El casco de estancia de Héctor Martínez: Un hogar, punto de encuentro y refugio que se pierde
Existen lugares que resultan especiales, que atraen, que convocan. Algunas características que los destacan los hacen atractivos: el lugar en el que se sitúan, los paisajes a los que se accede desde allí, sus peculiaridades históricas, los servicios o refugio a los que se accede, o la hospitalidad de sus habitantes. En décadas pasadas, en el ámbito rural existían muchos situados en lugares estratégicos. Casi en su totalidad eran comercios que brindaban diversos servicios para viajeros y vecinos.
La vivienda de Héctor Martinez no es un boliche, sino el casco de una estancia. Como se sitúa en la boca del nacimiento del cañadón por el que corría el extinto río Chico del sur de Chubut, contiguo a una antigua ruta vecinal, sumado a la hospitalidad de su propietario, se transformó en parada obligada y punto de confluencia en el que se es muy bien recibido. Desde el tiempo de sus padres, desde los años 40 a la actualidad, por allí transitaron viajeros, vecinos, periodistas, arqueólogos, geólogos, antropólogos y paseantes. Muchos nos volvimos asiduos visitantes y siempre supimos que podíamos contar con su hospitalidad. Sabíamos que allí encontraríamos refugio tras exponernos horas en el entorno desértico y su clima hostil cuando sopla viento.
Desde que conocí a Héctor Martínez a mediados de 2006, el contexto de sequía, desertificación y el avance de dunas en torno a su residencia, se fue acrecentando y acentuando hasta alcanzar niveles alarmantes. En el año 2006 eran visibles y notorios antiguos arenales que asediaron el casco durante sequías de décadas pasadas, pero estaban fijos y asentados. Cuando en el año 2016 el lago Colhue Huapi se secó en su totalidad, el viento desplegó dunas en los alrededores de proporciones hasta entonces nunca vistas. Lo que ocasionalmente era una laguna, corrales, alambrados y parte del trazado de la antigua ruta, quedaron sepultados. La gran inundación del sureste de Chubut del año 2017 aquietó el terreno, al revivir al río durante varios meses y a gran parte del lago durante casi dos años. La inesperada resurrección del río estuvo a pocos metros de inundar su vivienda.
Peculiar paradoja, la constante amenaza del desierto, fue momentáneamente reemplazada por el agua.

Desde el año 2020 su lucha fue imparable contra las dunas que se fueron acumulando incesantemente contra su vivienda y otras dependencias. Luego de las recurrentes tormentas de viento, debía salir por una ventana para despejar a pala lo acumulado que se recostaba sobre la puerta de entrada, y calzar la arena con chapas formando un pasillo. El oportuno aporte con máquinas topadoras en varias ocasiones lo salvaron del desastre definitivo. La tierra volada, a veces de un espesor fino como talco, se cuela por espacios minúsculos, insospechados. Se fue acumulando sin ser notada y cuando el peso resultó excesivo, en 2021 le derrumbó el cielo raso de la cocina. Entre noviembre de 2021 y principios de enero de 2022, el desierto finalmente le ganó la pulseada. Sucesivas tormentas de viento extendieron el abrazo de una duna de unos siete metros de altura, que se asentó sobre el techo provocando su derrumbe por el peso acumulado. Héctor perdió gran parte de lo que estaba dentro y, lo que es peor, su hogar. Cincuenta años de su vida sepultados bajo la arena.
Un vecino me comentó por teléfono acerca de su posible situación. Cargué cosas que podrían servirle y fui a visitarlo. Cuando llegué me recibieron sus animales, pero no lo encontraba. Me observaba en silencio, sentado a la sombra, junto a las bases a medio tapar de un antiguo tanque de agua en desuso (no hay agua para llenarlo) y viejos árboles sobrevivientes. Los 36 grados de temperatura no se aguantaban y de inmediato me sumé a su refugio sombreado. Héctor estaba tranquilo y hospitalario como siempre, interesado en charlar temas ajenos al desastre que lo acosaba. Sin embargo, resultaba desolador observar su vivienda, devorada por una duna gigantesca. Con lo poco que pudo salvar, se instaló en un pequeño galponcito de chapa, sin ventanas.
Con el calor no podía permanecer dentro y las jornadas en que el viento le descargaba toneladas de arena, a la noche le costaba respirar por el polvillo en suspensión. A un lado del galponcito, se expande una duna de mayor en tamaño y altura que la que aplastó su hogar. Hacía semanas que nadie lo visitaba, en coincidencia con las fiestas de fin de año y los posteriores contagios masivos de covid que arreciaron sobre Comodoro. Resignado, finalmente decidió abandonar su residencia de toda la vida para reinstalarse en otro sitio de su campo, pese a que no existe un lugar donde no lo alcancen las tormentas arenosas. Para ello tendrá que trasladar lo que pueda recuperar. Sus vehículos (una camioneta F100 y una moto) también se están deteriorando a causa de la arena y poco puede hacer con ellos para el traslado de materiales. Conversamos hasta cerca del anochecer y cuando partí quedó dando de comer a sus animales, que son lo que lo motiva a no abandonar todo. Lo paradójico es que a unos centenares de metros se encontraba estacionada desde hacía tres días una máquina topadora. La tenían allí para despejar cada tanto la arena que taponaba la antigua ruta por la que circulan camiones petroleros. Héctor inmerso en el desastre y la máquina quieta, indiferente.

Con la suya, se siguen sumando las propiedades de vecinos a los que el avance del desierto (en parte provocado por procesos naturales y en parte no) los despoja del esfuerzo de varias generaciones. Ellos le hacen frente en soledad o, en algunos casos, con la ayuda de vecinos solidarios o de empresas privadas que les brindan ayudas puntuales.
Su espíritu ante la adversidad resulta admirable, pero también resultaría fundamental que pudiera recibir ayuda, en particular de Instituciones que pueden aportar. Pese a todo, Héctor intentará continuar en lo que es su tierra. Como muestra una de las fotos, pese a la desgracia, no se le borra la sonrisa.