María Giuffra, el arte de la memoria

María Giuffra es artista plástica, dibujante, fotógrafa y arquitecta. Cuando tenía 6 meses su padre fue secuestrado por la dictadura cívico-militar. Su última publicación, La Niña Comunista y el Niño Guerrillero, relata su historia y la de otros hijos e hijas de personas desaparecidas en primera persona.
domingo 03 de abril de 2022
María Giuffra, el arte de la memoria
María Giuffra, el arte de la memoria

El 24 de febrero de 1977 el padre de María Giuffra, Rómulo Carlos, fue secuestrado por un comando del Ejército, y tuvo que exiliarse junto a su madre en Brasil. A los 8 años regresó al país y comenzó la primaria en la Escuela de Educación Estética de Ramos Mejía, el secundario lo cursó en la Escuela Técnica “Fernando Fader” para terminar su formación artística en la Escuela Nacional de Bellas Artes “Prilidiano Pueyrredón”. Luego comenzó la carrera de Filosofía, que abandonó cuatro años después para continuar estudiando Arquitectura, lo mismo que estudiaba su padre al momento de desaparecer.

En 1995 María ingresó a la agrupación H.I.J.O.S. donde conoció historias similares a la suya. Además ganó una beca de la Fundación Antorchas con la que produjo la serie Los Niños del Proceso y otra beca del Fondo Nacional de las Artes que invirtió en el documental La Matanza, en el que aborda la desaparición de su padre. En octubre de 2021 publicó el libro de historietas La Niña Comunista y el Niño Guerrillero, donde aparece su historia y el testimonio que ella misma le tomó a una decena de hijas e hijos de desaparecidos.

 

Entrevista a María Giuffra: “Nada justifica la infancia que nos obligó a vivir la dictadura militar’’

 

-¿Qué podés decirnos de la serie Los Niños del Proceso y tus sensaciones al exponerla en diversos sitios?

-Al principio me dio miedo. No sabía cómo iban a reaccionar mis compañeros ni tampoco el público. Todos mis miedos se fueron inmediatamente después de la primera exposición en el Congreso de la Nación. Después entendí que ese miedo era un resabio del “por algo será” y que si volvía a sentir miedo, tenía que utilizarlo como herramienta de creación, no de inmovilidad. Me dieron muchas respuestas después de exponer en muchos lugares. Una señora de limpieza del Congreso me dijo que ella también era huérfana y que a partir de ver mi muestra se dio cuenta de la importancia de tener una foto de sus padres. De conocerlos un poco más, de saber. Eso ya hubiera valido la pena. Pero fueron miles las devoluciones de este tipo. En Río Gallegos fue a ver la exposición un grupo de niños de primaria, muy chiquitos. Fue increíble el compartir sus pensamientos y sentimientos para con la historia que les llegaba a partir de mis cuadros.

 

-¿Cómo surge el documental La Matanza en el que recopilaste la historia de la desaparición de tu padre?

-La Matanza surge de mi desesperación cuando en el año 1998 el EAAF (Equipo Argentino de Antropología Forense) nos entregan a mi madre y a mí un expediente del Ejército argentino en el que describen dónde, cómo y por qué matan a mi padre a tiros en la calle. Nunca pude digerir ese expediente. Me costó años entender. Años sin saber qué hacer con eso. No hago cine, pero sentía que eso lo tenía que contar con un corto porque era tanta la invasión de sentimientos que tenía cuando intentaba encarar ese expediente, que la imagen no alcanzaba para transmitirlo. Sé que es un corto prácticamente imposible de ver, pero justamente ese es el sentimiento que tengo con el expediente del Ejército. No puedo racionalizar tanta bronca, tanta tristeza, tanta impotencia.

 

-¿Cuál fue la importancia de las becas de la Fundación Antorchas y del Fondo Nacional de las Artes para promover tu obra relacionada con los derechos humanos.?

-Sin esas becas no hubiera encarado esos proyectos. Por muchos motivos. Pero principalmente porque quienes trabajamos en el arte, necesitamos esa interacción. Yo no hago todo lo que hago por una cuestión personal de necesidad de desahogarme, sino por un compromiso con nuestros padres y madres, con su lucha, con sus ideas y con sus vidas injustamente asesinadas. Entonces el intercambio y la respuesta de la sociedad es fundamental para lograr este diálogo que estoy intentando hace años. Es una pena que hoy la Fundación Antorchas ya no exista y que las becas del Fondo Nacional de las Artes sean de tan poco dinero, ya que lamentablemente la producción cultural de un país depende de eso. Incluso ahora estoy en medio de un problema: estoy en pleno proceso del trabajo para la segunda parte de la historieta La Niña Comunista y El Niño Guerrillero, pero la idea era tomar testimonios de las provincias faltantes en la primera parte. Solo pude recorrer Jujuy, Salta, Catamarca, Santiago del Estero, Chaco y Corrientes. Iré a tomar testimonios de Mendoza y San Luis. Y hasta ahí llego con el dinero. El hecho de no poder tomar testimonios de las otras provincias me duele, pero no tengo modo ahora de solventar esos gastos. Espero en la tercera parte abarcar el sur, Formosa, Misiones, la Rioja y San Juan.

 

-¿Cómo definirías tu experiencia en el colectivo H.I.J.O.S. y tu actual militancia universitaria?

-En H.I.J.O.S. fue muy necesario todo lo que pasó. Me hizo muy bien conocer otras historias similares, ahí empezó el germen de todo mi trabajo. Por el mismo motivo me tuve que ir de la agrupación. No quería someter a votación lo que yo quería decir. La herramienta del arte me dio eso, decir lo que quiero sin pedir permiso a nadie.

 

-¿Por qué elegiste estudiar Arquitectura luego de abandonar la carrera de Filosofía?

-Es una pregunta muy personal. Tiene que ver con los giros de la historia, supongo. Siento que la vida que me robaron era esa, criarme con un padre arquitecto, amar la arquitectura. Cuando era muy chica, en Brasil, yo dibujaba lo que ahora sé que son plantas arquitectónicas de casas. No tenía idea qué era, no sé por qué yo dibujaba eso. Pero lo hacía todo el tiempo. Mucho tiempo después, ya de adulta, tuve una epifanía muy clara de que la vida que me robaron era esa. Yo debía ser arquitecta como él porque esa es una pasión que compartimos. Lo comprobé al estudiar arquitectura. Nadie que no ame esa carrera podría hacerla, es compleja, larga y específica. Amé cada materia. Nunca sentí que lo hacía por él. Siempre sentí que esa era la vida que me correspondía. Filosofía fue una carrera que sin ella mi cabeza sería otra. Hice solo 8 materias y me enseñaron a leer y comprender textos, redactar ideas para ser comprendidas por sus sentidos y significados. Nunca hubiera podido terminarla, porque después de metafísica con Walton me di cuenta de que no podía, que no me gustaba tanto y que no era un placer. Seguí siempre dibujando.

 

-¿Qué te inspiró para producir la historieta La Niña Comunista y el Niño Guerrillero?

-Hace más de 10 años que estoy pensando esta historieta. En el año 2003 Yuyo Noé me dijo que mi serie Los Niños del Proceso, funcionaban como una historieta y que yo debía hacer eso. Él vio algo que ya estaba ahí latente, con toda la intuición que lo caracteriza. Hice miles de bocetos, recién en el 2018 se comenzó a concretar. Me inspiró principalmente la gran cantidad de historias de mis compañeros que me llegan, que me cuentan. Siempre pensé que eso no podía quedarse ahí, que teníamos que compartirlo con la sociedad para que todos sepan qué pasó, cómo y por qué.

 

-¿Por qué decidiste tomar los registros de los entrevistados de ese modo directo sin seguir un cuestionario como guía?

-Porque quería llegar al fondo de sus corazones, de sus sentimientos, quería acceder a los pensamientos más profundos y duros que puedan tener de sus infancias. Yo soy una de ellos y lo sé en carne propia. Intuía el modo de sacar esa información. Algo parecido a terapia, hacerlos hablar y que sus mentes y corazones se guíen por sí. Y así fue, la ilación de cada relato es caótica y personal. Van y vienen en el tiempo. Creo que eso hace que los lectores se sientan más cerca de los testimoniantes. No quería uniformizar los testimonios. Quería individualizarlos, cada persona es diferente y siente y procesa diferente. Eso es lo que quería mostrar. Y ese era el modo justamente porque quería transmitir mi sentimiento de irrefutabilidad ante las nuevas olas de las teorías de los dos demonios. ¿Quién puede negar la atrocidad de todo lo cometido ante las vivencias de niñas y niños? Ya no importa quiénes eran nuestros padres, absolutamente nada en el mundo justifica lo que les hicieron. Nada justifica la infancia que nos obligó a vivir la dictadura militar. Quien niegue esto debe asumirse como un monstruo.

 

-¿Cómo fue tu exilio en Brasil en tu infancia y la readaptación al regresar al país?

-El exilio fue lindo. La infancia en San Pablo fue hermosa. Fue muy duro volver acá. Toda mi vida dio un giro enorme. Seguramente a mis 8 años yo no tenía las herramientas para gestionar semejante elefante que se me venía encima. Ahí nació en algún punto La Niña Comunista, con toda esa tremenda estigmatización que viví desde que llegué a la Argentina. Aún sigue. Hace poco me volvieron a tildar de “zurda” en un ámbito de la FADU. Ahora ya me da risa. Pero tuve que hacer un proceso de años para poder transformar esa estigmatización en una herramienta de trabajo. Ya no duele. Mi infancia en Brasil fue hermosa, siempre voy a estar agradecida a ese país aunque también vivimos cosas muy duras durante el Mundial y la Guerra de Malvinas. Ahora se está editando La Niña Comunista en Brasil. Un editor de allá, Thiago Moderesi, me invitó a trabajar con él y estamos muy felices de la edición de la historieta en portugués.

 

-¿Alguna consideración final que quieras agregar?

-Quisiera agregar que toda vida merece ser contada. Que cada cual debe ser su propia voz. Que nadie debe contar mi historia en mi lugar. Que nuestras voces y sentimientos tienen valor. Que nadie te diga qué tenés que pensar o sentir.

 

Cultura.gob.ar

 

En octubre de 2021 publicó el libro de historietas La Niña Comunista y el Niño Guerrillero, donde aparece su historia y el testimonio que ella misma le tomó a una decena de hijas e hijos de desaparecidos.