Los teléfonos celulares y los niños
En líneas generales, los dispositivos tecnológicos ponen al alcance de los niños y adolescentes el acceso a la información; la comunicación y a la libre expresión.
‘Desde este punto de vista, entonces, que dispongan de un teléfono inteligente implica que puedan estar comunicados les habilita el acceso a las redes’, refiere el documento.
Sin embargo, conlleva riesgos como la exposición a contenidos inapropiados, discursos de odio, ciberacoso, contacto con extraños; exposición a retos peligrosos; y también puede desencadenar los llamados consumos abusivos en aquellos niños y jóvenes más vulnerables a nivel socioafectivo y con cierto grado de predisposición.
Con respecto a la edad para hacer un uso apropiado, nadie conoce mejor al niño, al preadolescente o al adolescente que su familia; los cuidadores saben si está preparado para portar y hacer un buen uso del smartphone, en cuanto a lo individual, su grado de responsabilidad en general y el grado de madurez alcanzado.
Puede servir de ejemplo esta analogía: un niño está preparado para ir solo a la escuela cuando tiene sentido de la ubicación, respeta las normas de tránsito, conoce los riesgos y puede pedir ayuda en caso de necesitarlo; lo mismo sucede con el uso del celular. Debe poder tener cierta autonomía, respeto por su privacidad y la de terceros, y sobre todo habilidades de uso crítico para poder minimizar los riesgos.
Para poder lograr las habilidades de uso saludable, es necesario que los niños/as y los adolescentes reciban la información necesaria en primera instancia dentro del seno familiar y, en paralelo, desde las instituciones escolares. Son imprescindibles los espacios de alfabetización digital, para afianzar la apropiación y la adquisición de herramientas necesarias para desarrollar el pensamiento crítico, la resolución de problemas, la producción de contenidos y la expresión, que darán como resultado una ciudadanía digital plena.
En cuanto al criterio general debe tenerse en cuenta la edad mínima permitida para el uso de redes sociales, que puede variar de acuerdo con la plataforma, pero en general actualmente es entre los 13-14 años, pero se está evaluando en otros países elevar la edad de acceso a partir de los 16 años.
Algunas sugerencias para las familias consisten en educar a los niños y los adolescentes sobre los riesgos que les puede ocasionar el uso inapropiado y acerca de los beneficios del buen uso, consensuar límites intrafamiliares y respetarlos, cuidar el horario de sueño y las comidas principales, destinar espacio y tiempo en familia libre de tecnología y evitar compartir datos con extraños y descargar apps sin el permiso de los padres.
Se aconseja también silenciar las notificaciones y/o apagar el dispositivo al hacer las tareas escolares o estar en clase.
Los adultos cercanos deben involucrarse para conocer a qué redes acceden y conocer los términos y condiciones de cada una de ellas; y pueden investigar guías para padres para estar más informados.
Es esencial acompañarlos en la configuración de perfiles como menores, con el fin de proteger la privacidad y seguridad (configuración de usuario de acuerdo a su edad y contraseñas seguras). Limitar el intercambio de imágenes e información a las personas más cercanas.
Enseñarles a reconocer situaciones de riesgo y brindarles herramientas para reportar y bloquear a los usuarios malintencionados. Brindar un espacio de diálogo y de confianza para que puedan pedir ayuda si la necesitan, sin sentirse juzgados, y para que la navegación en línea sea segura.
Todas estas medidas deben ser acompañadas tanto desde el ámbito público como privado con el fin de proteger a los niños y adolescentes en los entornos digitales.
En la era digital, es fundamental desde el hogar: fomentar las actividades deportivas, artísticas y los encuentros pro sociales.
Los adultos deben involucrarse y conocer las actividades en línea de niños y adolescentes y de ser necesario, sobre todo al inicio se pueden utilizar aplicaciones de controles parentales (para control de tiempo, actividad y/o bloqueo de apps) disponibles para todos los dispositivos; esto es extensible a apps, videojuegos y consolas.
En definitiva, la decisión debe basarse en la situación particular de ese niño, su grado de autonomía y madurez, en un contexto familiar determinado asociado a la educación necesaria para que pueda hacer un uso responsable, crítico y saludable y en el ámbito de una comunicación abierta y constante entre el niño y/o el adolescente y su familia.