Un viaje por la apartada ruta de las tranqueras (Las Mulas-Aldea Apeleg)

Por Alejandro Aguado / Texto y dibujo
lunes 11 de diciembre de 2023
Un viaje por la apartada ruta de las tranqueras (Las Mulas-Aldea Apeleg)
Un viaje por la apartada ruta de las tranqueras (Las Mulas-Aldea Apeleg)

Río Pico se sitúa en el centro oeste de Chubut, inmediato al límite con Chile. Obtuvo renombre en la historia regional por ser el lugar donde en 1911 la policía Fronteriza enfrentó y mató a los pistoleros norteamericanos Evans y Wilson. Ambos integraban la banda de Butch Cassidy y Sundance Kid. Habían adoptado la zona como guarida, desde donde se movilizaban para delinquir por Patagonia.

Se trata de una región cordillerana apartada de las rutas principales. Cuenta con cinco lagos pequeños y uno grande (Vinter), dispuestos entre bosques. Conserva mucho de su encanto agreste y las formas de vida nacidas de los colonos y los paisanos. A 16 kilómetros del pueblo se sitúa el paraje Las Mulas. Tuvo cierta importancia cuando la población se movilizaba en carretas o a caballo. Hoy es un atractivo caserío con edificaciones antiguas, dispuesto al costado de la ruta principal. Inmediato nace un camino trazado hace pocas décadas. Conduce hacia el sur, al paso fronterizo Río Frías y Aldea Apeleg. A su paso roza la frontera con Chile.

En el año 2015 en la localidad de Gobernador Costa nos recomendaron no tomar ese camino. “Está intransitable”, “Es un desastre, pura piedra”, “Le pasaron la máquina y dejaron todas las piedras al aire”, “Los arroyos están muy crecidos, no se pueden cruzar”, etc. Como queríamos conocer esa zona, desoímos las advertencias. El itinerario se desarrolló del siguiente modo. En Las Mulas un pequeño cartel anticipaba lo que nos esperaba: “cierre la tranquera”. Encaramos una trepada áspera con una vista privilegiada hacia prados, el pueblo Río Pico y las montañas de la cordillera de los Andes (a unos 50 kilómetros). En tierras altas nos adentramos en paisajes boscosos. En ese tramo debimos abrir y cerrar dos o tres tranqueras. Atravesamos un arroyo profundo y caudaloso. A continuación, en algunos tramos el camino se presentaba inundado (con una laguna en una tranquera). Debimos desviarnos a campo traviesa. Luego bordeaba y cruzaba un alambrado en zigzag. Nos obligó a abrir y cerrar varias tranqueras. Desde Las Mulas circulamos a paso de hombre. La calzada era angosta y pedregosa. Árboles solitarios, alejados entre sí, salpicaban un paisaje de estepa. Cruzamos otra tranquera. Nos acompañaban por la derecha suaves elevaciones en forma de islas que albergaban bosques. A la izquierda se desplegaban serranías. Pasamos otras tres tranqueras en un paisaje despojado. Atravesamos otros dos arroyos. En uno alcancé a esquivar el pozón que produjo un vehículo al encajarse. Pasamos una tranquera. Circulamos en un terreno abierto. A los lados se desplegaban bosques teñidos de color rojizo. Cruzamos otra tranquera.

Tomamos un desvío de unos 10 kilómetros hacia el lago Azul. Cruzamos otra tranquera. Descendí varias veces del vehículo para ayudar a Uranga a abrirlas y cerrarlas. Todas tenían un mecanismo de cierre diferente. En un puesto de material junto a un bosque nos recibió el empleado del campo. Nos invitó a tomar mate. En invierno no residía nadie en la zona. Quedaba tapada de nieve. Cruzamos otra tranquera. El lago medía 2 kilómetros de largo, situado en un entorno boscoso. Detrás de las lomas que lo delimitaban por el sur, era Chile. Lo frecuentaban los habitantes de Gobernador Costa y José de San Martín, pese a su relativa lejanía (unos 70 kilómetros). En torno a la costa abundaban lugares para acampar. Regresamos a la ruta.

Cruzamos más tranqueras y un arroyo. La composición del suelo se tornó de arenisca. Nos permitió transitar a mayor velocidad (40 – 60 km/h) en un paisaje abierto, ondulado en lomadas y de cañadones de suave declive. Predominaba el color pardo amarillento. El pasto invadía el camino debido al escaso tránsito. En un bajo pasamos junto a las instalaciones de un puesto abandonado de gendarmería. Las ventanas y puertas estaban tapiadas, en perfectas condiciones. Varias rocas erráticas, de gran tamaño, se desperdigaban en el paisaje de estepa. Era el legado de la fuerza de arrastre de glaciares hoy extintos. Abundaban ovejas y aguiluchos. Cruzamos otras tres tranqueras. Paisanos que trabajan con ganado en un corral, se sorprendieron de ver viajeros. En el trayecto no vimos ningún vehículo. De haber tenido un inconveniente hubiésemos quedados librados a la suerte. Los gendarmes del destacamento de Paso Frías también se sorprendieron del arribo de viajeros provenientes de esa ruta. Superamos otra tranquera. Llovía con un arco iris dibujándose en el cielo. Nos adentrando en un valle. Dejamos atrás la última tranquera. El valle se encajonó entre montañas de gran altura y crestas aserradas. El paisaje resultaba muy vistoso. El arroyo Apeleg estaba seco. Cinco años antes no existía un puente y se lo cruzaba atravesando su cauce con cierta dificultad. Era imposible hacerlo en temporada de deshielo. Nos atrajo una formación rocosa que parecía un barco encallado en la cima de un cerro. Se lo veía cuarteado. Lo ascendimos. Era un afloramiento de unos cien metros de largo que se fragmentó en bloques. Uno, de grandes dimensiones, se recostó sobre otro formando un túnel. Se podía atravesar caminando. Tras cuatro horas de travesía, arribamos a la pequeña y pintoresca Aldea Apeleg. En los alrededores se había desarrollado en 1883 el penúltimo de la Conquista del Desierto. Era un sito con historia.

Las Mulas-Río Frías-Aldea Apeleg era una ruta al estilo de las antiguas. Era de tierra, angosta y pedregosa. Obliga a circular a baja velocidad. Se debían sortear numerosos obstáculos que llevaban a detenerse una y otra vez. Era poco transitada y en invierno quedaba tapada de nieve. Se tendía por las sinuosidades de la geografía e iba uniendo parajes apartados. Aunque demandaba cierto esfuerzo físico y paciencia, resultaba gratificante por la belleza de la combinación de paisajes diversos y agrestes. Recorrerla era como viajar al pasado, un insertarse en la naturaleza intacta y poco poblada de antes. Era una ruta que posibilita vivir la experiencia de la aventura, tal como en las de la primera mitad del siglo XX. En estos tiempos apresurados resultaba bueno que aún existieran caminos de andar lento, en el que el paisaje lo era todo.