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Recordando El Boliche de Jerez

Por Alejandro Aguado / Texto e ilustración
domingo 04 de septiembre de 2022
Recordando El Boliche de Jerez

Enero de 2002. Aprovechamos unas horas libres en la Feria del Libro de Sarmiento para salir de paseo. Un incentivo extra para asistir a Ferias de Libros, es la oportunidad de conocer la localidad y los alrededores. Pese a que había llovido y el camino de tierra estaba resbaloso, encaramos la ruta de tierra que bordea la costa del brazo oeste del lago Colhue Huapi. Me atrajo verlo con el agua a pleno. Cerca de la costa norte algunos tramos de la ruta se presentaban muy complicados para transitar, por la abundancia de greda húmeda. Pocos kilómetros después arribamos al boliche de la familia Jerez, famoso en la zona. Se llamaba Bar La Esperanza, pero en la región se lo conocía por el apellido de los propietarios. Allí la ruta se abre en dos: por el oeste hacia los pueblos de Buen Pasto y Paso de Indios, y el restante en dirección a Río Chico y Comodoro Rivadavia. Con el cielo encapotado de nubes grises y el aire frío y quieto, la vista del lago con sus aguas oscuras transmitía una triste melancolía. Nos detuvimos cerca de la costa para tomar fotos panorámicas. La presencia de barro y charcos desalentaban acercarse caminando al borde del agua. Inmediatos se situaban dos islotes.
Entramos al boliche y nos recibió el dueño, de trato muy amable y conversación cordial. Era un típico boliche de campo, de los pocos que perduraban en la región. Detenerse en cada uno formaba parte de una tradición. No se podía pasar de largo. Conversando generalidades, la clave para entrar en confianza fueron las puntas de flechas exhibidas sobre un aparador, a espaldas del mostrador. Dos pequeños paneles contenían una amplia variedad de puntas de flecha talladas en piedra, de diversos tamaños, formas y colores. Don Jerez las mostraba con orgullo y me las facilitó para observarlas en detalle. Luego nos invitó a pasar a la cocina, donde nos recibió su esposa, también muy cordial. La ventana de la cocina daba al lago. Ante la quietud solitaria de las aguas penumbrosas y el entorno fangoso, al ambiente cálido del interior se lo sentía como un refugio que invitaba a quedarse. Las paredes de la cocina exhibían varios cuadros y un mueble de estantes con vitrina contenía innumerables cantidad de puntas de flechas y bolas de boleadoras. “Se las encuentra cuando se camina por la costa, después que sopla el viento o baja un poco el agua. Está lleno”, comentó Don Jerez. No entramos en precisiones acerca de las ubicaciones exactas de los picaderos, para no incomodarlos, ya que suele ser algo que cada coleccionista se reserva.
El boliche fue fundado a fines de la primera mitad del siglo XX. Los padres de Jerez se mudaron de su asentamiento original en Buen Pasto a las tierras que adquirieron en la costa norte del lago. Cuando se asentaron, el lago sufría una de sus recurrentes bajantes. Pese a ello, nunca llegó a secarse. Cuando fallecieron, uno de sus hijos, Elias Jerez abandonó su trabajo en YPF para hacerse cargo del boliche y el campo. Se estableció con su mujer, Audoli Poblete.
Tiempo después el lago creció de tal modo que en partes tapó el antiguo trazado de la ruta a Sarmiento. Cuando Nemesio estaba por nacer -uno de los cuatro hijos del matrimonio-, partieron hacia Sarmiento y se empantanaron en la ruta inundada. Cerca estuvo de nacer allí mismo. Aunque el agua retrocediera en tiempos de sequía, se aprovisionaban en un pozo cavado inmediato a la costa. El lugar se transformó en un sitio clave, de referencia para viajeros, trabajadores de campo y pobladores de la región. Fue un punto de confluencia para el desarrollo de la vida social del ámbito rural, donde aprovisionarse, o hacer sociales tomando mate o alguna copa. Recordadas eran las fiestas en tiempos de señalada, que solían ser muy concurridas y durar varios días. Amenizadas con bailes a ritmo de acordeón, en esas ocasiones se solían carnear doce o trece corderos para agasajar a los concurrentes. Eran otros tiempos, en los que la vida social era más comunitaria. Asimismo, los que sufrían algún percance, como la rotura de vehículos, sabían que allí les brindarían auxilio. Los testimonios coinciden en caracterizar a Don Elías como alguien muy sociable, de carácter alegre y familiero.
El regreso a Sarmiento fue complicado porque mientras estuvimos en el boliche, debido a la humedad y el tránsito de vehículos, la ruta empeoró su estado. Hubo que encarar a gran velocidad una lomada para no empantanarnos y apenas alcanzamos a esquivarnos con otro vehículo que venía de frente en la misma condición.
Pude regresar algunos años después, pero el boliche estaba cerrado. Finalmente dejó de funcionar como tal. Desde mitad de la década del ‘10, la pareja reposa cerca de las casas, al pie del faldeo de Sierra Silva. Hoy, a un lado de las viviendas, en lo que fue el lago, se tiende una planicie reseca. Los islotes que se situaban inmediatos a la costa, ya no existen, fueron barridos por la sequía y el viento. En la zona, la impronta y el recuerdo sigue vivo ya que el lugar permanece como un punto de referencia y se lo sigue llamando “el boliche de Jerez” o “Lo de Jerez”.
Gracias a Nemesio Jerez.

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