Paleontología
Todo sobre Joaquinraptor casali, el nuevo megaraptor hallado en Chubut
La meseta árida del Lago Colhué Huapi, en el centro-sur de Chubut, guarda secretos de millones de años. Allí, un grupo de paleontólogos de la Universidad Nacional de la Patagonia San Juan Bosco (UNPSJB) y del Conicet volvió a poner a la provincia en el mapa mundial con el hallazgo de Joaquinraptor casali, un dinosaurio carnívoro de más de siete metros de largo, un peso cercano a la tonelada y dientes afilados como sierras. El descubrimiento, publicado por la revista Nature Communications, confirma que los megaraptóridos –grupo de terópodos depredadores que vivió a fines del Cretácico– sobrevivieron hasta casi el final de la era de los dinosaurios, hace unos 66 millones de años.
Para Marcelo Luna, técnico del Laboratorio de Paleontología de Vertebrados Dr. Rubén Martínez de la UNPSJB, la emoción del hallazgo es doble: “Es un animal impresionante y un trabajo que sintetiza más de 40 años de campañas en la zona. Y además, nos permite mostrar la potencia paleontológica de Chubut”, afirma en diálogo con Crónica.
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Un trabajo paciente en el campo y en el laboratorio
Luna partició de las tareas de extracción de los fósiles, un proceso que combina resistencia física, precisión artesanal y mucha paciencia. “Mi participación fue la parte de campo, de extracción de los restos, y después, en el laboratorio, la preparación de los mismos”, explica. El equipo levantó los huesos en grandes bloques envueltos en yeso y arpillera –los llamados bochones– para evitar que se dañaran en el traslado. Antes de separar cada pieza, tomaron cientos de fotografías para reconstruir la posición exacta de los huesos y obtener un modelo en 3D.
Lo recuperado asombra: mandíbulas robustas, dientes con bordes aserrados, una garra curvada de la mano y parte del esqueleto axial, incluyendo escápula, húmero, radio, cúbito, costillas y vértebras. “Son dientes preparados para cortar carne con facilidad. Y la garra, sin duda, le servía para atrapar presas y sujetarlas firmemente antes de alimentarse”, describe Luna, mientras muestra las piezas en la sede del laboratorio en Comodoro Rivadavia.

Una pista insólita: el hueso del cocodrilo
Entre los restos apareció un único hueso que no pertenecía al dinosaurio: el húmero de un cocodrilo fósil. Lo curioso es que estaba encajado entre las mandíbulas de Joaquinraptor. “Ese detalle nos permite inferir que parte de su dieta incluía cocodrilos. Es posible que este animal los cazara, o que se alimentara de carroña, pero el hallazgo es una evidencia directa de interacción entre especies”, explica.

La comparación con otros descubrimientos en la Patagonia refuerza la hipótesis. En Santa Cruz, por ejemplo, se halló recientemente un cocodrilo fósil llamado Kostenzuchus, de una edad geológica similar a la del sitio de Colhué Huapi. “La fauna de esta formación tiene elementos en común con la del sur de la provincia vecina. Los megarraptóridos encontrados allá, como el Maip macrothorax, también se parecen al nuestro”, detalla Luna.
Un depredador joven al borde de la extinción
Los análisis histológicos –finos cortes en los huesos que revelan el tejido óseo– permitieron calcular que el ejemplar tenía alrededor de 19 años al morir. “Era un adulto joven y, según la datación, vivió muy cerca del límite que marcó la gran extinción de los dinosaurios. Es uno de los registros más recientes de Megaraptoridae”, destaca el técnico.
Joaquinraptor habría medido un poco más de 7 metros, pesado aproximadamente 1 tonelada y al momento de morir habría tenido, al menos, 19 años.
La especie, explica, se ubica en la cima de la cadena trófica del ecosistema que dominaba la región hace 66 millones de años. “Seguramente fue uno de los predadores tope de su tiempo”, apunta, mientras repasa la anatomía de un animal que, de haber vivido hoy, habría sido más largo que un colectivo urbano.
Un equipo con historia y raíces locales
El hallazgo no es fruto de la casualidad. Detrás hay un equipo que trabaja sin pausa desde principios de la década de 1980, cuando el recordado doctor Rubén Martínez fundó el laboratorio de la UNPSJB. “Él inició todo. Muchos de nosotros nos sumamos después y seguimos la línea que él marcó. Son cuatro décadas de campañas en la estepa, de búsquedas, de rescates de fósiles de dinosaurios, cocodrilos, tortugas, peces e incluso mamíferos de la era de los dinosaurios”, recuerda Luna.
La campaña que llevó al descubrimiento de Joaquinraptor comenzó en 2019, en un paraje ubicado en la naciente del río Chico, al este del lago Colhué Huapi, en tierras de la familia Insúa, que colaboró con la logística. “Ellos siempre nos reciben y ayudan. Sin el acompañamiento de los pobladores sería muy difícil trabajar en lugares tan alejados”, agradece el técnico.
El homenaje detrás del nombre
El nombre del dinosaurio encierra una historia profundamente humana. El investigador principal del proyecto, Lucio Ibiricu –del Instituto Patagónico de Geología y Paleontología del Cenpat-Conicet–, decidió bautizar a la nueva especie Joaquinraptor en memoria de su hijo Joaquín, fallecido en 2019. “Cuando empezamos a excavar, él estaba atravesando ese momento durísimo. Por eso, entre todos, llamamos a la zona ‘Valle de Joaquín’. Y cuando confirmamos que se trataba de un género nuevo, Lucio eligió ese nombre como un tributo”, relata Luna con respeto.
El epíteto casali rinde homenaje a Gabriel Casal, actual director del laboratorio comodorense y compañero de décadas de campañas. La elección sintetiza el espíritu del proyecto: ciencia de primer nivel internacional con un fuerte arraigo local y vínculos de camaradería.
Chubut, una potencia paleontológica
Para Luna, el hallazgo de Joaquinraptor es una nueva prueba de la relevancia mundial de la provincia en este campo. “La paleontología de dinosaurios en Chubut es muy importante a nivel global. Desde los trabajos pioneros de José Bonaparte en el norte provincial hasta los descubrimientos del Museo Egidio Feruglio en Trelew, y lo que hacemos nosotros en el sur, la provincia es una potencia”, afirma.

Hoy suman a esa lista a Joaquinraptor, un carnívoro que amplía el mapa de los megarraptóridos y que refuerza la hipótesis de su supervivencia hasta el final del Cretácico.