El último adiós a Alberto Delgado, el histórico dueño de la parrilla “El Petiso” en ruta 40
Alberto Delgado era su nombre. Pero casi nadie lo llamaba así. Para la Patagonia fue siempre “El Petiso”. Y con el paso de los años, ese apodo terminó trascendiendo incluso a la propia persona. Porque “El Petiso” dejó de ser solamente un hombre para transformarse en una referencia rutera, gastronómica y afectiva de la mítica Ruta 40.
A los 90 años, falleció el histórico dueño de la tradicional Parrilla El Petiso, una de las postas más conocidas y recordadas del sur de Chubut. Y hay algo profundamente simbólico en esa despedida: ocurrió un 25 de Mayo, justo en la fecha donde el país recuerda patria, tradición e identidad. Como si la propia Argentina hubiese querido despedir ese día a uno de esos hombres simples que construyeron pertenencia desde el trabajo cotidiano, desde la cocina y desde el interior profundo. Porque Alberto Delgado no fue solamente un parrillero; a su manera, también fue un constructor de identidad patagónica. Un hombre que durante décadas recibió viajeros al costado de la ruta con un plato caliente listo para seguir camino.
La noticia fue confirmada por su familia con un mensaje cargado de emoción: “En el día de la fecha ha dejado de existir nuestro papá, Alberto Delgado. Agradecemos a todos por acompañarnos en esta dolorosa e irreparable pérdida. Nuestro padre hoy, a sus 90 años, descansa en los brazos del Señor”.
Una parada obligada en el mapa emocional de la Patagonia
La muerte de Alberto Delgado no representa solamente la despedida de un comerciante histórico. En realidad, marca también el final de una parte de esa Patagonia rutera que todavía sobrevivía en algunos pueblos del interior. Porque la Parrilla El Petiso no era únicamente un restaurante; era una parada obligada, una referencia automática para quien viajaba por la Ruta 40 y cruzaba Gobernador Costa.
Y había algo clave en eso: no hacía falta entrar demasiado al pueblo ni desviarse buscando el lugar. La parrilla estaba ahí, prácticamente a la pasada, a la vera misma de la ruta, en el ingreso a la localidad. El viajero llegaba cansado después de kilómetros de viento patagónico, veía el cartel y frenaba. Todo estaba pensado para esa dinámica.
Era un restaurante hecho para el movimiento constante de la ruta. Para comer bien y seguir viaje. Uno se sentaba y casi inmediatamente aparecía el plato de sopa caliente.
El sello de la cocina: simple, abundante y casera
Después de la sopa llegaba el churrasco a la parrilla, y muchas veces también la clásica entrada de lengua a la vinagreta y quesito de pata, preparada con esos “secretos de papá” que la propia familia mencionaba siempre en sus publicaciones. No había necesidad de una carta interminable ni de sofisticaciones gastronómicas. El sello del lugar pasaba justamente por otro lado: comida simple, abundante, rápida y casera. Lo necesario para seguir enfrentando kilómetros de Patagonia.
Por eso, con los años, el establecimiento dejó de ser solamente un negocio familiar y se transformó en un verdadero ícono. Había camioneros que frenaban religiosamente cada vez que pasaban; familias enteras que organizaban el viaje sabiendo que el almuerzo o la cena sería en Gobernador Costa; turistas que llegaban recomendados por otros viajeros y vecinos del pueblo que crecieron viendo entrar y salir vehículos de todas partes del país.
Durante más de 25 años —y probablemente bastante más— el nombre “El Petiso” quedó directamente asociado a Gobernador Costa. Como sucede con algunos bares históricos o con ciertas estaciones míticas de las rutas argentinas, había lugares que terminaban funcionando como parte del propio mapa emocional del viajero.
Y en la Patagonia profunda, la parrilla de Alberto Delgado ocupó exactamente ese lugar. No era raro escuchar frases como: “Paramos en lo del Petiso y seguimos”, o directamente usar el restaurante como referencia geográfica. El viajero sentía que no perdía tiempo; todo funcionaba con una lógica práctica y eficiente, pero sin perder nunca el trato familiar. Sin proponérselo, se convirtió en una especie de embajador gastronómico y cultural de su comunidad.
Un legado que permanece en la ruta
Pero probablemente el reconocimiento más auténtico no venga de los homenajes oficiales. Vendrá de la memoria de los viajeros. De quienes todavía recuerdan la sopa caliente apenas se sentaban, el humo de la parrilla, la carne saliendo rápido para que el viaje continuara y esa sensación tan típica de la Patagonia profunda de encontrar, en medio de cientos de kilómetros, un lugar donde siempre parecía haber alguien esperando al viajero.
Porque algunos nombres dejan de pertenecer solamente a una persona. Y hace mucho tiempo que “El Petiso” ya era parte de la historia de Gobernador Costa, de la Ruta 40 y de esa Argentina profunda donde todavía hay personas que construyen patria desde cosas aparentemente simples: un plato caliente, el trabajo de toda una vida y una puerta abierta para el que viene el camino.