El Voluntariado del Hospital Regional: donde el tiempo se dona y el dolor se acompaña
El 4 de abril de 1988, en el Hospital Regional de Comodoro Rivadavia se fundó el Voluntariado. Un grupo de mujeres que trabajan ad honorem y que solo buscan el bienestar de los pacientes internados en el nosocomio comenzó a recorrer los pasillos del edificio, intentando ayudar desde lo emocional a todos aquellos que por motivos de salud tienen que permanecer en el emblemático centro de salud comodorense.

Para llegar al espacio físico del Voluntariado del Hospital Regional hay que subir caminando cuatro pisos. Los ascensores no llegan hasta ellas, pero el amor y el cariño de ellas se desparrama por todo el nosocomio local.
Patricia Garbuglia y Noemí Martin recibieron a Crónica en una jornada gris y donde la nieve y el frío envuelven a Comodoro Rivadavia, pero en ese lugar del hospital el clima es otro. Allí, entre estanterías colmadas y el murmullo de manos que no se quedan quietas, habita el Voluntariado.
Patricia deja de seleccionar ropa y nos recibe con la calidez de quien ha aprendido que los pasillos de un hospital albergan dolores, pero también una inmensa humanidad. Para ella, y su compañera Noemí, la cuenta es clara y la resume en una frase que late en cada rincón del lugar: "No es el tiempo que das, sino lo que recibís... una sonrisa, un abrazo, a veces el acompañar en silencio es un montón para la gente que está en el Hospital con un familiar internado".
Manos que clasifican, corazones que contienen
Los viernes son días distintos en el voluntariado, es el día sagrado de la logística y el abastecimiento. Aunque el crudo invierno patagónico mermó la asistencia del grupo, Patricia y sus compañeras multiplican sus esfuerzos. En total y en la actualidad suman 21 mujeres las que dan de su tiempo al voluntariado.
Su tarea inmediata es minuciosa: clasificar lo que llega y fraccionar los recursos para optimizarlos al máximo. Cortan jabones, trasvasan shampoo a frascos pequeños y dividen el papel higiénico. Cuidar el recurso es cuidar al paciente. Todo lo recibido —ropa, pañales, saleas y elementos de higiene— se destina tanto a los enfermeros de cada piso como directamente a quienes transitan la internación.
Una huella que lleva 38 años
El voluntariado no es una respuesta improvisada; es un legado consolidado. Nacido formalmente en abril de 1988, cobró vida gracias a la visión y el empuje de Any Grané, una figura sumamente reconocida y admirada en la localidad.
Aunque Any ya no está físicamente, Patricia habla de ella en un presente continuo: “Su impronta está, su energía está con nosotras y tenemos la responsabilidad de seguir sus pasos y de las voluntarias que estuvieron junto con ella a lo largo de estos 38 años de vida”, explica Patricia.
Ella descubrió su vocación de servicio en otra localidad. Al mudarse a Comodoro, supo del trabajo de Annie, la llamó y se sumó sin dudarlo. El motor que la mueve es tan simple como escaso en los tiempos que corren: dar tiempo. Un tiempo cargado de amor y de escucha para aquel que se encuentra solo o la está pasando mal.
El valor de lo invisible
En un lugar atravesado por realidades difíciles, los recuerdos se vuelven tesoros. Patricia evoca con nitidez la historia de una familia en pleno confinamiento de mayo de 2020, una huella imborrable de la pandemia.
Sin embargo, a veces el impacto se mide en detalles mínimos. Hace poco, la hija de una anciana internada les confesó que aún conservaba un jabón y una toallita que las voluntarias le habían regalado a su padre para una Navidad pasada. El hombre ya había fallecido, pero el objeto permanecía intacto como un amuleto de empatía.
"No le cambiamos la vida a nadie, pero el hecho de que la estadía en el hospital sea un poquito más amena, ya para nosotros está", reflexiona Patricia con una humildad que conmueve.
Cómo colaborar: La cadena de la solidaridad
Tras una histórica colecta impulsada por CDM Producciones durante el recital de Los Fundamentalistas del Aire Acondicionado, el voluntariado cuenta con stock, pero las necesidades en un hospital público son de nunca acabar y el desgaste es diario.
Para quienes deseen colaborar, Patricia detalla las necesidades más urgentes y la forma de optimizar la ayuda.
Para higiene personal es necesario shampoo, acondicionador, jabón, jabón blanco, máquinas de afeitar. Se solicitan en envases grandes para poder fraccionarlos.
También es necesario toallas y toallones (se entregan directamente a los internados), y también sábanas que se derivan al lavadero del hospital, donde el personal trabaja permanentemente y el desgaste por el lavado continuo es severo.
Se las pueden encontrar todos los viernes en el cuarto piso del Hospital Regional. El resto de los días, las voluntarias caminan los pasillos asistiendo a las familias. O también en redes sociales se las puede contactar a través de Instagram y Facebook bajo el usuario Voluntariado Hospital Regional CR para coordinar las entregas.
El encuentro con las voluntarias no finaliza cuando el video se termina. Tanto Patricia como Noemí refuerzan el sentido de su labor cotidiana: aliviar al paciente, sostener al familiar y, de paso, ablandar las jornadas del personal de salud. En el cuarto piso del Hospital Regional, la solidaridad no es un concepto abstracto; es un engranaje cotidiano que se sostiene con ropa limpia, frascos de shampoo y la calidez de una oreja dispuesta a escuchar.