Las pinturas de El Dobladero

martes 08 de marzo de 2022
Las pinturas de El Dobladero
Las pinturas de El Dobladero

Por Alejandro Aguado (Texto e ilustración)

Enero de 2002, Los Tamariscos, suroeste de Chubut. Disfrutamos la charla con Trudy Bohme, compartiendo mate en la cocina de su boliche-museo. Intercambiamos pareces e información acerca de lugares a conocer y del pasado de la extinta Colonia Ensanche Sarmiento (actual valle de Facundo) y sus vecindades. Los lotes de campo del valle funcionan como una extensión del pueblo Facundo. Sus habitantes trabajan en relación a esos establecimientos ganaderos y la mayoría están emparentados.

Desentrañar el pasado de la sociedad formada por exploradores, colonos e indígenas atrajo mi atención durante algunos años y concluyó en develarme parte de mi propia historia familiar. Allí se anclaban mis raíces por vía materna, con lo cual paso a integrar esa red de parentescos. Tal vez por ello me siento como en casa y regreso una y otra vez. Para que aprovechemos las horas de la tarde que tenemos por delante, Trudy nos indica cómo acceder a un sitio con arte rupestre, situado en las inmediaciones. Llevo años recorriendo y conociendo el valle. Es un espacio insospechadamente bello a la vista desde la ruta nacional 40, que se tiende en las alturas de la margen este. Es el turno de dejarlo para comenzar a adentrarme en la sierra, que aparenta ser una sucesión de cerros sin grandes atractivos.

Seguimos sus indicaciones. Medimos la distancia contando las tranqueras habilitadas y clausuradas en el alambrado que se tiende paralelo a la ruta. Accedemos a la que estimamos la indicada. Las distancias resultan engañosas y en los campos acertar los lugares suele depender de la interpretación del viajero y a la cantidad y calidad de referencias de quien las indique. Se basa mucho en la intuición y el saber leer los paisajes. El primer tramo de la huella se extiende por un espacio plano, monótono y de vegetación escasa. Nada indica que por allí se sitúe un sitio arqueológico. Cruzamos dos o tres tranqueras y accedemos a un gran bajo oculto a la vista desde la ruta. Abajo, en el fondo, una laguna de dos kilómetros de largo, a medio llenar. La humedad de varias vertientes y mallines verdean su trayecto hasta que desaguan en la laguna. Sobre la costa oeste, viviendas y arboledas. Al frente y en la margen sur, en lo alto, paredones de roca. En los del sur Trudy situó las pinturas. El problema es que el paredón se despliega en las alturas formando seis salientes separadas entre sí por pequeños cañadones. En total, mide unos siete kilómetros de extensión. En un tramo la huella se acerca al pie del faldeo. Trepamos dos pendientes pronunciadas e inspeccionamos los paredones y sus recovecos. No encontramos las pinturas y regresamos al auto. Es un día calurosamente seco y el esfuerzo físico se hace sentir. Abstraídos, conversando acerca de continuar la búsqueda o no. Una voz nos sobresalta:

“¿Llegaron hasta acá con ese autito?” Es el dueño del campo, al que no escuchamos ni vimos llegar pese al paisaje abierto. No le incomoda nuestra presencia desconocida. Se ríe de nuestra temeridad de adentrarnos en un auto Gol, que por su altura resulta totalmente inapropiado transitar las huellas camperas. Es primo de Trudy y viene de su campo en el valle de Facundo. Tras las presentaciones y explicaciones pertinentes, nos indica el lugar exacto. Nos faltaba recorrer otras cuatro salientes y caminar una distancia considerable. Posiblemente hubiésemos desistido antes de encontrarla. Encaramos a pie el trayecto restante. En ese sector, el suelo resulta extremadamente seco. Accedemos a la última saliente, que da forma a un cañadón que se cierra hacia el sur. Como en todos los sitios con arte rupestre, desde allí la vista panorámica hacia la laguna y el faldeo de la sierra se destaca por su belleza agreste y despojada. En una amplia superficie de roca lisa, protegida del viento, está lo que buscamos. Son tres o cuatro dibujos realizados en color rojo, en tamaño mediano y grande, en el estilo de Grecas, el más reciente de los siete existentes en Patagonia (de hasta 1.500 años atrás) Se trata de círculos y líneas quebradas, que combinadas forman figuras. Sin embargo, están incompletos, ya que se nota el faltante de varios paneles de la roca. Da la impresión que fueron extraídos. Para nuestra visión occidental, el motivo de mayor tamaño podría tratarse de un sol y sus rayos. Según interpretaciones más antiguas, puede plasmar la laguna y sus afluentes. Permanecemos algún tiempo disfrutando del lugar y finalmente emprendemos el regreso. Quince años más tarde, me señalarían que nos faltó conocer más pinturas en las inmediaciones.

Debido a la inexperiencia, nos provoca extrañeza la existencia de un sitio como este, a tan poca distancia de la ruta por la que se transita hacia varias localidades y destinos turísticos. Es como si en esas distancias dedicadas sólo a transitar, no existiera nada, como si fueran paisajes carentes de atractivos. El tiempo demostraría que es una apreciación errada. Este es el primero de los sitios que conozco dispuesto sobre la cara oeste de la sierra, donde los antiguos legaron registros de su cultura. En los años siguientes, en un tramo de 140 kilómetros, se sumarán muchos otros, intercalados con áreas de cementerios u enterratorios.

También en años posteriores, conociendo parajes vecinos observaremos El Dobladero desde los alrededores o desde la cima de algunos cerros, los colosos de la zona. De todos los dispuestos en el extenso faldeo, es el que menos pinturas y motivos contiene.

Nota: no se puede ingresar al lugar sin el permiso de los propietarios del campo.