Corral de Piedra, donde nace el agua

Por Alejandro Aguado / Texto y dibujo
lunes 22 de enero de 2024
Corral de Piedra, donde nace el agua
Corral de Piedra, donde nace el agua

Se llamaba Corral de Piedra al nacimiento de un cañadón en la ladera oeste de la sierra de San Bernardo. Era como un hueco ovalado, con paredes de roca volcánica. Tenía cinco metros de profundidad y cincuenta de largo.

Se situaba a once kilómetros en línea recta de la ruta nacional 40 y a veinte transitando por una huella. Para llegar había que descender a un bajo con una laguna que aparentaba ser un pequeño lago. Desde la ruta no se la veía. El entorno era de greda y desértico. A los lados, a mayor altura, se desplegaban extensos mallines, húmedos y pastosos. Albergaban un casco de estancia y viviendas de una comunidad indígena. A continuación, la huella ascendía viboreando por el faldeo. En el trayecto contorneamos pequeños bajos con lagunas de aguas barrosas. Los transitaban tropillas de centenares de guanacos.

Nos detuvimos junto a la naciente del cañadón. Éramos siete. Dos nos acercamos a pie hasta el filo. Se escuchaba ruido de agua. Debajo, pastaba una manada de guanacos en un pastizal cruzado por un arroyito que se fragmentaba en varios cauces. No se percataron de nuestra presencia. Detrás venían los demás. Hugo Covaro comenzó a contar alguna anécdota en voz alta al grupo. Le indicamos con gestos que hablara más bajo, pero no nos entendió. Cuando volvimos la mirada, los guanacos huían al galope.

Descendimos cuatro. Hacia la naciente del cañadón, el pastizal se transformaba una especie de turba, esponjosa. Tres manantiales manaban al pie de una pared de roca. Era tal el volumen de agua que formaban un arroyo angosto, profundo y caudaloso. A los lados se desplegaban paredones de piedra volcánica. A sus pies crecían grandes arbustos espinosos. Ni bien nos apartamos de las vertientes, el suelo se volvió arenoso. En un sector en que el cañadón se angostaba lo habían cerrado con un cerco de piedras. Se encontraba semi derruido. Ingresamos en lo que fue el corral natural que utilizaban para encerrar ganado. Dentro el calor resultaba sofocante, como si camináramos por una caldera. En temporadas de deshielo, un arroyuelo temporal se descargaba en su interior. Se descolgaba por una pared que se transformaba en una cascada. Al retornar, el agua helada del arroyo nos alivió la sed. Fue un lujo beber sin temer que estuviera contaminada por la actividad humana.

Regresamos a los vehículos y continuamos por una huella que se estaba borrando por falta de uso. Descendimos hasta la vivienda abandonada de Cañupe. Se situaba algunos centenares de metros cañadón abajo, donde se ensanchaba formando un vallecito circundado por tres cerros. Luego se encajonaba entre altas paredes a pique. Al fondo, se veía que el faldeo se desgranaba en una sucesión de terrazas. Culminaba al alcanzar el bajo.

Hileras de álamos longevos delimitaban lo que fueron pequeñas chacras y huertas. Un manzano y un peral lucían frutos sin madurar. Entre las arboledas el intenso calor parecía calcinar el suelo. Emanaba un fuerte, pero agradable aroma a matas secas. Un portoncito de madera, fijado a los troncos de dos álamos, funcionaba bien. Su presencia no tenía sentido porque no existía cerco alguno. Costaba distinguir el perímetro de un corral de piedra debido a la altura de los yuyos. A un lado, una carreta aún en pie comenzaba a mostrar el deterioro de años de intemperie. Dos construcciones de adobe se habían derrumbado. La principal, de tres habitaciones, se mantenía en buen estado. Conservaba puertas, ventanas y vidrios. Resultaba notable porque llevaba 40 años abandonada. En el interior, como momificados, perduraban un banco de madera, aperos, un adorno de pared para guardar fósforos, cortinas y una lámina que ilustró un almanaque. Tenía impreso el número de teléfono “23”, de la localidad de Sarmiento. Evidenciaba su antigüedad. En invierno la vivienda resultaría muy fría porque el techo era de chapa, sin ningún aislante. Perdería todo el calor. Dispuesta a 600 metros de altura sobre el nivel del mar, solía cubrirse de nieve. Broglia, nuestro anfitrión y dueño de una estancia contigua, nos narró acerca de una vecina que se perdió recolectando leña y murió congelada durante una nevada. Recorrimos el interior sin alterar nada. La gracia estaba en que mantuviera tal como la encontramos, por muchos años más.

Mientras unos tomaban mate o comían a la sombra de los árboles, otros buscaban puntas de flechas o botellas antiguas. Los más afortunados encontraron varias puntas delante de la casa.

Algo alejado de las viviendas, al pie de un cerro, se situaba un cementerio. Nos acercamos con Lili Bohme. La mayoría prefirió mantener distancia. Se destacaba un panteón erigido ochenta años atrás con ladrillos de adobe. Pese a que se le había volado la mitad del techo de chapa, se conservaba en buen estado. Protegía dos tumbas con flores de plástico. En una cruz de metal se leía: “José María Catrihuala. Falleció el 12-10 -1948. A los 21 años de edad”. El cerco perimetral del cementerio estaba caído. Se podían distinguir diez tumbas y en el suelo algunas cruces de madera, medio podridas. Eran todos indígenas, pese a ser un cementerio cristianizado. ¿Los habrán sepultado siguiendo rituales ancestrales, o los impuestos por la sociedad occidental y cristiana?

De regreso, pasé de largo la arboleda. En el centro del vallecito el arroyo se ensanchaba inundando el pastizal. No se podía cruzar sin tener que meterse en el agua. Faldeo abajo, regaba un valle circular en el que se situaba el casco y las extensas arboledas de la estancia de Broglia. Luego descendía hasta una pequeña laguna que parecía una pileta de natación. Finalmente, tras un recorrido de siete kilómetros, desaguaba en la gran laguna del bajo desértico. Al observar la ladera de la sierra con su suelo árido y vegetación de estepa, costaba hacerse a la idea que en su interior almacenaba tanta agua.

Corral de Piedra era mucho más de lo que indicaba su nombre. En esos lugares parecía que el tiempo no transcurría, que permanecía suspendido. Desde hacía décadas que el campo se estaba despoblando. Las historias de los que fueron sus habitantes se acallaron y nadie las rememoraba. Entre tanto, la naturaleza permanecía igual desde hacía miles de años. El ruidoso arroyito regaba esa soledad que se volvía a poblar de fauna original. Seguirá así, si es que el humano no los interviene.