El celular como "órgano": psicólogos advierten sobre los riesgos del consumo compulsivo tras la tragedia en Santa Fe

Los licenciados Sebastián Núñez y Lucía Rodríguez analizaron cómo las redes sociales y la desconexión vincular operan sobre la subjetividad de niños y adolescentes.
martes 31 de marzo de 2026

La comunidad educativa del país se encuentra conmocionada tras el cruento episodio ocurrido en una escuela de Santa Fe, donde un adolescente ingresó armado, terminó con la vida de un compañero e hirió a ocho más. Más allá de la instancia judicial, el hecho ha reabierto un debate urgente sobre la salud mental juvenil y el rol de las pantallas en la construcción de la identidad.

En este contexto, Crónica dialogó con el licenciado en psicología Sebastián Núñez, profesor titular de la cátedra de Salud en la carrera de Medicina, y la psicóloga Lucía Rodríguez (UNLP). Ellos aportaron una mirada profunda sobre cómo el avance tecnológico está modificando la psiquis y la conducta social en las etapas de mayor vulnerabilidad.

El fin de la experiencia compartida

Para Núñez, lo ocurrido no puede desligarse de un cambio de paradigma: la atomización del consumo. "Hasta hace algunas décadas, las pantallas se usaban de una manera compartida; hoy son individuales", destacó. Esta transición del "cine con amigos" al consumo solitario de "pedacitos de TikTok" marca una ruptura en la forma de vincularse con el otro.

El especialista advierte que el dispositivo ha dejado de ser una herramienta para transformarse en una extensión del propio cuerpo, casi un "órgano" más. Esta omnipresencia opera una transformación en el pensamiento similar a la que, en su momento, provocó la invención de la escritura.

Microdosis de violencia y dopamina

Uno de los puntos más críticos del análisis de Núñez es el impacto biológico de las plataformas digitales, diseñadas para captar la atención mediante el sistema de recompensa de dopamina.

"Las redes captan la atención a través de expresiones de odio, violencia o indignación; eso es lo que más atrapa", advirtió el profesional.

El problema central radica en que los adolescentes carecen de la autorregulación necesaria para administrar estos estímulos. Sin límites claros, este sistema de "microdosis de placer" modifica cómo se construye la subjetividad, pudiendo potenciar cuadros de aislamiento o desensibilización ante la violencia.

La tecnología como "suplencia" de los problemas

Núñez trazó un paralelismo directo entre el uso compulsivo del celular y las adicciones a sustancias. En la práctica clínica, se observa que el dispositivo funciona como un mecanismo para evitar el malestar cotidiano.

"Nada ayuda a 'fingir demencia' mejor que esto. Al igual que el alcohol o las drogas, las pantallas alivianan el peso de pensar, pero el problema sigue ahí después de pasar ocho horas conectado", sentenció el licenciado, sugiriendo que esta desconexión de la realidad puede ser un caldo de cultivo para conductas extremas.

Responsabilidad parental y acompañamiento

Frente a tragedias que exponen la fragilidad del tejido social, el especialista brindó pautas de acción para los adultos y asegura que hasta los 2 años debe haber prohibición total de pantallas, y en la infancia el acceso debe ser muy progresivo y con tiempos limitados (máximo una hora).

En cambio, en la adolescencia debe existir un diálogo constante y acuerdos familiares. No solo controlar el tiempo, sino el contenido, para prevenir riesgos como el grooming o la exposición a discursos de odio.

"No es que el niño sea un genio por saber usar un celular al año; es que los ingenieros son genios diseñando interfaces intuitivas", aclaró Núñez, instando a los padres a recuperar su rol de mediadores frente a una herramienta que, sin regulación, se convierte en un riesgo latente para la salud mental y la convivencia social.

Por su parte, la licenciada en Psicología Lucía Rodríguez analizó con Crónica el impacto de la hiperconectividad en los procesos de subjetivación de niños y adolescentes. Entre la presión social por "pertenecer" y la dificultad de las familias para sostener el control, el juego tradicional pierde terreno frente a las pantallas.

En un mundo donde la conectividad no es una opción sino un imperativo de la época, la salud mental de las infancias se encuentra en una encrucijada. Según explicó la licencidad Lucía Rodríguez (UNLP), el fenómeno de plataformas como Meta va mucho más allá de una simple distracción: se trata de un sistema diseñado para moldear la atención de los usuarios desde sus primeros años.

La construcción de la subjetividad en red

Para Rodríguez, el impacto en las niñeces es profundo porque se produce en pleno desarrollo de su psique. "Las plataformas aprenden de nuestro comportamiento: qué nos gusta, con quién interactuamos y a qué hora nos conectamos", señala. Este contenido no es inocuo; es el material con el que los niños hoy construyen su identidad.

La especialista destaca que lo "epocal" juega un rol fundamental. Vivimos en una era de teletrabajo e instituciones educativas digitalizadas donde la desconexión se percibe como una falta. "Para un adolescente o un niño, salir de las redes implica un costo social real: es desaparecer del lugar donde hoy pasan todas las interacciones", advierte.

Del juego simbólico al "scroll" infinito

Uno de los puntos más preocupantes que la licenciada observa en la práctica clínica es la erosión de la capacidad de juego. El juego, caracterizado por lo fantasioso, lo ruidoso y lo disparatado, es la herramienta vital de la infancia. Sin embargo, la pantalla está reemplazando estas escenas lúdicas.

"En el consultorio se ve que no logran sostener la atención en los juegos; todo desaparece rápidamente. Algunos, directamente, no logran entrar en la escena lúdica", explica la profesional.

La respuesta de los niños ante la pregunta de con quién se juntan suele ser reveladora: "Me junto por Roblox o Fortnite". La presencialidad ha dejado de ser una necesidad para ellos, transformando un mercado voluntario de entretenimiento en una obligación social.

El desborde de las familias

Frente al dilema de "celular sí o celular no", Rodríguez evita las respuestas simplistas. Si bien reconoce el lado negativo de usar la pantalla como un "calmante" o una solución rápida para que el niño se distraiga, también pone el foco en la coyuntura social de las familias.

Sobre el control parental afirma que "es fácil decir 'mamá, tené control de lo que hace tu hijo', pero hoy muchas familias están desbordadas por otras necesidades prioritarias", reflexiona la psicóloga.

Rodríguez cita el ejemplo de una madre soltera, único sostén del hogar, que aunque intenta controlar el uso de la tecnología, se ve superada por la realidad económica y laboral.

Una reflexión necesaria

La conclusión de la especialista invita a repensar qué valores estamos imponiendo en esta era hiperconectada. Si bien el dispositivo es parte de la "fisiología" social actual, el desafío radica en no perder de vista las características esenciales de la infancia: el derecho al juego, a lo sucio, a lo disparatado y, fundamentalmente, a un desarrollo que no esté dictado exclusivamente por un algoritmo.