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Ascenso a Sierra Colorada

Por Alejandro Aguado / Texto e ilustración
domingo 27 de noviembre de 2022
Ascenso a Sierra Colorada

Sierra Colorada se sitúa en el noroeste de Santa Cruz, entre la cordillera de los Andes y tierras de estepa. La circundan rutas de tierra por el oeste, norte y sur. Si no se va con la intención de adentrarse en su geografía, es uno de esos lugares que muy difícilmente se conocerá.

La contornean paisajes muy variados de peculiar belleza: la margen sur de la meseta del Lago Buenos Aires, la cordillera de los Andes, y un enmarañado de montañas de rocas terrosas y multicolores o de antiguas rocas redondeadas y pulidas por el clima y el tiempo. Transitar entre esas montañas es como hacerlo por un laberinto. A sus lados se despliegan los lagos Salitroso (que se suele secar en verano y es una gran área de antiguos enterratorios indígenas) y Ghío. El Ghío, de 15 kilómetros de extensión, recibe agua de los ríos Columna y Corretoso, y no desagua hacia ningún lado. Sus aguas emanan un olor similar al del mar, pero al probarla resulta dulce. En sus costas se encuentran piedras que parecen esculturas hechas por humanos, pero que son obra de la naturaleza. Sus formas peculiares originaron en la región chilena vecina de Cochrane una leyenda sobre la existencia de muñecas de piedra de propiedades malignas.

En la cara norte de la sierra, el clima y el viento desvistieron en las alturas macizos rocosos de paredes verticales rematados en picachos puntiagudos. Parecieran ser torreones de catedrales. A mitad de los 20 kilómetros de extensión de la sierra se abre una profunda grieta de pendiente pronunciada. Por la grieta fluye un arroyo que vierte sus aguas en un valle que contiene las lagunas Colorada, de Los Juncos y Misteriosa. Las aguas de la laguna Misteriosa (de 1.000 x 700 mt), poseen propiedades curativas y la habita una especie de diminuto hipocampo transparente. Los días de viento se agita con un intenso oleaje. En el valle se asientan las dependencias de una estancia.

 

El ascenso

En el transcurso de varios años recorrimos en vehículo o a caballo la geografía montañosa de la estancia. Como recuerdo de los primeros colonos, dispuestas en sitios alejados entre sí, perduraban ruinas de tres antiguas viviendas edificadas con ladrillos de adobe. Siempre había algo nuevo por descubrir. A un centenar de metros de la vivienda principal desaguaba el arroyo proveniente de lo alto de la sierra Colorada. Vista desde el valle, la grieta parecía descolgarse desde la base de un picacho puntiagudo.
En una ocasión con mi padre encaramos el ascenso a la sierra. Adoptamos como ruta el curso del arroyo, que se abría al valle fluyendo por un angosto y profundo cañadoncito de paredes verticales labrado en rocas tobas. A ese sector lo habitaban familias de Pilquines colorados, cuyo aspecto se asemeja al de ardillas de gran tamaño. A continuación el cañadoncito se transformaba en un hondo y laberíntico canal de formas redondeadas y suelo cóncavo, horadado en la roca blanda por el agua. El canal se interrumpía en una pequeña cascada y mutaba al típico arroyo pedregoso de montaña. Al primer tramo de la grieta lo ascendimos como si lo hiciéramos por una escalera, de roca en roca. A medida que la pendiente se empinaba y se estrechaba el paso, el tamaño de las rocas aumentaba de tamaño y nos forzaba a escalarlas. Formaban una sucesión de piletones y cascaditas. A los lados se elevaban paredes verticales de entre 50 y 100 metros de altura, de roca pulida. Finalmente, arribamos al picacho puntiagudo. Desde el casco de la estancia se lo divisaba como el punto de mayor altura. Erróneamente, lo creíamos la cima y el origen del arroyo. A un lado ubicamos varios parapetos con forma de corralitos, con paredes de piedras apiladas. Continuamos adentrándonos en un laberinto de picachos. El arroyo se originaba en un mallines aterrazados o de suelo tipo tundra, de varios metros de espesor. Era como una especie de esponja anclada entre roqueríos, un reservorio natural de agua. Aún estábamos lejos de alcanzar el punto más alto de la sierra. Hacia un lado se desplegaba un valle pastoso que nacía al pie de un gran cerro desprovisto de vegetación. En lo alto se elevaba otro cerro más pequeño de forma cónica. Continuamos ascendiendo hacia el cerrito en las alturas. Ascendimos por el filo de crestas de suelo gredoso para evitar laderas y varios cañadones. El último tramo lo encaramos por una desértica planicie inclinada. Para entonces nos habíamos quedado sin agua. Debido a la sed y el cansancio, cada kilo de lo que transportábamos en las mochilas parecía multiplicarse por diez. Finalmente, alcanzamos la verdadera cima. Sobre su lado oeste el viento se descargaba con furia y no nos permitía permanecer en pie. Del suelo terroso, de un costado de la cima, brotaba una vertiente. Pisoteada por guanacos se había transformado en un barrial. Afloraba en lo que era el techo de la sierra, a casi 1500 metros de altura. Con varias piedras planas improvisé unas piletitas en la que lentamente se acumulaba el agua barrosa. Luego la filtraba con un pañuelo y la tomábamos utilizando el estuche de plástico de un rollo de fotos analógicas. Repusimos energía y pudimos dedicarnos a disfrutar de imponentes panorámicas. Hacia el suroeste se desplegaban más de 50 kilómetros del valle que albergaba los lagos Posadas-Puerredón/Cochrane. Al fondo, a más de 70 kilómetros de distancia, se imponían las montañas cordilleranas del parque nacional Perito Moreno (no confundir con el del glaciar del mismo nombre) y el monumental monte San Lorenzo (el 2do más alto de Patagonia). Al girar la vista hacia el norte, a la distancia se destacaban los altos faldeos verticales y el techo de la inmensa meseta del lago Buenos Aires. En un extremo de la meseta el Monte Zeballos y a su pie un glaciar. Debajo divisábamos los lagos Ghío y Columna. Disfrutábamos a simple vista de paisajes que abarcaban centenares de kilómetros. Eran lugares difíciles de conocer, situados en parajes recónditos. Se accedía con vehículos aptos para circular por rutas de tierra de suelo áspero y pedregoso. Girando 360 grados abarcábamos con la vista inmensidades, de las que solo conocen los estancieros de la zona o viajeros aventureros. El regreso nos demandó varias horas. Al día siguiente nos dolían todos los músculos del cuerpo. En total, fueron nueve horas de una experiencia que superó nuestras expectativas.

Varios meses después, incentivado por nuestra experiencia, hubo quien intentó el mismo camino en solitario. A mitad de ascenso por la grieta debió emprender el regreso de forma abrupta. Un águila de gran tamaño lo atacó y acosó gran parte del trayecto y se tuvo que defender tratando de desviar las embestidas con un palo. En comparación, nuestro ascenso fue agotador pero placentero.

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