Científico se inyecta una bacteria prehistórica para alargar su vida
La especie humana lleva siglos, como mínimo, tratando de vencer a la muerte y, se conocen intentos desde la piedra filosofal alquímica -sobre la cual llegó a escribir incluso Isaac Newton- hasta lo que hizo Bryan Johnson de inyectarse el plasma sanguíneo de su hijo.
Hace aproximadamente una década que el doctor Anatoli Brouchkov atrajo, repentinamente, la atención del mundo entero. El geólogo ruso, jefe del Departamento de Geocriología de la Universidad Estatal de Moscú, apareció en multitud de medios del mundo y por un buen motivo, ya que el científico había cruzado una línea en su esfuerzo por descubrir la clave para la longevidad humana: empezó a “experimentar consigo mismo” inyectándose una bacteria antiquísima extraída del permafrost de Yakutia, una región de la Siberia central.
Antes de inocularse a sí mismo, ya se habían realizado varios experimentos que tuvieron resultados prometedores: el tratamiento con esta bacteria en ratones viejos les permitió conservar sus capacidades reproductivas hasta edades significativamente mayores de lo normal.
Esta bacteria, el Bacillus F, tiene una particularidad: de alguna manera, se mantuvo viva durante millones de años, al menos 3,5 millones, sin degradarse ni perder sus propiedades. Ni la vida, claro, que es aún más sorprendente.
Según se observó a través de las investigaciones, el quid de la longevidad de la bacteria tendría que ver con algún mecanismo que evitaría la degradación del ADN-ARN, uno de los factores contemplados como principal causa del envejecimiento y eventual muerte de todos los seres vivos.
“Es obvio que la bacteria tiene ese mecanismo. Es obvio porque conocemos la edad de la bacteria. Es muy antigua, y no muere. Así que tiene algún mecanismo de protección. No es una hipótesis. Se convierte en hecho solo porque la bacteria existe”, explica. “No sabemos cuál es, pero definitivamente lo tiene. De lo contrario, la bacteria estaría muerta”, asegura.