Namuncurá y el cerrito Cementerio
Desde la distancia, se observa el aparente monótono faldeo de la sierra interrumpido por los espacios abiertos de un cañadón que la atraviesa a lo ancho. Lo que llama la atención, lo que atrae la mirada, son algunos pequeños cerros cónicos de cima chata situados en lo alto de sus márgenes. Aparentan ser torreones desde los que vigilar la distancia. Nos apartamos del curso inferior del valle del Genoa en busca de un antiguo asentamiento en ruinas, con grandes corrales de piedra. Edificaciones del tiempo de los colonos que nos recomendaron conocer por ser muy particulares. Los primeros asentamientos estables de colonos en esa zona de la sierra se remontan al período comprendido entre los años 1909 y 1911. Nos adentramos por breves planicies y tierras onduladas de estepa. La huella pronto se abre en varios ramales y no acertamos a dar con el que nos debía conducir al sitio que buscamos. Vamos y venimos, perdidos, pero no nos incomoda porque valoramos el conocer. A un lado, lo más destacado son el Cerro de la China Muerta (“China”: mujer indígena) y Cerro de los Chenques, que son dos elevadas lomadas sobre la meseta, cuyos nombres ya nadie recuerda que eran esos. Cada tanto nos detenemos a observar el entorno, para analizar para dónde encarar. A nuestras espaldas, la precordillera se impone nevada y desde allí un viento suave arremete helado, cortante. Hacia el noreste asoman las voluminosas alturas blanqueadas de Sierra Nevada. Retomamos la huella principal, que nos conduce hasta el cañadón. En el bajo se despliega un vallecito de pastos amarillentos. A los lados se destacan paredones bajos, de roca, y cerritos cónicos. Hacia el fondo, el cañadón se adentra en las montañas, que crecen en altura. A poca distancia, una arboleda y viviendas. La huella continúa por el faldeo y pasa junto a las espaldas de las viviendas, donde nos detenemos. Nos separa un alambrado de seis hilos. Nos recibe Juan Namuncurá, quien nos indica que desandemos el camino hasta una tranquera y nos acerquemos por una huella que costea el vallecito. Hacemos lo que nos indica. Circulamos entre grandes arbustos y arribamos a las viviendas. De trato muy cordial, nos invita a tomar mate, señal que somos bien recibidos. Los mates sirven para amenizar la conversación, para que él nos conozca y nosotros a él. Lleva años residiendo en el lugar y rara vez se ausenta. Mutado con el entorno, con los tiempos quietos y silenciosos del campo, rehúye permanecer muchos días en los “superpoblados y ruidosos” pueblos vecinos de 2000 habitantes. Cuando debe viajar, recorre a pie los 13 kilómetros hasta la ruta nacional 40, para esperar en la meseta abierta un colectivo que lo traslade a Gobernador Costa (a 115 km de distancia) o a Alto Río Senguer (a 90 km de distancia). Su contacto diario con el mundo exterior es una vieja pero fiel radio de AM, que sintoniza las señales en mayor cantidad y fidelidad que las actuales. Interiorizándonos de las particularidades de la zona, comenta que por los cerros vecinos deambulan burros salvajes, descendientes de antiguas tropas de carreros. Cuando los carros fueron reemplazados por camiones, los burros fueron liberados de su función. Desde entonces se reproducen libres. Como me nota dubitativo, extrañado por la noticia de la infrecuente presencia de esos animales en la zona, agrega como para despejarme de lo que supone mi ignorancia urbana: “Son como caballos, pero más chicos, con orejas largas”. Ante la consulta acerca de la existencia de rastros de los pueblos originarios, asegura: “No hay nada, solo tres chenques arriba del cerrito”. Quiero visitarlo y nos acompaña. Namuncurá es un hombre mayor, pero ágil y vital, como la mayoría de los que residen en el ámbito rural. Atravesamos el valle, con el suelo cubierto de un pasto ralo y disperso. Se evidencia una prolongada sequía. Al centro, una suave hondonada con pozones de márgenes desvestidas, es lo que queda del antiguo cauce del ausente arroyo Michiguao. Ascendemos por el faldeo hasta el pie de la pared de piedra que corona el cerrito. Es una afloración de roca volcánica, de techo plano, de 80 x 40 metros. A la totalidad de su superficie la ocupan 18 chenques-tumbas, en vez de tres. Algunos están abiertos y uno fue removido (se nota que décadas atrás) de tal modo que aparenta ser una trinchera. La elección del sitio como cementerio es la acorde con la cosmovisión indígena: desde allí la vista dominaba el valle y se pierde en la lejanía de las montañas de la cordillera. El paisaje es de una belleza árida. Abrir los chenques era una práctica muy común décadas atrás, pero por fortuna hoy en desuso. A un centenar de metros, desde la cima se divisa asomando encajonada entre unas bardas de piedra una inesperada laguna de aguas profundas y oleaje inquieto. Dan ganas de permanecer en compañía de los antiguos, pero las alturas expuestas al aire helado nos obligan a alejarnos. Al descender, piso una roca suelta y me caigo. Namuncurá no se puede contener y ríe con sonoras carcajadas. La suya es una risa honesta. De regreso, junto a las viviendas, de los manantiales que los proveían de agua potable solo queda el recuerdo. Pese a la carencia de un elemento tan vital, los propietarios mantienen la estancia con gran esfuerzo y sacrificio. Es por amor a su tierra y a la memoria de sus ancestros. Al anunciar nuestra partida, Namuncurá se muestra resignado a retornar a su condición solitaria. Sin embargo, en ese mundo austero, mínimo y apartado, es feliz. Allí, ese día de mayo de 2015, queda en compañía de los antiguos, que yacen en un sueño eterno.
Aún no lo sabemos, pero es el primero de muchos enterratorios-cementerios similares que en los años siguientes ubicaremos en una extensión de 140 kilómetros de faldeo de la sierra. Una sierra en la que los antiguos desplegaron un entramado de áreas de enterratorios, áreas ceremoniales con arte rupestre, áreas de cacería y áreas de residencia. En esa tierra antigua, agreste y áspera, el paisaje y el uso que le dieron los antiguos, puede ser leído. El aparente vacío desborda de pasado milenario. En las alturas que todo lo dominan, desde hace centenares de años los antiguos son parte del paisaje, recordándonos que desde los orígenes el humano era uno con la tierra.