La admirable lucha de Eliana, la mendocina que pidió que le amputaran la pierna para dejar de sufrir

Un relato tan subjetivo como necesario. Una lección de fortaleza humana.
lunes 30 de marzo de 2026

Por Christian Sanz.

Eliana es Eliana Toro, mi pareja desde hace mil años y, a la sazón, periodista de Diario Mendoza Today. Ergo, este relato no será objetivo, ni pretende serlo. Está cargado de emociones y sensaciones y pretende relatar el derrotero de una mujer que decidió ir contra la corriente, en un mundo que no entiende aún cómo lidiar con el dolor, físico, psíquico y moral.

La trama arranca el domingo 17 de abril de 2016, cuando un imprudente taxista decidió cruzar el semáforo en rojo y atropelló brutalmente a Eliana, quien iba a trabajar en su pequeña moto. Ello hizo que se fracturara su pierna izquierda en mil pedazos.

Fue el comienzo de un derrotero interminable y agobiante: intervenciones quirúrgicas, rehabilitación y una pierna que jamás quedó bien sanada. Así y todo, con una impronta envidiable, Eliana toleró durante 10 años todo tipo de problemas, principalmente dolores que jamás cesaron y le han quitado el sueño en más de una noche.

En noviembre de 2025 la situación se potenció: apareció en su rodilla una inesperada hinchazón que le quitó la poca movilidad que tenía. La situación se fue complicando al paso de las horas y debió ser internada en el Hospital Central, donde le debieron abrir la pierna nuevamente para limpiarla por dentro. Alojaba una bacteria asesina, denominada “streptococcus aureus”.

Pasó varias semanas internada en aquel nosocomio, en medio de un calor sahariano. Nochebuena, Navidad, Año Nuevo… todo desde la cama de un hospital. Acaso tolerado por la excelente atención que le dispensaron allí.

Un día llegó el alta, con la consiguiente alegría, pero duró poco: la bacteria volvió a mediados de febrero y los médicos fueron directos: había que volver a abrir esa pierna para limpiarla por dentro. Sin la garantía de extirpar la bacteria mortal.

Y allí Eliana sorprendió a los galenos: “Quiero que me apunten la pierna”, dijo. Con el convencimiento de los sabios. El silencio se apoderó de la escena por unos segundos.

Para mí no había una gota de asombro: veníamos hablando del tema desde hacía varios años. “No puede ser que una persona que tiene una prótesis en lugar de una pierna pueda hacer cosas que yo no puedo hacer”, me dijo entonces.

Acto seguido, empezó a contactarse con personas que habían sido amputadas por tal o cual complicación. Y ello la terminó de convencer.

La operación fue hace pocos días, el 26 de marzo, casualmente el día de su cumpleaños. Duró poco más de dos horas y en menos de 48 horas le dieron el alta.

Lo que viene es trabajoso y denso: meses de fisioterapia, cicatrización del muñón (jamás he escuchado palabra más aborrecible), adaptación para la prótesis, etc. Será un cambio de vida de 180 grados para Eliana, pero está decidida a hacerlo.

Como dije, relato todo esto desde la subjetividad de un marido que admira a su mujer, no por esto en particular, aunque sí, porque es de una valentía pocas veces vista. Pero también por muchas otras cosas, porque Eliana es enorme, en todo sentido.

Una mujer sensible, amable, inteligente, hermosa y, lo más importante, buena persona. La mejor que conocí en mi vida. Sin un gramo de maldad.

No sé si esta historia es periodística, pero merecía ser contada, no sólo por ella, sino por todos los demás seres humanos que pasan por trances de dolor extremo y no saben cómo lidiar con él.

No es poco.