Nano, el joven que transformó su momento más oscuro en una red solidaria de barrio

A los 25 años, el músico comodorense pasó de buscar un refugio espiritual en el comedor PROCAP del barrio San Cayetano a impulsar ollas populares, cortes de pelo solidarios y eventos comunitarios. Una historia sobre la fe, el sentido de pertenencia y el arte de sanar ayudando al prójimo.
sábado 15 de agosto de 2026

El estudio de grabación lo conoció casi al mismo tiempo que aprendió a caminar. A los cuatro años ya balbuceaba melodías junto a su padre y a los cinco dejó registrada su primera canción, un tema dedicado al Día del Padre que presagiaba lo que vendría. Sin embargo, el camino de Kevin Villarroel —conocido por todos como Nano DHC— no fue una línea recta hacia los focos. Antes de convertirse en una voz que le canta a la vida cotidiana de los barrios San Cayetano y Quirno Costa, tuvo que atravesar un pozo ciego, una etapa crítica donde los puntos de referencia parecían disolverse.

Fue en esa búsqueda de un salvavidas que Nano tocó la puerta del comedor PROCAP, en el barrio Quirno Costa, a pasos de la Seccional Cuarta de policía. No buscaba solo un plato de comida; buscaba un norte. Lo que encontró allí fue un espacio de contención, la calma de las misas comunitarias y un grupo de personas de fe que lo impulsaron a reconfigurar sus hábitos y su forma de pensar.

A simple vista, su estética delata su esencia callejera y su amor incondicional por la música. La visera bien calada sobre la frente, los collares metálicos que tintinean al ritmo de sus gestos apasionados y una colección de tinta en la piel cuentan su propia historia. Entre sus varios tatuajes, hay uno que destaca con luz propia y parece dictar el compás de sus días: una clave de sol grabada en el costado del cuello, una marca indeleble que une la melodía con la respiración y que le recuerda, a cada segundo, de dónde viene y hacia dónde va.

Con el termo afirmado bajo el brazo y acomodando el mate recién preparado para amainar el frío del barrio, Kevin se acomodó a charlar distendido con Crónica. En cada cebada de la charla se percibía esa cotidianidad de quien conoce de cerca las necesidades de la cuadra y no le esquiva al cara a cara con el vecino.

"Llegué porque estaba en un momento medio crítico y cuando vine no me fui nunca más. Encontré tranquilidad, paz. El ambiente tiene mucho que ver: cuando te rodeás de gente buena, cambiás tu forma de vivir", reflexiona hoy, a sus 25 años, mirando hacia atrás sin rencores porque sabe que ese dolor moldeó su presente.

La chispa de la primera olla

La transformación personal pronto necesitó exteriorizarse. Integrado a la rutina del PROCAP colaborando con las viandas de los martes y jueves, a Nano le empezó a picar la inquietud de ir por más. ¿Por qué no organizar una olla popular propia para aquellos vecinos que la estaban pasando mal? Habló con la referente del lugar, recibió el aval y, con lo poco que tenía en el bolsillo, compró los primeros ingredientes para inaugurar la iniciativa.

El éxito de esa primera jornada encendió una red de empatía que no paró de crecer:

  • Segunda edición: Se sumaron sus amigos, bautizados como los Barberos Solidarios, ofreciendo cortes de pelo gratuitos para los vecinos.

  • El círculo virtuoso: Para financiar los insumos de los siguientes encuentros, establecieron un canje: un corte de pelo a cambio de un alimento no perecedero.

  • Autosustentabilidad: Lo recaudado permitió costear la logística de nuevas ollas y organizar festejos multitudinarios como el Día del Niño.

"Para ayudar no necesitás estar bien económicamente ni tener una fortuna. Yo no tenía plata, pero di el primer paso. Cuando das el primer paso, la gente buena aparece y te acompaña", asegura.

Dejar huella, de la cuna a la música

El seudónimo que lo acompaña en las redes sociales (@nano_dhc) no es fruto del azar ni de una moda pasajera. Las siglas corresponden a Dejando Huellas Crew, un grupo de rap que fundó a los 12 años junto a sus compañeros de escuela. La premisa que adoptó en la adolescencia sigue intacta: desde que uno nace hasta que se va, deja una marca en los demás, y él eligió que fuera una marca positiva.

"Cuando te rodeás de gente buena, cambiás tu forma de vivir", asegura Nano en la plaza del barrio (Foto: Carlos Alvarez)

 

Esa misma mirada se traslada a sus producciones musicales. A través del cumbia-base y los ritmos bailables, Nano busca retratar la cara luminosa de los barrios populares, esa que raras veces aparece en los titulares policiales. Sus primeros videoclips, filmados entre el San Cayetano y el Quirno Costa junto a los propios vecinos, son un homenaje a la identidad de su gente.

Esa energía transformadora se percibe al instante cuando se enciende la cámara o se apoya el pie en el escenario. Cuando Nano habla de sus canciones o de los pibes del barrio, la expresión del rostro le cambia por completo, los ojos se le iluminan y la visera ya no alcanza para ocultar una sonrisa plena. En ese instante deja de ser el joven preocupado por los insumos de la semana para transformarse en un artista que vive el momento presente con intensidad absoluta, encontrando en el ritmo su verdadero cable a tierra.

Entender la solidaridad no como un acto de caridad, sino como una fiesta compartida, es quizás su mayor logro. En cada jornada donde se mezcla el humo del guiso con el sonido de las máquinas de cortar pelo y la música sonando de fondo, Nano logra construir un oasis donde la dignidad se vuelve colectiva y los problemas cotidianos quedan, al menos por unas horas, entre paréntesis.

Al preguntarle sobre el futuro o sus máximos anhelos, Nano se sonríe, acomoda la postura y apela a una frase que resume su presente: "Uno propone y Dios dispone". No planeó hacer ollas populares ni convertirse en un referente social para los pibes de su zona; simplemente sucedió cuando decidió abrir la mano para dar. Hoy, entre versos grabados, tijeras de barbería y grandes marmitas hirviendo a fuego lento, Nano DHC demuestra que sanar el propio barrio es, en última instancia, la mejor manera de sanarse a uno mismo.