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Choiquenilahue, un sitio clave en la historia del sur de Chubut

martes 20 de febrero de 2024
Choiquenilahue, un sitio clave en la historia del sur de Chubut

Tierra adentro existían parajes que en el pasado fueron muy importantes para la vida humana, pero cuya existencia fue olvidada. Uno es Choiquenilahue. Aunque perduró el topónimo en lengua mapudungun, es una traducción del original “O`oiu kei”, voz tehuelche que significa “vado o paso del avestruz”. Se refería a un sitio para cruzar el río Senguer. Luego se lo aplicó a la totalidad del paraje lindante. Consistía en un valle recto de diez kilómetros de largo por tres de ancho, de fondo plano y pendiente suave. Las laderas bajas, empinadas, hacia el sur aumentaban de altura. En ese espacio confluían el río Senguer y los arroyos Genoa y Apeleg. A principios del siglo XX se asemejaban a ríos caudalosos y en la actualidad se secaban en verano. Hasta su ingreso a Choiquenilahue el río Senguer se veía impetuoso y de aguas transparentes. Luego se curvaba hacia el sur y se volvía perezoso y turbio. En ese codo se concentraban los últimos islotes de bosques de ñires. Acompañan el curso del río por más de cien kilómetros de distancia, desde su nacimiento en la cordillera de los Andes hasta el corazón de las mesetas. Una rareza. Hoy, en las alturas planas de la margen este se tendía la ruta nacional 40. En la parte media al valle lo atravesaba la que conduce a Alto Río Senguer.

Era utilizado como campamento o asentamiento semi permanente de tolderías tehuelches. Lo atestiguaban fotos tomadas entre fines del siglo XIX y principios del XX. También testimonios legados por exploradores nacionales y extranjeros. En 1883, en el paraje se refugiaron sesenta tehuelches que escaparon de las tropas del ejército argentino tras el combate de Apeleg. Fue el penúltimo de la mal llamada Conquista del Desierto, aunque se lo suele recordar como el último. A los pocos días los apresaron. Los condujeron a pie hasta Valcheta, en Río Negro, distante unos 600 kilómetros de distancia. Según narraron los sobrevivientes, a los que se cansaban, de un sablazo les cortaban los tendones detrás de las rodillas. Los abandonaban para que murieran.

Desde tiempos remotos el valle ofició como asentamiento, punto de encuentro e intercambio. Congregaba tribus de las parcialidades tehuelches Aoni Kenk (Patagones), Gununa Kune (Pampas) y pueblos culturalmente mapuchizados. De allí la traducción del topónimo al mapudungun. Se escuchó hablar en al menos tres lenguas indígenas.

Hacia fines de 1890 Eduardo Botello formó familia con una hija del cacique tehuelche Manikeke y se estableció en el valle. Habilitó un comercio de ramos generales. Arribó a la región en 1888 como explorador del Museo de La Plata. Se transformó en el primer colono del sur de Chubut. Sus primeros clientes fueron los 300 tehuelches que residían en los alrededores. Luego se sumaron exploradores, colonos y manzaneros despojados de sus tierras en el norte de Patagonia. El paraje se transformó en una encrucijada o un nudo comunicacional. Los viajeros, que se movilizaban a caballo o en carros, en el comercio de Botello accedían a alojamiento, comida y provisiones. Debido a la abundancia de agua y pasturas, confluían grandes arreos de vacunos, caballares y ovinos.

Recorrí el valle por sectores durante el transcurso de varios años. Fragmentado por los cauces del río, los arroyos y los alambrados de las estancias, obligaba a dar grandes rodeos para acceder a cada lugar. Además de contar con los permisos de los propietarios. A principios del siglo XX bastaba subirse a un caballo y dedicarle una jornada para explorarlo completo.

Desde las rutas aparentaba ser un paraje similar a tantos otros del territorio patagónico. Adentrándome en su geografía, los secretos atesorados salieron a la luz. Abundaban picaderos o talleres líticos donde los antiguos fabricaban sus herramientas de piedra. Aún se reconocían asentamientos de tolderías. Perduraban restos de viviendas derruidas. Yacían, olvidados, carros que se utilizaron para el transporte de lana hasta los puertos de la costa atlántica. Aparentaban ser dinosaurios entregados a un descanso eterno. También abundaban exuberantes arboledas artificiales o bosquecitos de ñires, cascos de estancias y puestos en uso o abandonados. Las edificaciones databan de entre fines del siglo XIX y comienzos del XX. Conocí el valle con los cursos de agua a pleno, verdeando sus contornos. Resplandecía de belleza natural. También secos y polvorientos.

Reconstruyendo la historia de vida de Eduardo Botello llegué a sus nietos, los hermanos Emilio y Gregorio Botello. Residían en la vivienda edificada por su abuelo en 1901. Estaba intacta. Por el material sólido con el que fue construida, la cantidad de ambientes y los detalles de puertas, ventanas, piso y cielorraso de pinotea, en su época se trató de una especie de palacete. Los hermanos mantenían viva la memoria, costumbres y prácticas de sus ancestros tehuelches, los Manikeke-Sapa. Me confirmaron que por vía materna, en esa región, mis raíces se remontaban varios centenares de años atrás. Éramos parientes lejanos. El parentesco motivó que me hicieran conocer la tumba de su ancestro, el explorador. También el chenque del cacique Manikeke y el sitio donde asentaban el toldo. Los visité con mi abuela materna, a quien comenzaron a llamar “Tía”. Hicieron que le encontrara sentido a la atracción que me generaba la zona. No podía dejar de volver. Sus muertes me llevaron hacia otros destinos.

En Choiquenilahue y alrededores los seres fantásticos son muy activos. Según los testimonios de pobladores, hoy en día se ve al ser de aire que es el Viento Vivo. Se trata de una especie de guardián de la memoria indígena. También se cuentan los inquietos seres que son bolas de luz, mal llamados Luz Mala. A los que se suman el Inchimallen o Chimallén y El hombre de Negro. En las noches o en los días de viento, se suelen escuchar voces de peleas, de fiestas muy concurridas o de cantos producto de ceremonias rituales indígenas. Emilio Botello, por ejemplo, hasta sus últimos días se adentraba a caballo en el valle para practicar ceremonias rituales tehuelches. Es un paraje que quedó “cargado”.

Choiquenilahue, debido a su ubicación, a principios de siglo XX fue uno de los principales nudos comunicacionales. Confluían las rutas aptas para el tránsito de carros. El ganado y caballares contaban con recursos como agua y pastizales. El paraje congregaba a los habitantes de la región, los que residían en su mayoría en el ámbito rural. En el valle comenzó el poblamiento del sur de Chubut. También lo transitaron y se asentaron individuos muy relevantes para la historia nacional y regional. Deberían integrar el inventario de próceres. Desde las instituciones se les adeuda valorizarlos. Son pocos los lugares con tal riqueza histórica, originado en hechos, personalidades y pueblos de diversas culturas. Visto al pasar, solo se trata de “campo”, pero es una apreciación muy alejada de la realidad.

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