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Una mirada interna

“El agravio es la razón de los que no tienen razón”

lunes 16 de agosto de 2021
“El agravio es la razón de los que no tienen razón”

A través de la observancia de los hechos cotidianos, y habida cuenta de la realidad que nos rodea, se puede ver que cada vez son más los actores sociales involucrados en “la búsqueda del tesoro” que refiere, lisa y llanamente a la supervivencia diaria.

Algunos las buscan dentro de las posibilidades que cada vez se van estrechando más, otros dentro de los pocos recursos que les van quedando y, tantos otros, en los tachos de basura.

En la vorágine de las emociones diarias sale al ruedo una sociedad que, por momentos, parece estar anestesiada y, en tantos otros, haber perdido el juicio.

Tantos aconteceres grotescos transitamos a diario que, si no fueran tan dramáticos, serían desopilantes.

En este tránsito ya acostumbrado entre la impotencia de no poder modificar, para bien, lo que nos sucede, y la desesperanza de no avisorar los cambios necesarios para que ello ocurra, se suceden los pasos de nuestra historia.

Cada día que llega nos deja algunas cosas y se lleva otras. En ese intercambio vivencial donde a veces se gana y a veces se pierde, se va construyendo la existencia y se va dando -o no- sentido al andar, a los pasos cotidianos, traducidos, finalmente, en experiencia de vida.

El círculo vicioso de la realidad parece arrinconarnos, tantas veces, en estadios de estancamiento que inhiben el crecimiento que conduzca a los vuelos propios, que transporten a la altura necesarias para trascender lo denso del andar cotidiano.

El agobio, que tiene que ver con el cansancio, pero también con la desesperanza, se constituye en la flecha de la incertidumbre que da de lleno, una y otra vez, en el corazón comunitario.

La cotidianidad rezuma una inequidad, tan constante y sostenida que, fortaleciendo el despropósito, se va adhiriendo, como costra, a la piel social.

Insistimos en sostener y acrecentar las confrontaciones que nos separan de tal manera que, a estas alturas de la realidad, ya supone una utopía, una aspiración insensata pensar, tan solo, en la unión social.

Jonh Donne afirmaba que: “Ningún hombre es una isla por sí mismo. Cada cual es un fragmento del continente, una parte de la tierra firme.”

Tierra firme es lo que hay, cada vez menos, bajo los pies comunitarios y lo que obliga a que cada uno busque salvarse como pueda produciendo una sociedad de fragmentados, cada vez más distantes de conformar el continente. Islas individuales buscando equilibrio en el desequilibrio, estabilidad en la inestabilidad, y seguridad en la inseguridad Como acuartelados existenciales amurallados tras los propios temores y desesperanzas.

Y seguimos avanzando hacia los engañosos puertos donde busca refugio la tambaleante embarcación social ante los embates del oleaje cotidiano.

¡Si pudiéramos reconocer cuál es la trama que subyace bajo el desconcierto cotidiano y cómo hacer para no quedar atrapados en sus hilos!.

Los “puntos ciegos” de la realidad parecerían ir aumentando en forma alarmante, limitando nuestra visión social y exponiéndonos a las situaciones que aún, estando frente a nuestras narices, no podemos percibirlas.

La realidad se encarga de echar leña al fuego donde se asienta el caldero social aumentando los desencuentros, las confrontaciones, las rivalidades…

El poeta Rumi afirmaba: “La ira es un fuego oculto. Si agregas palabras al fuego encontrarás el incendio más difícil de controlar”.

Tal vez, podríamos detenernos a meditar sobre este pensamiento y su relación con nuestra realidad.

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