“La Noche de los Lápices”: A 49 años del secuestro de estudiantes en La Plata

En la madrugada del 16 de septiembre de 1976, un operativo de la última dictadura militar secuestró a un grupo de estudiantes secundarios que reclamaban el boleto estudiantil. Seis de ellos continúan desaparecidos. En 2024, la Justicia dictó condenas a perpetua para parte de los responsables.
martes 16 de septiembre de 2025
Daniel Racero, Horacio Ungaro, Claudio de Acha, Francisco López Muntaner, María Clara Ciocchini y María Claudia Falcone, los seis estudiantes desaparecidos .
Daniel Racero, Horacio Ungaro, Claudio de Acha, Francisco López Muntaner, María Clara Ciocchini y María Claudia Falcone, los seis estudiantes desaparecidos .

Hace 49 años, en plena dictadura militar, un grupo de estudiantes secundarios de La Plata decidió salir a las calles para exigir un derecho básico: el boleto estudiantil. El beneficio, que había sido instaurado en 1975 durante el gobierno de Isabel Perón, permitía a miles de jóvenes viajar a bajo costo para cursar sus estudios. Pero tras el golpe de Estado del 24 de marzo de 1976, la medida fue eliminada, y con ella se desató una ola de protestas que el régimen decidió aplastar con represión.

La respuesta del Estado fue brutal. Entre el 15 y el 21 de septiembre de 1976, comandos armados realizaron un feroz operativo para desarticular a la militancia juvenil. En la madrugada del 16, grupos de tareas irrumpieron en los hogares de adolescentes de entre 16 y 18 años que participaban en centros de estudiantes y agrupaciones políticas. Fueron secuestrados Claudia Falcone, Francisco López Muntaner, María Clara Ciocchini, Horacio Ungaro, Daniel Racero y Claudio de Acha, quienes aún permanecen desaparecidos. Otros, como Emilce Moler, Pablo Díaz, Gustavo Calotti y Patricia Miranda, lograron sobrevivir para contar el horror.

Miguel Etchecolatz, jefes de la Policía Bonaerense

 

Los secuestros fueron organizados por el Circuito Camps, una red de represión que actuaba en la provincia de Buenos Aires bajo el mando del general Ramón Camps y su segundo, Miguel Etchecolatz, jefes de la Policía Bonaerense. Las víctimas fueron trasladadas a centros clandestinos como Arana, Pozo de Banfield y Pozo de Quilmes, donde padecieron torturas, interrogatorios y condiciones infrahumanas.

General Ramón Camps, represor al mando del Circuito Camps

 

Centros clandestinos y una maquinaria de terror

Los testimonios de los sobrevivientes revelaron las condiciones extremas a las que fueron sometidos. En lugares como el Pozo de Banfield, los jóvenes permanecían vendados, encadenados y expuestos a sesiones de picana eléctrica, golpes y amenazas de muerte. La dictadura buscaba quebrar no solo a los militantes, sino a toda una generación que cuestionaba el modelo de país impuesto por las Fuerzas Armadas.

El secuestro de los estudiantes de La Plata no fue un hecho aislado. Formó parte de un plan sistemático de persecución política que incluyó desapariciones forzadas, censura y la creación de más de 300 centros clandestinos en todo el país. Se calcula que 30.000 personas fueron desaparecidas durante los años de la dictadura, y los jóvenes de La Noche de los Lápices pasaron a ser un símbolo de la resistencia y la memoria colectiva.

El largo camino hacia la justicia

Durante décadas, las familias de las víctimas y los organismos de derechos humanos reclamaron que los responsables fueran juzgados. En los años ’80, algunos represores fueron procesados, pero las leyes de Obediencia Debida y Punto Final, sumadas a los indultos de la década del ’90, frenaron los juicios. Recién con la reapertura de las causas por delitos de lesa humanidad, la Justicia pudo avanzar.

En octubre de 2020, en plena pandemia, comenzó en La Plata un juicio clave que investigó el Circuito Camps y el rol de la Brigada de Infantería Mecanizada 3 de La Tablada, el Destacamento de Inteligencia 101 y la Policía Bonaerense. El proceso concluyó en marzo de 2024 con un fallo histórico: el Tribunal Oral Federal N.º 1 dictó diez condenas a prisión perpetua para exmilitares, policías y agentes de inteligencia.

Entre los condenados estuvieron Federico Antonio Minicucci, jefe del Regimiento de Infantería Mecanizada 3; Guillermo Domínguez Matheu, de Actividades Psicológicas del Destacamento 101; Roberto Balmaceda, de Contrainteligencia; Jorge Héctor Di Pasquale, de Operaciones Especiales; Carlos María Romero Pavón, de Reunión Interior; el exministro de Gobierno Jaime Smart; Juan Miguel Wolk, jefe de las divisiones de Delitos contra la Propiedad y las Personas; el médico policial Jorge Antonio Bergés; el comisario Horacio Luis Castillo y Carlos Gustavo Fontana, enlace entre el Destacamento 101 y el Batallón de Inteligencia 601.

Otros acusados recibieron penas de hasta 25 años, mientras que algunos, como Enrique Augusto Barre, fueron absueltos. El juicio también expuso el rol de Miguel Etchecolatz, exdirector de Investigaciones de la Bonaerense, quien murió en medio del proceso, y de Ramón Camps, fallecido en 1994, ambos nombres emblemáticos del terror de Estado.

Memoria que no se apaga

Cada 16 de septiembre, organizaciones de estudiantes, sobrevivientes y organismos de derechos humanos marchan en todo el país bajo el lema “Los lápices siguen escribiendo”, una frase que se transformó en bandera de la memoria. En La Plata, las caminatas comienzan en la Plaza San Martín y finalizan en el excentro clandestino de Arana, donde se realizan actos y actividades culturales para mantener vivo el recuerdo.

Las voces de sobrevivientes como Emilce Moler, Pablo Díaz y Gustavo Calotti son hoy testimonio y advertencia. Ellos relatan el miedo, las amenazas y la fortaleza que necesitaron para sobrevivir. Sus palabras se multiplican en las escuelas, universidades y en cada espacio de debate, para que las nuevas generaciones comprendan la magnitud de la violencia de Estado y la importancia de defender la democracia y los derechos humanos.

Una herencia que interpela al presente

“La Noche de los Lápices” no es solo un recuerdo del pasado. Es un llamado a proteger los derechos estudiantiles, a cuestionar la represión estatal y a sostener la memoria frente a cualquier intento de negacionismo. La historia de aquellos jóvenes demuestra que el compromiso social puede desafiar incluso a los regímenes más brutales, y que la verdad y la justicia son conquistas que se construyen cada día.