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Historias de Comodoro

Picota, el último bandolero

Picota y su banda, eran muchachos y chicas de La Paloma y del Pietrobelli, siempre andaban 10, 12, 30, todos a caballo, tenían una cueva cerca del club Tiro Federal, y otra más arriba, en el Chenque”, recordará un policía jubilado 40 años después.
lunes 16 de mayo de 2022
Picota, el último bandolero

Al galope bajan por la calle Alem. La carrera comienza en el cerro y termina en las puertas del matadero, son 10, 15, más o menos... según la cantidad de caballos robados la noche anterior. ¡Chicos traviesos!, dicen algunos vecinos. ¡Delincuentes!, dicen otros. Picota es el líder.

Doña Ana Marimán no sabe qué hacer con el menor de sus hijos, tan chico y tan porfiado. Alberto del Carmen Cárcamo –Picota- nació en Coyhaique, Chile, el 5 de febrero de 1946 (1).

A los ocho años ya hace travesuras en el barrio Pietrobelli, vive en Viamonte 150, escribe las palabras y números aprendidos hasta 2° grado; a los 10 años ‘cae’ por primera vez a la comisaría. No teme a nadie ni a nada. A los quince años es el líder indiscutido de una banda integrada por unos veinte chicos y chicas entre 12 y 16 años.

Ostenta su bravura desde la cruz de un caballo negro, desde la cicatriz que le cruza la mejilla izquierda, desde la capacidad para organizar la banda y planificar los asaltos a bazares, tiendas y almacenes. Jamás usará un arma de fuego.

Entre 1961 y 62 es el terror de los que más tienen, “nos tenía cansados, cuando había cualquier robo, hurto, ¿quién era?... Picota y su banda, eran muchachos y chicas de La Paloma y del Pietrobelli, siempre andaban 10, 12, 30, todos a caballo, tenían una cueva cerca del club Tiro Federal, y otra más arriba, en el Chenque”, recordará un policía jubilado 40 años después.

Picota está secundado por el “Bizco”, “Ronco” “Polvito” y “Araña”, las chicas no roban, esperan en la cueva y son las encargadas de distribuir entre algunas familias los productos, “en casa, muchas veces, lo único que teníamos para comer era lo que nos mandaba Picota”, recuerda casi cuarenta años después una vecina el barrio San Martín.

En 1965 comete la mayor de sus fechorías: roba arcos, flechas y rifles históricos del Museo Regional que funciona en el sub suelo del colegio Perito Moreno. La policía lo detiene una y otra vez, le pega y eso lo endurece cada vez más, adquiere una habilidad increíble para escaparse, lo mismo que el Bizco, “éste tenía 16, 17 años cuando el oficial Arrubarrena lo lleva a un reformatorio de Córdoba, antes que regrese, el muchacho ya está en Comodoro Rivadavia y con un robo encima” (2).

 

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Picota y la banda ya conocen al padre Corti que junta canillitas y chicos de la calle para darles clase y una merienda, “el Bizco era un chico muy travieso, un día le tiró un cortaplumas a la maestra, le hicieron cuatro puntos en la pierna... yo no sabía si echarlo o tenerlo” (3).

 El cura se sorprende mientras barre la galería del colegio, “se presenta un muchacho barbudo, flaco, me dice ‘yo maté una persona y hace siete días que estoy escondido con Picota, pero no doy más’, se bañó... le preparé desayuno y me pidió que lo lleve a la comisaría y... ‘digalé que no me peguen’, hablé con el comisario Miranda, y le expliqué... eso fue más o menos en el 63” (4).

Dibujo: Cristian "Titi" Mendoza.

Un bravo adolescente

Picota es delgado, moreno, de mediana estatura, cuerpo de adolescente mal nutrido. Un domingo de 1962 se enfrenta con el cura “vino Picota con cinco chicos, los míos gritaban Picota, Picota y salieron corriendo, yo fui y lo enfrenté, ¿qué querés?, le dije, y con un aire de mucha soberbia me preguntó:

- Vos ¿quién sos?

- Soy el Padre Corti.

- Y eso ¿qué significa?

- Estoy dando educación y cultura a estos chicos que son de la calle.

- Usted desde el domingo que viene no puede venir más acá.

- ¿Por qué?

- Lo mando yo.

- Y vos ¿quién sos?

- Picota", el cura reproduce el diálogo mucho tiempo después, cuando revive el momento.

El adolescente pandillero le hace frente, “me quiso pegar y yo, como ex boxeador, le agarré la mano... se la torcí, y le di una trompada en el hígado. Yo pegaba en la sien y en el hígado que son los dos puntos más delicados del cuerpo humano. Picota cayó al suelo, los otros se fueron. No le tuve miedo, se levantó y me miró con cara de malo, y me dijo:

- Esta me la vas a pagar.

- La próxima que me hacés esto yo te rompo la cara y mirá que yo no juego”.

El cura y Picota marcan los límites.

Picota, el último

Justo cuando las andanzas de Butch Cassidy empiezan a caminar la cornisa entre el olvido y la leyenda y cuando los bandoleros rurales se retiran por la persecución sistemática de policías y ganaderos, Picota, montado en su caballo negro, trepa por última vez la ladera del Chenque. Corre el año 1968.

Jamás, en Comodoro Rivadavia hubo alguien más como Picota, “fue el jefe de la banda más brava de Comodoro Rivadavia, hubo personas más peligrosas, pero aisladas, no hubo nadie como Picota” (5).

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La policía de la ciudad ya no sabe qué hacer, ya no lo quiere tener y lo manda a la comisaría de Km 3 donde hay una mujer policía, “se escapaba de cualquier modo, yo era amiga de Picota, compartíamos el gusto por los caballos, le decía si a vos te gustan tanto los caballos ¿por qué no te vas a trabajar en el campo?”(6).

La última vez que llega a la comisaría, Derwena le dice que se quede tranquilo, que ella pedirá para que lo manden a la cocina, “no señora, yo la quiero mucho y no quiero que tenga problemas por mi culpa, yo me voy a escapar”, pero no pudo.

Estaba decidida su deportación, dos agentes son los encargados de llevarlo a la frontera donde ya lo están esperando, “apenas llegaron se lo entregan a los carabineros y ahí nomás lo bajaron, lo mataron. ¡Pobre Picota!” (7).

 

Extraído del libro "Crónicas del Centenario" editado por Diario Crónica en febrero de 2001.

REFERENCIAS
(1) Prontuario N° 2330. Archivo de la Unidad Regional. Comodoro Rivadavia.
(2) Padre Juan Corti. Entrevista realizada por Crónica en octubre de 2000.
(3) Idem.
(4) Idem.
(5) Juan Corti.
(6) Derwena de Roberts. Entrevista realizada por Crónica en agosto de 2000.
(7) Idem. “Hubo otro, un cloaquero, iba a velorios, y después sacaba los cajones y robaba todo lo que tenían los muertos, no lo podía agarrar, ningún vigilante quería hacer la guardia porque daba escalofrío escuchar ruidos en la oscuridad, a ese le hicieron lo mismo, lo agarraron y como era chileno lo llevaron a la frontera, le pasó lo mismo que a Picota”. Hay otros testimonios sobre el final de Alberto Cárcamo, Picota, que no coinciden con éste, pero no se pudieron corroborar.
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