sábado 2 de marzo de 2024
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Torres y los visitantes nocturnos

Por Alejandro Aguado / Texto y dibujo
martes 28 de noviembre de 2023
Torres y los visitantes nocturnos

Partimos de Perito Moreno (noroeste de Santa Cruz) hacia el sur en la por entonces ruta de tierra Nacional 40. De a poco nos fuimos internando en un paisaje que se veía nevado hasta donde se perdía la vista. A mitad de trayecto íbamos abriendo huella en la nieve. El trazado se adivinaba por los contornos elevados de las banquinas. A la altura del cañadón Caracoles nos desviamos hacia el oeste por una ruta que conduce al paso fronterizo Paso Roballos. El avance se hacía cada vez más lento por la creciente espesura del manto blanco. Descendimos al valle del lago Ghío y por una huella nos apartamos de la ruta. La huella se tendía contorneando el lago, ascendía por faldeos de la sierra Colorada y se desplegaba por pronunciadas pendientes, entre cañadones y valles. Cada pocos kilómetros los vehículos se encajaban en el barro y la gruesa capa de nieve. Transcurridas varias horas arribamos al casco de la estancia, pasados de frío, cansados y hambrientos. Al estar situadas en el interior de un valle pequeño y protegido, el entorno de las viviendas estaba despejado de nieve, aunque persistía hielo en los sitios con sombra. Nos atrajo el humo de una chimenea de una de las viviendas, donde nos refugiamos. El interior estaba cálido. Era la vivienda de dos habitaciones que ocupaba Torres, el empleado. El hombre no estaba. En la cocina de hierro ardían algunos leños y un gran fuentón de plástico desbordaba de tortas fritas recién hechas. Poco después arribó Torres, que se sorprendió de encontrarse con tantos visitantes. Cuando vio el fuentón casi vacío, abrió los ojos como si fueran dos lunas, apartó la vista y se puso a ordenar algo en un aparador tratando de disimular el disgusto. Habíamos saqueado en minutos lo que para él sería la provisión de varios días.

Esa noche, ya instalados en la casa principal, varios nos acercamos al puesto de Torres. Compartiendo mates y tortas fritas (que había hecho de nuevo) Torres comentó una vivencia, como si se tratara de una entre otras tantas. Semanas atrás, una noche algo había iluminado la casa principal desde el aire: “Estaba preparando la cena y un aparato se puso arriba de la casa principal y la alumbró. Parecía de día. Otro iluminó por acá. Después se fueron contra el cerro y pensé que esos locos iban a chocar contra las rocas. De golpe se fueron para arriba y se alejaron siguiendo lo alto del faldeo de la sierra”. A lo que preguntamos: “¿Y qué piensa qué o quiénes fueron?” “Serían los milicos que andaban jodiendo con helicópteros”, conjeturó buscando una explicación. “¿Y qué hubiese hecho si bajaban?”, consultamos. “Los invito a tomar mate”, respondió con la lógica hospitalaria del habitante de campo patagónico. Como pocos días antes en medios de comunicación regionales había circulado la noticia de la supuesta presencia de ovnis por la zona (en las localidades de Las Heras, Comodoro y Lago Blanco), le comenté: “Dicen que pueden ser naves tripuladas por extraterrestres”. Como jamás había escuchado hablar de algo así, le expliqué de lo que supuestamente se trataba. Le parecía imposible que pudieran existir máquinas que viajen por el espacio. Ahondé en el tema describiéndole acerca de los satélites creados por el humano que giran en torno al planeta o las naves tripuladas que se envían al espacio. Para que no quedaran dudas sobre el aspecto de los supuestos visitantes, le hice un dibujo de cómo se los suele describir: con cara alargada y romboidal, ojos grandes y boca chica. Se lo pasé y acercó el papel a su cara. Con expresión de sorpresa lo alejó para observarlo unos instantes con detenimiento. Finalmente expresó amenazante: “¡Ah, no, si son así no les invito mate, los cago a tiros!”

Esa noche dormimos amontonados en una única habitación, en torno a una estufa a leña, cuya potencia resultaba insuficiente para calefaccionar el ambiente. El aire helado ingresaba por debajo de una puerta, pese a que habíamos tapado las aberturas con diarios y trapos. Afuera bramaba una tormenta de viento blanco. A la mañana, en el exterior de la vivienda, una capa blanca de unos diez centímetros de espesor cubría el suelo. Al mediodía, cuando el sol invernal calentó un poco, se disolvió por completo. Luego, a medida que atardecía, la capa revivió a simple vista. Se trataba de una helada tan intensa que la confundimos con nieve.

Poco después visitamos el casco de una estancia que se sitúa en la margen opuesta del lago. Jara, el empleado, había visto las mismas luces. Luego de importunar a Torres habían pasado sobre el lago y se acoplaron a otra de mayor tamaño. Al igual que con otros tipos de eventos peculiares, lo tomaban como uno sin explicación pero cuya existencia aceptaban. Por ejemplo, en la ruta que conduce a Paso Roballos, que se tiende contigua al casco, por las noches solían escuchar el motor de un vehículo que se acercaba y veían las luces de los faroles. Luego el vehículo se desviaba y se acercaba a la tranquera de ingreso al casco. Los perros salían ladrando a recibir al recién llegado. Pero al llegar a la tranquera el ruido del motor se acallaba y la luz se apagaba. Los perros retornaban en silencio (un evento similar ocurre en la sierra de San Bernardo). La mayoría de los pobladores de campos vecinos describían vivencias similares protagonizadas por ovnis o por seres de origen incierto.

Esa noche, al retirarnos de ese campo, cuando comenzábamos a subir una cuesta tras contornear la costa del lago, a nuestras espaldas una luz comenzó a crecer en tamaño. Nos pegó el susto de nuestras vidas, pero esa es otra historia.

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