De Santa Fe al Alto de Las Flores: La huella gigante de una vecina que abraza a 50 familias

Laura Aguirre llegó de Santa Fe y transformó las secuelas del hambre y la necesidad que sufrió en su propia juventud en un motor comunitario. Sin más recursos que la solidaridad vecinal y la promesa hecha a su padre de “nunca dejar de hacer el bien”, convirtió su propia cocina en un comedor comunitario.
sábado 08 de agosto de 2026

La última calle de asfalto queda a poco más de 600 metros del comedor, y el camino de tierra está casi intransitable, pero la necesidad no hace dudar. Por un plato de comida se llega caminando y embarrado al comedor Los Altos de Las Flores.

Muchas familias están atentas al mensaje en el grupo de whatsapp que llega siempre a la misma hora: "gente, gente ya está la comida. ya pueden pasar a retirar, ya estamos acá", avisa Laura por mensaje de audio. Y de a poco, los vecinos se acercan abrigados y con una bolsa que contiene uno o dos tuppers.

Hay viajes que no se miden en kilómetros, sino en la profundidad de la huella que dejan al terminar. Cuando Laura Aguirre dejó atrás el horizonte llano y sin pausas de su Santa Fe natal para afincarse en Comodoro Rivadavia, no traía más equipaje que la memoria de sus propias batallas y esa sabiduría antigua, heredada de su padre, que funciona como un mandato silencioso: “Mi papá siempre decía: ‘no dejes nunca de hacer el bien’... y bueno, acá estamos”.

El destino no le ofreció un camino despejado. La ladera del cerro, allí donde la ciudad se vuelve escarpada y las calles pierden el nombre para convertirse en senderos de greda y piedra, fue el escenario que la recibió. En ese paisaje árido, donde el viento patagónico acostumbra a probar la templanza de quienes lo habitan, Laura reconoció un eco de sus propios años difíciles.

Conocía de memoria el peso exacto de la escasez, el frío colándose por las hendiduras de paredes improvisadas y la humillación de tener que salir a pedir. “Sufrí, te digo la verdad, muchísimo. Pasé hambre, pasé frío, pasé de todo”, recuerda con una franqueza que conmueve. “Lo que más recuerdo es no tener para darle a tus hijos cuando te decían: ‘Mami, tengo hambre’. Me tocó sacrificarme, salir a buscar, pedir... En Santa Fe hasta tuve que usurpar una casa para tener un techo para mis hijos. Después la gente, como vio que la mantenía, que hacía quinta y trabajaba para estar bien, me ayudó. Por eso, hoy dar una mano es devolver todo lo que hicieron por mí”. Haber conocido las sombras de la privación no le endureció la mirada; al contrario, le afiló la empatía.

De la necesidad ajena a la casa propia

La historia de su entrega en el sur comenzó sin estridencias. Laura acudía al histórico comedor de Mireya, un bastión de solidaridad en la zona alta de Comodoro —que luego heredó su hija Norma—, para retirar la vianda familiar. “Yo colaboraba ahí, muchos años. Muy agradecida con Mireya, con la finadita, y después con Norma. Ellos me ayudaron mucho. Pero veía que se hacía de lunes a viernes, y sábado y domingo la gente no tenía”.

Donde muchos veían un alivio temporal, ella vio una grieta: el hambre no sabe de fines de semana. “Entonces empecé con sábado y domingo. Ya después agregué un lunes, después un miércoles, y hacíamos todos los días”.

Lo que comenzó como un parche solidario fue creciendo hasta ocupar toda la semana. Ni siquiera un paréntesis obligado por problemas de salud pudo quebrantar la trama que ya había tejido en la Patagonia. Por recomendación médica y ruego de sus hijos, Laura regresó un tiempo a Santa Fe hacia el año 2024. “Me fui allá pensando que iba a estar mejor, porque mis hijos me decían: ‘Dejá por tu salud, mami’. Pero no. Estando allá la gente me llamaba: ‘Doña Laura, ¿no me puede conseguir alimento?’, ‘Doña Laura esto, doña Laura lo otro’... Era más fuerte. Fue más fuerte y me volví. Empezamos a pulmón otra vez, y hoy seguimos firmes”.

Al regresar, el esfuerzo colectivo fue levantando un techo propio para el comedor El Alto de las Flores. Pasaron de atender a unas 10 o 12 familias a convertirse en una red fundamental para el barrio. En esa reconstrucción colaboraron desde la gente del gimnasio Grima hasta el municipio durante el mandato de Juan Pablo Luque, que aportó para completar la estructura. El piso del espacio es un mosaico involuntario y hermoso de la solidaridad urbana: piezas de cerámica de distintos colores, texturas y tamaños. “Vos verás que hay uno de cada color, porque pedí donación; el que pudiera traer lo que sea para mejorar, lo traía. Así pusimos el piso”. Cada baldosa desigual cuenta la historia de un gesto comunitario.

La geografía de las ollas encendidas

Cada jornada en El Alto de las Flores empieza temprano, cuando la bruma del cerro todavía no termina de disiparse. Ahí es donde se agiganta la figura de Susana, Vero y Natalia comienzan a picar cebollas y cortar papas y zanahoras. “Nosotras venimos temprano. Las chicas llegan, tomamos unos mates primero para organizarnos y a las ocho y media ya estamos todas acá. Yo les aviso desde mi casa, que está del otro lado: ‘Chicas, ya estoy’, y ellas empiezan a llegar”.

A partir de ahí, la rutina no da tregua. “Es todo el día. Hoy, por ejemplo, fuimos a buscar una donación a Rada Tilly en la camioneta de un vecino del barrio San Martín. Casi no contamos el cuento porque se le rompió la camioneta en el camino, pero gracias a Dios estamos bien. Ahora se termina de cocinar, se limpia, se ordena, se selecciona la ropa que llega y seguimos”. El esquema semanal combina tres días de almuerzo (lunes, miércoles y viernes) y dos de merienda (martes y jueves).

La escala de la ayuda es abrumadora. Las dos ollas gigantes del comedor resultan insuficientes y la preparación termina invadiendo la propia cocina de la casa de Laura para poder alimentar a las 52 familias registradas. “Y aclaro que son familias, no personas individuales. Hay mamás con 2, 3, 5 o hasta 7 chicos. Y la gente viene de todos lados: de Las Flores, La Floresta, El Newbery, La Pietrobelli, la Básolo, Ceferino... porque hay comedores que han cerrado”. Incluso hay vecinos solidarios que retiran viandas para ancianos o enfermos que no pueden trepar la pendiente.

Para sostener semejante estructura, la ayuda se teje hilada a hilada: “El municipio nos colabora con la carne para la semana, y después nos ayudan la Fundación Golfo, Gamar, DILAC, Musotto y vecinos de todos lados de Comodoro que nos llaman para ofrecer ropa o alimentos. De algún lado siempre buscamos”.

Para Laura, todo ese trajín no representa una carga, sino su sustento espiritual: “Es un cable a tierra para mí. Le doy gracias a Dios que hoy tengo un techo, un grupo de gente que colabora conmigo de diez y que puedo darle una mano a otro”.

La dignidad frente al barro y el olvido

En la cima del cerro, sin embargo, la dignidad tiene que pelearle metro a metro a la postergación institucional. El barro de las lluvias y la falta de infraestructura convierten la trepada en un desafío cotidiano y peligroso.

El reclamo recurrente de Laura no pide lujos, sino una respuesta básica para la vida humana: “Si pudiera pedir algo, pediría que nos arreglen el camino, que nos tiren ripio para poder llegar hasta acá. Hace unos días mi hijo, que es diabético tipo 1, se descompensó; se le bajó el azúcar a 20 y quedó duro. Como no se podía entrar por el barro, los vecinos lo tuvieron que bajar a hombros por todas las escaleras para llevarlo a la guardia. Un vecino de la camioneta roja nos ayudó a llevarlo al hospital porque yo no podía bajar. Si hubiese habido ripio, bajábamos bien. Pedimos que se acuerden de que acá arriba también le damos una mano a la gente”.

Frente a las miradas despectivas que a veces los catalogan desde abajo, Laura responde con la contundencia del trabajo diario: “A veces dicen cosas... Nos tienen catalogados como ‘los negros del cerro’. Desgraciadamente en muchos lugares nos ven así, pero somos seres humanos también”.

A pesar del olvido, en lo más alto del cerro, donde la ciudad parece terminar, la respuesta de esta mujer santafesina y sus colaboradoras se traduce cada día en comida caliente, ropa limpia, contención y una humanidad profunda que no se rinde ante la ladera.