para nada, pero en la adolescencia he tenido pensamientos como los del “Morro”. Gracias a Dios tengo una familia que me banca y gente alrededor que me ha ayudado a salir. Yo no sé cómo hice para llegar a primera, porque si me pongo a pensar cómo lo viví y por todo lo que pasé… Es imposible que me entiendan porque cada persona vive su propia experiencia. De igual manera, miro para atrás y lo abrazo, lo agradezco, porque todo eso me dio una fuerza increíble, una coraza, que cualquier cosita que me pase hoy en día no me afecta para nada. Y con esto no quiero dramatizar ni tampoco se lo recomiendo a nadie, repito, esto es mi experiencia. Lo del “Morro” me impactó y soy consciente de que le pasa a muchísima gente. No sólo en el fútbol. Pasa que en el fútbol no toma tanta visibilidad porque uno está acostumbrado a no mostrar debilidad. Es un ambiente donde no podés “regalar” nada. Si sos muy chico y no estás preparado mentalmente para pasar eso, ni una familia que te acompañe, es muy difícil. Encima eso te repercute en todos tus ámbitos de la vida y te puede quedar secuelas, porque nosotros no somos nuestros pensamientos. Es la mente que te tira pensamientos y llega un momento en el que no tenés salida. Estás con tu propio demonio. Por eso hay que empezar a ser más conscientes en los clubes del fútbol argentino, no sé cómo será en otros países. Hay que darle más bola al estado mental y emocional de un jugador porque pasa por muchas cosas, exigencias, altibajos, incertidumbre, un día estás acá, al otro día estás allá. Aunque no te conozca nadie, jugás un partido bien y te explota el teléfono. Y al revés también, si jugás mal no tenés ni un mensaje. Si a esto lo tomás literal y te dejás llevar, terminás mal. Hay una frase que lo dice muy claro: “no sos tan bueno cuando ganás ni sos tan malo cuando perdés”. Agradezco que, en mi paso por Talleres, el club tenía un sector de psicología que hoy no sé si sigue estando, pero a mí eso me salvó. Andá a saber dónde estaría hoy en día. Me hizo ver un montón de cosas. Después depende de uno.
Luego de su ciclo en Talleres y entre idas y vueltas en Vélez, Toni pasó por Alvarado de Mar del Plata y Deportivo Armenio. En 2016 y 2017 sufrió ataques de ansiedad cada una o dos semanas y llegó a aumentar 4 kilos en uno o dos días. En los momentos de depresión se camuflaba en la comida. “Me hacía mierda, no me amaba lo suficiente porque no me gustaba lo que estaba viviendo, mi realidad. Quería taparlo. A mí me pasó con la comida, pero muchos lo tapan con el alcohol o con las drogas. La comida también es una adicción, todo en exceso es malo. Ahora estoy con una psicóloga y un nutricionista, que, si bien siempre comí bien, me sirve para planificar y tener nuevos objetivos”, relata.
Por más crudo que suene lo que estás contando, se te nota firme y seguro en esta nueva etapa.
Es que no sabía lo que quería, no estaba convencido y no quería tomar una decisión que finalmente me animé a tomarla. La pandemia aceleró los tiempos, pero no lo quería aceptar. Son 15 años haciendo algo y al otro día arrancás de cero. La vida es una, creo en mí y tomé la decisión con felicidad. No me arrepiento para nada. Creo que tenía que pasar por eso para hoy estar como estoy, con este nivel de conciencia y confianza. Con todo mi pasado, mi propósito es ayudar a la gente desde la psicología, el coaching y demás ramas. Lógicamente que fue una bomba para mi familia, pero la decisión la tomé desde la voluntad de vida, porque me di cuenta que no era yo en ese ambiente. No podía ser yo del todo. No me hallaba. Y desde otro lado puedo dar muchísimo más y brillo a mi manera. Recién estoy arrancando una nueva vida y por suerte ya cerré la etapa del fútbol, porque hasta el día de hoy me mandan mensajes para ofrecerme clubes. No extraño para nada el vestuario ni el fútbol, tardé como cinco meses para volver a jugar un picadito con amigos -ríe-. De a poquito voy abriendo otras puertas y estoy aprendiendo a aceptar no entrenar todos los días en el alto rendimiento, tener otro cuerpo y esas cosas. Por ejemplo, entreno pero porque me gusta, siempre fui saludable con las comidas y esas cosas.
El fútbol es un engranaje que sí o sí necesita al futbolista para potenciar el negocio. Sin embargo, cada vez se lo protege menos al protagonista. Jorge Valdano dijo que “el fútbol es lo más importante entre las cosas menos importantes”. Toni lo tiene bien claro, desde la incomodidad construyó su propio crecimiento. En un futuro, ya que tiene la ciudadanía europea, planea vivir otra realidad y ayudar a los miles de Mauricio Toni que hay en Argentina y en el mundo, ya sea por el fútbol o por la vida misma. Mientras tanto, Toni, con sólo 23 años, logró lo que “Chizzo” Nápoli exclama en “Hablando de la libertad”.
Y morir queriendo ser libre
Encontrar mi lado salvaje
Ponerle alas a mi destino
Romper los dientes de este engranaje.