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La prostitución reglamentada en los primeros años de Comodoro Rivadavia

sábado 20 de agosto de 2022
La prostitución reglamentada en los primeros años de Comodoro Rivadavia
Los bares del "centro" cargaban con la sospecha del ejercicio de la prostitución. Foto: Archivo Histórico Municipal.
Los bares del "centro" cargaban con la sospecha del ejercicio de la prostitución. Foto: Archivo Histórico Municipal.

Mariné está entre los mejores contribuyentes de la Municipalidad. No tiene un negocio cualquiera, explota una casa de tolerancia, ramo que abunda desde hace años en el pueblo. Detrás de su acento francés, se esconde una historia que cuenta cada tanto, cuando alguien la quiere escuchar. Dice que un novio la trajo a Argentina, engañada porque acá la inició en el negocio de la prostitución. Con los años, se hizo “madama” y ahora maneja el prostíbulo grande que, junto con el chico, son los más conocidos.

Está casada con Alfebo Gratti, dueño del cabaret, que está en Rawson y Belgrano. Lo más llamativo, aparte del centenar de mujeres que trabajan en él, es una columna dorada y el palco del primer piso. Hay muchos cuartos, divididos en tres corredores, después del consultorio por donde debe pasar cada cliente para poder disfrutar después de los servicios.

Abundan los cafishios y los negocios del ramo en esta zona. Los primeros, a veces, se hacen pasar por chauffeurs, aunque cada tanto los descubren y engrosan el prontuario en la Policía.

También son muchos los clientes, hombres solos que llegan en busca de un futuro mejor, sea en la actividad petrolera, la ferroviaria o las obras del puerto. Como Mary “Mariné” Rovello hay otras mujeres que el dedo de la moral señala. Estela, Sofía, Dolores, Anita, Berta, Irma, Frieda, Rosa y muchas otras, inscriptas como pupilas en la Municipalidad.

Casi todas son extranjeras y trabajan en alguno de los negocios legales, controlados estrictamente por las ordenanzas. Bajo su amparo y control, estaba permitido ejercer la prostitución, fuera del radio céntrico.

Data de 1914 la primera ordenanza, donde se indica la parte de la ciudad que puede destinarse a este comercio y se define que las casas de tolerancia son aquéllas “habitadas por prostitutas y en las que éstas ejercen su comercio”(1).

Los prostíbulos están por la calle Belgrano porque ése es el límite que se les ha fijado en la reglamentación. Nada escapa a estas ordenanzas. Desde el pago de los impuestos hasta la higiene y la moral están protegidas en los artículos que regulan la actividad.

La legislación vigente para los Territorios Nacionales, como el del Chubut, establece que no pueden estar a menos de dos cuadras de los templos y escuelas. Aquí se los ubica en el espacio físico donde las autoridades creen que está lo suficientemente lejos para no tener que verlas y lo suficientemente cerca para controlar y hacer uso de ellas.

“Detrás del cerro, del Chenque chico, era zona de los cafishios y prostitutas. Estaban las pompas fúnebres pero a ésos que les podía interesar los despioles, sólo a los que iban a llorar los muertos”, recordará Matilde Diez al finalizar el siglo (2).

Otro motivo de tensión entre el pueblo e Y.P.F.

El control sobre la prostitución es uno de los trofeos en la lucha de poder entre el pueblo y los Yacimientos Petrolíferos Fiscales. La empresa estatal provee gas y agua al pueblo. Además, cubre todas las necesidades de sus obreros y empleados, menos la compañía ocasional de una mujer, para lo cual está, justamente, el pueblo.

“En la calle Belgrano desde la Rivadavia a la Dorrego, había más gente que en la San Martín, sobre todo cuando bajaban los tipos de los campamentos, que venían una vez por mes, cuando cobraban” (3).

Si bien la Administración de Y.P.F. no ve bien la prostitución y lo expresa reiteradamente, tolera la necesidad de contar con esta actividad en un lugar donde hay tantos hombres solos. Claro que las autoridades de la empresa no piensan lo mismo cuando encuentran a uno o varios trabajadores con alguna enfermedad venérea. La fuerza laboral se ve debilitada y es entonces cuando hay que buscar un culpable.

Los sucesivos administradores arremeten contra las autoridades del pueblo. Estas toman medidas, dictan nuevas ordenanzas, ejercen presión sobre las casas de tolerancia y esperan que esto conforme a Y.P.F.

Como señalará décadas después Patricia Fuentes, se respira la “tensión entre la inevitabilidad de su práctica y su condena moral” (4). El primer antecedente documental de esta lucha es de 1919, cuando Y.P.F. era aún la Explotación Nacional de Petróleo. En febrero de ese año, su administrador responsabiliza a los prostíbulos establecidos en el pueblo y, por ende, a sus pupilas de las enfermedades venéreas del personal de la empresa.

El resultado que sostiene esta denuncia es que sobre 104 obreros asistidos, treinta y tres habían ingresado al consultorio con diagnóstico de sífilis, blenorragia y otras enfermedades de origen venéreo contagiosas. Ante esta preocupación, el administrador “solicita al señor presidente de Concejo se haga más estricta la fiscalización de las pupilas de las casas de tolerancia de ese municipio, rogándole encarecidamente la conveniencia de que se le preste real importancia a este asunto, para beneficio del personal obrero en general” (5).

Los "chauffeurs" son mal visto porque los "cafishios" se hacen pasar por ellos para esconder su verdadera actividad productiva. Foto: Archivo Histórico Municipal

Todo bajo control

Aceptada como mal necesario desde muchos sectores, la prostitución legal supone muchas obligaciones, para los dueños de las “casas de tolerancia” y para sus “pupilas”. Los primeros deben tener lugares de acuerdo con las reglamentaciones y, sobre todo, pagar elevados impuestos, sin retrasos ni intentos de evasiones. Las segundas tienen que inscribirse como tales, someterse a estrictos controles sobre su salud y no mostrarse ante las familias “bien constituidas” del pueblo como mujeres de vida “licenciosa”.

Los propietarios de los establecimientos pagan al municipio 200 pesos cada tres meses. El pago es indefectiblemente por adelantado, a diferencia de otras actividades, cuyos impuestos son más bajos. Por ejemplo, quien tiene una mesa de billar debe abonar un impuesto de 20 pesos anuales, lo mismo que calesitas, góndolas y otras diversiones similares.

El mantenimiento del edificio es otra obligación ineludible de los dueños de casas de tolerancia. Debe estar “en perfecto estado de limpieza y con las paredes empapeladas o bienpintadas y con una suficiente ventilación, según rezan las ordenanzas, por razones de moralidad e higiene”(6).

 

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No pueden tener signos exteriores visibles que las distingan de las demás casas: “Las celosías de ventanas cerradas, la puerta abierta de par en par, la puerta cancel cerrada, sin objetos exteriores o interiores que indiquen la actividad que allí se desarrolla”(7).

En estos locales no se puede vender bebidas alcohólicas ni permitirse el ingreso a menores de 18 años. También se establece como horario límite para el cierre las 24:00, salvo que den bailes, previa solicitud de permiso a la Inspección de Higiene Municipal y previo pago del impuesto correspondiente.

Están prohibidos los “escondrijos” en paredes, pisos o muebles, en los cuales se puedan ocultar una o varias personas.

Cómo viven las “chicas de vida fácil”

La vida de las pupilas no es sencilla, aunque se piense lo contrario. A su intenso horario laboral se suma un riguroso control de sus vidas públicas y privadas.


No pueden exhibirse en las calles, ventanas ni balcones o llamar a los transeúntes. Pero además, les está prohibido andar en las calles o parajes públicos, “andar vestidas con trajes deshonestos ni en grupos de más de dos” (8).

Entre sus obligaciones, está la de inscribirse en el registro del dispensario. Para hacerlo, deben ser mayores de 18 años y declarar su expresa voluntad de ejercer la prostitución. Con ello, y previo pago de diez pesos, tienen derecho a una libreta y planilla de sanidad que deben renovar todos los años.

Ellas y su gerente (también considerada prostituta) están obligadas a “someterse dos veces por semanas y en cualquier otro momento, a la inspección sanitaria, la que será efectuada por el médico del dispensario”. Quienes no pasan por el consultorio son consideradas enfermas, sin poder ejercer su trabajo hasta tanto se constatara su sanidad.

Las prostitutas enfermas no pueden permanecer en la casa de tolerancia. El lugar donde irán es decidido por la Municipalidad, que también prescribe recetas para la higiene y para algunos males propios del contacto sexual.

La higiene de las pupilas se debe hacer con 20 gramos de bicloruro de mercurio, otros tantos de sal de amoníaco y 1000 granos de agua destilada. Se diluyen dos cucharadas soperas de esta preparación en dos litros de agua. Para curar ladillas, la Municipalidad aconseja una mezcla que contiene 175 gramos de thimol, 25 de Calomel, 23,25 de vaselina y 50 de lanolina.

Cada pupila debe tener su habitación propia, un espacio cúbico de tres metros de ancho por otros tantos de largo, lo mismo que de alto. La Ordenanza de 1927 menciona que la pieza tiene que estar “pintada al aceite, con piso de madera o mosaico, cielorraso de yeso, sin imágenes ni escritos en las paredes”.

Las pocas salidas, controladas y con el dedo acusador

Casi nunca se las ve por las calles, en el cine o en una función de teatro. Esto no se debe a que no les interese nada más que el trabajo, sino a que las pupilas no pueden salir más que dos veces por semana un par de horas, según lo reglamentado por el Honorable Concejo Municipal.

Si regresan a la casa de tolerancia después de las 20:00 hay multa. Si no avisan a la Municipalidad dónde van ni piden permiso, pueden quedar suspendidas. Si se usan ropa “inapropiada” serán sancionadas. Si son más de dos, deberán atenerse a las consecuencias.

Pero por fin llega el día. Tienen dos horas para pasear por las calles, comprar, hacer algún trámite.

“Las chicas salían los martes y jueves. Las mujeres del pueblo se retiraban por donde ellas pasaban o compraban. Me buscaban porque decían que yo las atendía bien, encargaban tortas cuando tenían un cumpleaños, eran mujeres muy respetuosas” (9).

Pese al desprecio que deben soportar por el solo hecho de salir de las puertas de las casas de tolerancia, las pupilas aprovechan cada minuto de libertad. “Los jueves, cuando yo iba a costura con la señora de Narvaiza, decía ‘ah... hoy no viene la señora del Dr. Bello porque hoy vienen las pupilas’, que pagaban muy bien. Un vestido estaba pagado con el trabajo de una noche” (10).

 

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Además de las salidas, los motivos por los cuales se reunían o no trabajaban también debían ser conocidos por las autoridades municipales. Incluso, las pupilas de origen judío tienen que explicar sus fechas religiosas, incluso, para poder cumplir con el ayuno total que su culto les impone en el Día del Perdón (Yom Kipur), festejar Rosh Hashana (año nuevo) o el Pesaj (Pascuas).

Si la liturgia impone el encuentro, es motivo de análisis del comisionado municipal, quien decide si las pupilas pueden practicar la religión en estas fechas.

Numerosas notas llegan cada primavera a la Municipalidad para que atienda estas situaciones.

Explotación y los primeros derechos

No es extraño que muchas mujeres lleguen al pueblo para trabajar en el negocio, estar un tiempo e irse a Río Gallegos o a otros lugares del vastísimo sur argentino. Algunos observadores, que ven más allá del maquillaje, los trajes vistosos y los collares de perlas, señalan que desde 1920 funciona aquí un centro de adiestramiento de la organización judeo-polaca Zwi Migdal. La entidad tiene sede central en la avenida Córdoba, en Buenos Aires, desde donde maneja la explotación de dos mil prostíbulos, en los cuales trabajan unas 30.000 mujeres.

Primero tenían dos casas en Comodoro Rivadavia, pero llegarán a ser ocho, donde atenderán a los clientes unas 300 pupilas manejadas por la organización, de acuerdo con investigaciones posteriores (11).

Recién a finales de la década del 20, las resoluciones hablan de los derechos de estas mujeres. “Es entonces que aparecen ciertas disposiciones para proteger a las prostitutas de la explotación desmedida. Así se establece que son libres de ingresar o dejar una casa de tolerancia, previo aviso a la Inspección Municipal de su nuevo domicilio y en ningún caso podrían ser retenidas u obligadas a permanecer en las casas por deudas, como tampoco debían ser objeto de actitudes violentas como castigos o malos tratos” (12).

Pero este aspecto de la legislación no es tan severamente cumplido como las obligaciones tributarias o de sanidad. Por el contrario, los ‘cafishios’ seguirán existiendo, las actitudes violentas no desaparecerán y dejar una casa de tolerancia será difícil para quienes allí trabajan.

 

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El estigma de la prostitución

Como ejemplo de lo dicho, en octubre de 1935, Francisca Novakova o “Irma”, pupila del lenocinio (13) de Frieda Knöpfler, es lastimada, por abuso de armas y lesiones graves. Aunque Fabián Blaschuck es denunciado como autor, la policía desestima la situación y califica el hecho “de índole pasional”.

Otro caso involucra a un inspector del Municipio, por lo cual su desenlace es aún más previsible: “en este sumario necesariamente tendrían que deponer mujeres prostitutas, cuya declaración no merece la fe de la verdad por sus propios antecedentes y condiciones”.

Algunas pupilas se establecen en la ciudad. Encuentran un hombre con quien casarse, forman una familia. Pero llevan el estigma de su pasado, que las diferencia de las demás mujeres. En marzo del ´39, un grupo de personas –casi todos, hombres- de Chacabuco al 1000 denuncia que unos vecinos han hecho de su residencia una casa de tolerancia y piden que “desalojen a los citados inquilinos que atentan contra la moral”. Allí viven Arsenio Manteca y su esposa, Julia Frizzarino.

La Policía investiga y lo único que encuentra es el pasado de la mujer, que se había desempeñado en una de las casas de tolerancia del pueblo. Esta vez, la denuncia pasa al archivo sin más trámite porque “al parecer, el origen de la denuncia se trata de rencillas propias de vecinos”, según señala la resolución policial.

Informa además que tres de los 17 firmantes tienen antecedentes: uno de ellos con dos procesos por lesiones, captura recomendada por homicidio (tanto de Chubut como de Santa Cruz) y cuatro entradas.

El testimonio de Dominga Almada, décadas más tarde, ilustra las alternativas para las mujeres que dejaban de ser prostitutas. “Dos amigas que trabajaron con Mariné se casaron bien. Una, con un militar; la otra, una turca que tenía el pelo por la cintura, con uno que tenía acciones en la empresa de aviones. Las dos se fueron con sus maridos a otras ciudades. Por la gente ¿vio?.

Acá vinieron mujeres profesionales y chicas muy pobres que ayudaban a sus familias. Las cambiaban permanentemente de lugar, en especial con Río Gallegos. A la Rosita, una chilena, ¡pobrecita!, la mató de un tiro mientras dormía un ricachón que tenía estancias por acá, que nunca había trabajado. Todo porque él se enteró de que ella estaba juntando plata para volverse a Chile. Cuando la encontraron, el perrito que tenía estaba acurrucado al lado suyo. Zulema, otra de las chicas de Mariné, murió cuando se cayó de un cerro y la punta de una piedra le rompió el hígado. Todas las chicas juntaron plata para mandarla en un coche fúnebre a Buenos Aires. ¿Usted sabe lo que eso costaba?”(14).

 

Extraído del libro "Crónicas del Centenario" editado por Diario Crónica en 2001

Referencias en la nota

(2) Crónica. Entrevista a Matilde Diez. Mayo de 2000.

(3) Crónica. Entrevista a Clara Riera. Mayo de 2000.

(4) Fuentes, Patricia. Ob. Cit.

(5) 

Archivo Histórico Municipal. Libro de Actas y Sesiones del Comisionado Municipal. Año 1919.

(6) Fuentes, Patricia. Ob. Cit.

(7) Archivo Histórico Municipal. Libro de Actas y Resoluciones del Comisionado Municipal. 1927.

(8) ídem 6

(9) Crónica. Testimonio de Clara Riera. Mayo de 2000.

(10) Crónica. Testimonio de Matilde Diez. Mayo de 2000.

(11) Sebreli, Juan José. “Buenos Aires, vida cotidiana y alineación”. Ediciones siglo XX. 1965.

(12) Fuentes, Patricia. Ob. Cit.

(13) Se conoce como “lenocinio” a las casas de tolerancia en diversas notas de la Municipalidad, como ésta, extraída del Archivo Histórico Municipal.

(14) Haurie, Virginia. Mujeres en tierras de hombres. Editorial Sudamericana. 1996.

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