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Ramón y Alzira: una historia pionera y de amor duradero que trasciende el paso del tiempo

Llevan 71 años de vida juntos y 65 años de casados. Ambos tienen una historia que arranca en tierras lejanas.
viernes 23 de febrero de 2024
Ramón y Alzira: una historia pionera y de amor duradero que trasciende el paso del tiempo

Alzira nació en Portugal y Ramón en Marruecos, aunque luego se nacionalizó portugués. Sus caminos, por separado, los llevó a Argentina, puntualmente a Comodoro Rivadavia, lugar donde se conocieron y desde entonces, nunca más se separaron. Aquí, encontraron el hogar para construir su familia: dos hijas, siete nietos y un bisnieto. En una charla con Crónica, reflexionan sobre la esencia de Comodoro, una ciudad que ha cambiado pero que conserva su identidad patagónica.

Romao de Sousa Pereira Mendonca, nació en la ciudad de Rabat, Marruecos, el 4 de julio de 1932 y cuando tenía entre 3 y 4 años su familia se mudó a Portugal, ya que su padre se encontraba trabajando allí en la construcción de un depósito subterráneo de hormigón para depositar vino. “Cuando se terminó la obra me agarraron, levantamos la valija y nos fuimos a Portugal. El tema era que yo tenía mi documento marroquí y en Portugal cuando empecé a ir a la escuela no me aceptaban en la institución, porque justamente era extranjero, además mi nombre era de origen francés, entonces tuvieron que naturalizarme portugués. Me buscaron el nombre más parecido al Ramón, en portugués era `Romao´, y así me llamo”, cuenta.

Ramón, como prefiere que lo llamen, apenas asistió a la escuela hasta cuarto grado. “En Portugal, a los 12 años, ya era hora de trabajar”, comenta. Llegó a Comodoro a los 16 años y se involucró en la construcción, inicialmente trabajando con su padre en la calle Alem y Rivadavia.

Por su parte, Alzira Martins Silvestre, nació en Portugal, el 18 de abril de 1937. Ese mismo año su padre arribó a estas tierras de Comodoro Rivadavia para encontrar un futuro mejor para su familia. “Mi papá vino en el año ‘37, cuando yo prácticamente nací, porque ya tenía sus hermanos acá. En ese entonces se podía venir siempre y cuando los familiares mandaran una carta que se les llamaba la carta de llamada, por intermedio de esa carta ya empezabas a iniciar los trámites. Yo me quedé con mi mamá, en Portugal en la casa de mis abuelos, hasta que vinimos a Comodoro en el 48. Cumplí mis 11 años acá”, recuerda.

El padre y los tíos de Alzira tenían en esta ciudad lo que se llamó la quinta “La francesa”, una chacra dedicada principalmente a las verduras. “Mi padre trabajó en las verduras, hasta que llegué prácticamente, luego comenzó a trabajar con los camiones”, dice.

Alzira dejó la escuela después del quinto grado, sintiéndose incómoda por la diferencia de edades con sus compañeros. “Yo, en Portugal estaba cursando el tercer grado y cuando llegué a Comodoro, una tía de aquí, insistió en que continuara el colegio” dice y agrega, “ella misma me llevó a rendir un examen para ingresar al primario. Entonces me tomaron un dictado. Escribía lo que podía, porque no entendía el idioma y el dictado era lo que escuchaba y captaba para escribir. Bueno, finalmente me pusieron en segundo grado”.

Esos primeros años en la escuela 24, Alzira los transitó en lo que es actualmente el “Don Polski”. “Era otro tipo de edificio, un salón con chapa. Ahí funcionaba el primario hasta que empezaron a construir la escuela 83. Yo fui hasta quinto grado porque ya me consideraba muy mayor para continuar el colegio, me sentía incómoda por la diferencia de edades que había”, dice Alzira.

“En esta foto tendríamos unos 22 o 23 años. Mi papá era el que hacía los asados”, recuerda Alzira al mirar el retrato junto a su familia en Manantiales Behr. “Mirá la pinta que tenía el muchacho para ir a un asado, con corbata y jetón”, dice Ramón entre risas, señalándose a él mismo. 

El momento en que se conocieron

Aunque Alzira ya había cruzado miradas con Ramón mientras él trabajaba con los camiones, su relato del momento en que se encontraron cara a cara está impregnado de una chispa especial.

Alzira relata: “Por un tiempo, yo viví en la casa de unos tíos, en Rivadavia al 1500. Mi papá había vuelto a formar una quinta para trabajar con la verdura y yo, como estaba todavía en el colegio me vine a vivir con un tío y su matrimonio. Ellos tenían un almacén, entonces mi tía, se encargaba del almacén mientras él trabajaba en otras cosas. Yo por ahí me metía en el almacén, iba a ayudar un poco después del colegio y un día, este señor- lo señala a Ramón- fue a comprar. No sé, si fue con intención de comprar lo que iba a comprar, la cuestión es que él fue por una cosa y yo le le di otra, me equivoqué”, dijo entre risas a lo que Ramón responde “o lo hizo a propósito, por los nervios”.

Fue así cómo se conocieron, y a los 15 años de ella, ya andaban noviando. “Alquilamos una casa y cuando yo tenía 16 años, ya había dejado el colegio y por supuesto empecé a trabajar”, dice Alzira y agrega “trabajaba en el centro, en la tienda Buenos Aires. Estuve trabajando allí tres años”, cuenta.

Alzira y Ramón estuvieron de novios durante siete años. “Después ya andábamos organizando como quien dice, el casamiento. Nos casamos, siempre alquilamos hasta que pudimos construir nuestra propia casa” y agrega “todo el proceso fue largo, porque había que trabajar y juntar plata para la casa. Mi marido dejaba de trabajar con los camiones, volvía y levantaba las paredes, porque gran parte de esta casa, está hecha por él. Al otro día, nuevamente arriba a las 6 de la mañana, para ir a trabajar, y así”.

En ese momento, Ramón se encontraba trabajando con su suegro, con camiones en el transporte de arena y pedregullo “que nosotros mismos cargábamos con la pala, los dos y lo descargábamos”, recuerda Ramón. “Seguí con él, con los camiones por mucho tiempo y después tuve un corralón de materiales de construcción con mi hermano. Después, dejé los materiales de construcción y empecé a trabajar con una empresa petrolera. Todos los días iba hasta Cerro Dragón a llevar mercadería”, cuenta Ramón señalando cómo se reinventó en los variados trabajos que tuvo.

Alzira y Ramón, en su juventud.

Comodoro en aquellos tiempos…

Rememorando los días de antaño en Comodoro, Ramón y Alzira comparten recuerdos imborrables, especialmente de su llegada inicial a la ciudad. “El viaje desde Buenos Aires hasta San Antonio fue en tren, y de San Antonio a Comodoro, en micro. Toda la calle era de tierra, por supuesto. Llegué un 30 de julio, en pleno invierno. Recuerdo mirar la ruta interminable, cubierta de nieve”, cuenta Alzira, sintiendo hasta el frío de aquella época.

Añade: “Cuando llegamos, nos instalamos en la calle Belgrano al 900, en un espacio diminuto con una sola habitación y una cocina. Era bastante reducido e incómodo, pero no es que en Portugal viviéramos de lujo. Con mi mamá vivíamos con mis abuelos, ella ayudaba a mi abuelo en el trabajo y así sobrevivíamos”.

Asimismo, Alzira recuerda un detalle peculiar de aquellos días: “Cuando llegamos, lo que más me llamó la atención fue ver al policía en el cruce de Belgrano y San Martín, parado en una garita en medio de la calle, vigilando en todas direcciones. Era algo que no había visto antes y me parecía curioso”.

Algo significativo que destacó, fue la participación que tuvo su padre y su tío en la construcción de la “Escuela Hogar”, ahora conocido como el Liceo Militar. “Mi papá ya estaba involucrado en el transporte con camiones junto a mi tío. Él llevaba al personal por la mañana a trabajar en la Escuela Hogar, que hoy en día es el Liceo Militar. Mi tío tenía el contrato y mi papá colaboraba con él”, relata.

Zanjones de los que habla Ramón, en la loma. Archivo Teo Nurnberg.  

Ramón, por su parte, recuerda que “en la loma habrían 20 casas, más no” y se refirió a las discontinuidades que tenía el terreno en esa región. “Por esta zona había zanjones. Uno que venía de abajo de la calle Alsina y llegaba hasta arriba a la altura de Rawson y había otro zanjón, que llegaba hasta dónde está la Alem y Ameghino” dice y agrega: “Aunque pareciera increíble los zanjones de la ciudad, están rellenos de lana que no servía, de Casa Lahusen. Toda la lana sucia que se rechazaba de las máquinas que enfardaban la lana, en vez de tirarla a la basura, la tiraban ahí”.

Aunque Ramón se dedicó al rubro de la construcción durante muchos años, en un momento de esta entrevista, confiesa: “La verdad es que el viento hacía que no me gustara tanto. Me daba mucho miedo estar arriba en los andamios con vientos de 120 km/h. Imagínate lo que eso significaba para nosotros, que veníamos de un lugar donde un viento fuerte era de 30 km/h. Allí, aunque tuviéramos 42 grados en verano, la presencia abundante de vegetación mitigaba el calor, haciéndolo más tolerable. Pero aquí, con 40 grados y un clima seco, el calor era sofocante porque no había nada, ningún árbol en los alrededores”.

Muchas de las edificaciones de la calle Alem, entre Rivadavia y Rawson, fueron construidas por Ramón y su padre. Incluso, el primer taller donde funcionaba este diario Crónica, es de su propiedad. “Yo era chico y era el que manejaba los papeles del alquiler y todo eso era de mi viejo. Yo iba como aprendiz nada más. Me acuerdo de una máquina gigante, que estaba en el medio del lugar, también me acuerdo de uno que lo llamaban ´lente ágil´, un tipo grandote”. Hasta el día de hoy, Ramón y Alzira reciben cada edición de este medio en la puerta de su casa, “el diariero no nos falla nunca”, dicen.

Retratos de la familia Pereira.

Salidas con amigos y los infaltables asados en Manantiales Behr

Por supuesto, no podían faltar los momentos de diversión. Ramón cuenta que “los sábados solíamos ir al cine y después de la función, hacíamos una parada obligada en el copetín al paso en la calle San Martín, justo donde ahora está Don José Hogar. Nos tomábamos un porroncito de cerveza y una porción de pizza. Luego tomaba el micro que venía desde San Martín en donde está ahora La Anónima, por Rivadavia, hasta el almacén La Paloma. Después volvía por Rivadavia hasta La Anónima de nuevo. Yo solía bajarme en la calle Alem y Rivadavia”.

Las salidas con amigos eran otro componente esencial. Alzira comparte con nostalgia: “Siempre me encantó bailar. Nos reuníamos con unos amigos, compartíamos cenas en mesas largas y siempre en la nuestra había carcajadas. Pero cuando la orquesta empezaba a tocar y todos se levantaban para bailar, Ramón y yo nos quedábamos sentados porque él no bailaba. ¡Me daba tanta bronca, no tienes idea de lo mucho que sufría!”, cuenta entre risas y cierto rencor divertido al mismo tiempo.

Era tanta la negación de bailar que Ramón confiesa: “Nunca me gustó bailar, desde que era joven. En Portugal, mi padre tenía una casa grande con un salón donde organizaban bailes los sábados por la noche. Con 14 o 15 años, en lugar de ir a bailar, me sentaba en una escalera que llevaba al lugar donde tocaban los músicos y me quedaba dormido allí. Cuando llegué acá, no sabía bailar y todavía no sé” dijo riendo, aunque señala que “el único baile que bailo con mi señora es el paso doble”.

Barrio 9 de Julio, donde se puede ver la rotonda de la calle 13 de Diciembre. Año 1950. Foto José González. Archivo Teo Nurnberg. 

También rememoran las tardes de asado, juegos y picnics en Manantiales Behr con sus familias. “Esta foto la tomamos en la quinta de Manantiales, era una fiesta. Nos reuníamos, tocaban el acordeón, se formaban bailes... Mi papá era el asador oficial”, recuerda Alzira con cariño, mientras señala un cuadro. “Nos juntábamos en la caja del camión y allí íbamos. Era normal viajar en la carrocería del camión, algo que hoy en día no se permitiría”.

La historia de Ramón y Alzira resalta el arraigo y la devoción por Comodoro Rivadavia, una ciudad forjada por pioneros que enfrentaron desafíos climáticos y geográficos con determinación y coraje.

“De Comodoro no me saca nadie, nunca me iría de aquí, aunque pudiera vivir mejor en otro lugar”, dice Alzira mostrando su amor por esta tierra que la vio crecer. Por otro lado, Ramón, con su característico humor, reflexiona sobre el clima ventoso de la región y la perseverancia de sus antepasados: “¿Por qué nuestros ancestros eligieron un lugar con tanto viento, cuando había opciones mejores?”, exclamó sonriendo.

Estas citas destacan el profundo vínculo emocional que Ramón y Alzira tienen con su ciudad, subrayando el legado de valentía y tenacidad de aquellos pioneros que la construyeron y la convirtieron en su hogar.

La pasión por el club Jorge Newbery

La pasión futbolera corría en la sangre de la familia, quienes eran fervientes seguidores del Club Atlético Jorge Newbery. “Mi papá iba a la cancha y mi tío también, a pesar de que él era hincha de Newbery y mi tía de Huracán. Además, dos primos míos empezaron a jugar al fútbol. Los Silvestre”, relata Alzira con nostalgia.

Esta afición se convirtió en una rutina dominical, donde Ramón también se involucró en el club, brindando su ayuda con el traslado de materiales para la construcción de la tribuna e incluso llevando a la hinchada a partidos en canchas distantes. “Cuando el equipo jugaba fuera, venía la hinchada y golpeaba nuestra puerta para ver si el Sr. Pereira los podía llevar en los camiones. Así que todos subían a la caja”, rememora Alzira.

Carnet de socio del club Jorge Newbery. 

Desde la ventana de su casa, se divisaba el perfecto ángulo de la hinchada del club. “Yo miraba desde aquí y si veía un espacio vacío, me apuraba para ocuparlo”, agrega con picardía.

Sin embargo, esta tradición familiar tomó un giro triste cuando uno de los primos de Alzira, quien era jugador del equipo, sufrió un accidente fatal a los 33 años. “A partir de ese momento, sentíamos nostalgia al ir a la cancha y no verlo jugar. Yo adoraba a ese primo, teníamos una conexión especial. La última vez que lo vi fue en la cancha de Talleres. Él ya no estaba jugando, pero siempre venía cariñoso a saludar, llevando de la mano a su hijo. Esa fue la última vez que lo vi. Después tuvo un accidente en la ruta, él y su hijo fallecieron. A partir de entonces, mi papá dejó de ir a la cancha”, concluye con un dejo de tristeza en su voz.

Más allá de aquella situación que dejó una huella en sus corazones, la pasión y el amor por el club se mantienen intactos.

 

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