Crónicas ilustradas

Ascenso al Cerro Ciarlotti

lunes 08 de noviembre de 2021
Ascenso al Cerro Ciarlotti
Ascenso al Cerro Ciarlotti

Por Alejandro Aguado (Texto e ilustración)

Visto desde el paraje Los Tamariscos, en el suroeste de Chubut, pareciera ser uno más entre tantos otros cerros situados en el faldeo oeste de la sierra de San Bernardo. Su altura apenas lo destaca algo del entorno. Según cómo lo ilumine el sol, su cresta en declive aparenta ser lo que quedó de las paredes de un antiquísimo cono volcánico. Para Trudy Bohme, quien habilitó el museo de Los Tamariscos, fue un sitio especial. Dispuesto en el salón del boliche, un cuadro atesoraba una serie de fotos con los colores lavados por el tiempo, tomadas en la cima.

A los retratados se los aprecia alegres, disfrutando del paseo. Se comentaba que en unas grietas de la cima habían encontrado una momia. Eran motivos más que suficientes para que despertara nuestra curiosidad, pero demoramos algunos años el concretar la visita.

Dejamos a un lado la ruta nacional 40, y por una huella nos adentramos doce kilómetros en un paisaje arrasado por el fuego, mutado a una planicie arenosa por la que vagaban dos zorros desconcertados ante tal devastación. El incendio se detuvo al pie de la sierra, al alcanzar los primeros afloramientos rocosos que funcionaron como un cordón de contención. A corta distancia, a un lado de un pastoso y húmedo mallín, el casco deshabitado de una estancia y sus arboledas, se salvaron de ser consumidas por el fuego. Era una amplia y sólida construcción de piedra que aunaba una vivienda de varios ambientes y un galpón para animales (posiblemente, se trataba de la antigua propiedad del médico Pedro Ciarlotti) Continuamos ascendiendo por el faldeo, entre cerros cónicos de cima chata y rocosa. Tras una curva, a casi 700 metros de altura sobre el nivel del mar, accedimos a un vallecito de 300 metros de ancho, chato, abierto y pastoso, que se tendía en dirección al oeste. En un extremo afloraban abundantes manantiales que se expandían formando arroyos que tras 700 metros de recorrido se descargaban en una laguna. Nuestra presencia desbandó a centenares de guanacos, que huyeron hacia las alturas de cerros vecinos.

Contorneando el vallecito pasamos junto a una arboleda. Continuamos ascendiendo por la huella y nos detuvimos a unos mil metros de las espaldas del cerro Ciarlotti. Continuamos a pie. El faldeo del cerro, con una alta y abrupta pendiente, parecía ser la de una pirámide. Desde el pie se lo veía despojado, sin ningún atractivo. El viento soplaba desbocado y nos abrigamos adecuadamente para el ascenso. De todos los cerros de la zona, este fue el que nos demandó el mayor esfuerzo por la pendiente muy pronunciada, el suelo arenoso, las piedras sueltas y el acoso del viento. El tamaño de las piedras, con apariencia de lodo solidificado, redondeadas o porosas, no se correspondían con su peso insignificante. En las alturas nos recibió el turbulento bramido del viento al estrellarse contra un paredón rocoso. Sobre una saliente, lo que aparentaba ser un corralito de piedra, era una tumba indígena, profanada. A la cima la coronaba una torrecita de hierro, similar a las dispuestas en varios de los cerros más prominentes del sur de Chubut. Según anunciaba una placa, fue colocada en los años ‘60 por el Instituto Geográfico Militar. La cima, que parecía un alto murallón, era la parte más alta de una cresta de roca que descendía en arco por la cara oeste, hasta perderse en las entrañas del pie del cerro. Estábamos satisfechos del objetivo conseguido. Sobre la margen sur, la cresta formaba una insospechada pared de roca de entre tres y 15 metros de altura. Brindaba un reparo en el que la calma era total. Entre tanto, las nubes se abrían y cerraban, iluminando o apagando las distancias estiradas, dibujando y coloreando el paisaje.

A nuestros lados se reconocían sitios de exploraciones previas –algunos muchos años atrás- y cerros ascendidos: Cerro de las Calaveras, El Dobladero, Corral de piedra, Sierra Nevada, Muchiguao, etc. Desde los 978 metros de altura del cerro, se percibía un peculiar efecto óptico que modificaba las distancias. Al fondo, las montañas cordilleranas semejaban un desordenado amontonamiento de cerros. Los 70 kilómetros de la meseta entre Alto Río Senguer y el cerro, que al transitar por ella se percibe plana y recta, se veía con un pronunciado declive. El descenso lo encaramos por el sureste, bordeando el pie del afloramiento, que formaba paredes altas e irregulares, cuevas, grietas y salientes de formas que invitaban a la imaginación. Era como el paisaje de una película donde podrían aparecer seres fantásticos. Regresados al vallecito pastoso, nos detuvimos junto a una vieja arboleda. Allí se situaban los restos de una antigua vivienda.

El cerro lleva su nombre en referencia al médico Pedro Ciarlotti, que en 1918 le compró la vivienda – comercio de ramos generales a Luis Gallino. El comercio quedó a cargo de su hermano, Antonio Ciarlotti. Aunque el médico siempre residió en Comodoro Rivadavia y en los alrededores del cerro residían desde años antes los pobladores Gumercindo Ortega, Francisco Gurruchaga y Sotero Vergara, el nombre del cerro los ignoró.

A un lado de las ruinas, que posiblemente perteneció a algunos de los tres últimos pobladores citados, se conservaba en buen estado el trazado de una de las antiguas rutas para carros que se adentraban en la sierra, camino a Colonia Sarmiento y Buen Pasto. Poco quedaba de las construcciones, excepto un baño para ovejas con paredes de piedra, empotrado en el suelo entre viejos y curtidos árboles y algunas piedras que delimitaban las bases de edificaciones. Camuflados entre las raíces de arbustos o semi enterrados en la arena, aparecieron: botellas de cerámica y vidrio, un tintero, una bombilla labrada, puntas de flechas, restos de alfarería, etc. Los esqueletos resecos de cuatro grandes álamos yacían volteados por los feroces vientos que azotan la zona. Repuestas las energías, nos dispersamos para explorar los alrededores. Con José María ascendimos unos cerros de cima chata y en sus bordes ubicamos dos grandes chenques. Por las características del entorno suponíamos su presencia, lo cual confirmamos. Junto a uno, algunas piedras planas y con forma de platos, contenían rastros de antiquísima pintura roja. Cabe suponer que sirvieron para pintar los cuerpos de los allí sepultados, según una antigua costumbre indígena. También había una piedra para afilar los astiles de flechas.

Tal como sucede con otros grandes cerros, que a la distancia aparentan ser una masa uniforme, el Ciarlotti y su entorno atesoraban parajes insospechados. Todos con huella humana, del tiempo de los pioneros y de los pueblos originarios. Rastros de modos muy distintos de vivir la vida. Asimismo, es parte de una serie de sitios arqueológicos que se encadenan entre sí a lo largo de la sierra, lo que evidencia que estuvo habitada desde miles de años atrás. En lo personal, para los seis que transitamos el lugar, fue concretar una meta largamente demorada. El ascenso a esa especie de torreón expuesto a lo más duro del clima patagónico, y su entorno, superaron nuestras expectativas. Trudy, aunque había partido hacía algunos años, estuvo con nosotros en el recuerdo de ese cerro que frecuentó y citaba.