En las serranías, leyendo milenaria presencia humana.
Una de las tantas huellas que se desprenden de la ruta nacional 40 en el suroeste de Chubut, nos adentró en un paisaje insospechado desde la chatura despojada de las mesetas: un bajo en cuyo fondo se tendía una gran laguna de aguas que variaban de color según el momento del día y el estado del clima. En ella descargaban sus aguas arroyos temporales y mallines, que descendían desde las alturas de las voluminosas serranías vecinas. La huella se tendía sobre terrenos resecos y pedregosos, cruzada por cicatrices dibujadas por ocasionales cursos de agua. Por el tipo de suelo, en época invernal la huella sería un gran pantano. En una especie de portal por el que se accedía a un valle pastoso y circular, detuvimos la marcha. Afloramientos rocosos en las alturas y presencia de agua en mallines y manantiales, nos hicieron sospechar la existencia de arte rupestre. Ascendimos una cuesta empinada y recorrimos los rincones del paredón de piedra, a medida que se estiraba ganando altura en dirección a la laguna. Desde el pie de un recoveco, nos avisaron a los que andábamos por arriba: “¡Ey, acá hay rastros de un puma!”. Eran pisadas recientes, de un puma de gran tamaño. Había estado echado en el suelo y se escondió cuando nos oyó u olió. Unos pilquines o chinchillones nos espiaban desde unas salientes, mientras observábamos las huellas. Vista desde el extremo más alto del farallón, la laguna parecía un pequeño lago. La imagen nada tenía en común con el manchón de tierra estéril que recordaba de quince años atrás. Nos alejamos con José María para ascender por una cresta que nos condujo hacia el punto más alto del cerro. En la cima sobresalían dos voluminosos amontonamientos de rocas: dos antiguas tumbas indígenas, intactas. Frente a nosotros, desde las alturas de un cerro aún más alto, descendían mallines que culminaban en una laguna pequeña. Junto al verdor se destacaban las viviendas de los Pichún y Tracaleo, en lo que fuera la antigua comunidad originaria del Lote 4 o El Pedrero, que se comenzó a poblar hacia 1912 y se conformó como “Reserva indígena” (otorgada por el Estado) hacia 1924. Algunas arboledas vecinas, desiertas, quedaban como registro del antiguo asentamiento de otras familias. No encontramos rastros de arte rupestre, aunque sí de sus milenarios ocupantes. Más tarde y varios kilómetros después, ascendiendo la sierra, el propietario de la estancia nos comentó: “Sobre aquellas rocas hay otro chenque”. Fuimos hacia allí. Era una angosta plataforma de unos cien metros de extensión, cubierta de rocas pequeñas y medianas. Entre tantas rocas costaba distinguir las antiguas tumbas, pero en total eran nueve, dispuestas junto al filo de los barrancos. Excepto una, medio apartada, todas habían sido removidas. Desde allí, como era costumbre, la vista se perdía en la lejanía. Este antiguo cementerio era muy parecido a otro situado en Michiguao, a unos 40 kilómetros hacia el norte y al de Cerro de Las Calaveras, a unos 20 kilómetros hacia el sur. La similitud en el lugar elegido y el tipo de enterratorio, evidenciaba que la población que habitó la sierra era parte de una misma cultura, posiblemente la que dio origen a los tehuelches. Los estilos de arte rupestre existentes en la zona, registran presencia humana desde al menos 3 mil años atrás, cuando la cultura tehuelche aún no se había cristalizado. Los estilos de arte rupestre en Patagonia son siete, y cada uno se corresponde a un determinado espacio de tiempo. Continuando el viaje, fuera de lo que fue la Reserva, visitamos un extinto casco de estancia en el que su último ocupante partió cuarenta años atrás (el relato es parte de otro texto). Algo alejado de las viviendas, sobre un faldeo, se situaban los restos de un cementerio con diez tumbas cristianizadas, aunque todos fueron indígenas. En la única tumba con un texto aún legible, podía leerse: “José María Catrihuala. Falleció el 12-10 -1948. A los 21 años de edad”. En el sector que recorrimos de la sierra, tanto los habitantes actuales (Tramaleo, Tracaleu, Pichun, etc.), como los del pasado cercano (Catrihuala, Cañupe, Millapi, Raillán, Painetul, etc.) y lejano (pre tehuelches) eran en su mayoría indígenas, aunque de épocas alejadas y diferentes culturas. La presencia humana, aunque transcurran miles de años, va dejando huella en el paisaje. Para quien circula veloz por las principales rutas, el paisaje de Patagonia está poblado de nada. Para quien puede dedicarle algo de tiempo a explorar tierra adentro y aprende a leerla, es un territorio abundante en registros recientes y de tiempos milenarios. Esos registros nos hablan con voces provenientes de la profundidad del tiempo.
Nota: No se dan nombres ni ubicaciones exactas, ya que a estos lugares se accede con permiso previo de los propietarios de los campos. No son de acceso libre y las tranqueras están con candado.