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Cortázar cuenta sus cuentos

domingo 05 de septiembre de 2021
Cortázar cuenta sus cuentos

Recordamos al célebre escritor argentino en cuatro fragmentos en primera persona: cómo se le ocurrió escribir las historias de los cronopios y los famas, cuál considera su mejor cuento, el sentido de Rayuela y su proceso de escritura, y el cuento fantástico con el ejemplo de “Continuidad de los parques”.

 

Julio Cortázar nació el 26 de agosto de 1914 en Bruselas, ya que su padre era funcionario de la Embajada Argentina en Bélgica. Recién a los cuatro años, Cortázar llegó a la Argentina y pasó su infancia en la localidad bonaerense de Banfield.

Lector desde temprana edad, a causa de una enfermedad que desde muy niño lo obligaba a estar en cama, se recibió de maestro y luego de profesor de letras. Más tarde empezó la carrera de Filosofía y Letras en la Universidad de Buenos Aires (UBA), pero abandonó para ayudar económicamente a su madre, por lo que empezó a trabajar como docente en varias ciudades del interior del país.

En 1951 se fue a París con una beca y esa fue la ciudad que eligió para residir. Concluida la beca, consiguió trabajo como traductor en la Organización de las Naciones Unidas para la Educación, la Ciencia y la Cultura (Unesco). Allí escribió una extensa y brillante obra literaria, entre los que deslumbran sus cuentos fantásticos y sus relatos lúdicos. Sin embargo, su obra más disruptiva y revolucionaria fue una novela: Rayuela, que se convirtió en un clásico de la narrativa en español. Rayuela le daría a Cortázar su mayor éxito editorial y también reconocimiento internacional.

En 1980 fue invitado a dar un curso de literatura a la Universidad de California en la ciudad estadounidense de Berkeley, que se desarrolló entre octubre y noviembre. Esas clases fueron desgrabadas y publicadas en 2013 en el libro Clases de literatura. Berkeley, 1980. De este libro son los fragmentos que se reproducen a continuación.

 

Sobre Historias de cronopios y de famas, libro de relatos breves publicado en 1962 por Minotauro.

 

“Esas historias de cronopios y de famas empezaron de una manera bastante misteriosa para mí, nunca he sabido cómo. La anécdota es que un día estando en un teatro de París hubo un intervalo entre dos momentos de un concierto y yo estaba solo, distraído, pensando o no pensando, y en ese momento tuve una visión interior, de unos seres que se paseaban por el aire y eran como globos verdes. Yo los veía como globos verdes pero con orejas, una figura un poco humana, pero no eran exactamente seres humanos. Al mismo tiempo me vino el nombre de esos seres que eran cronopios. (Los críticos luego han buscado si la palabra cronopio tiene alguna relación con el tiempo, por lo de Cronos, el dios del tiempo. No, en absoluto; no tiene nada que ver con el tiempo. La palabra cronopio me vino como muchas otras palabras imaginarias que me han venido a lo largo de los años, y se asociaba con esa imagen de personajes muy simpáticos que flotaban un poco, hasta el momento en que el concierto continuó y me olvidé). Cuando volví a mi casa, en los días siguientes, los tuve de nuevo presentes; entonces se produjo una especie de disociación: no sabía lo que eran los cronopios ni tampoco sabía cómo eran, no tenía la menor idea, pero la disociación se produjo porque aparecieron los antagonistas de los cronopios a los que llamé famas.”

 

Sobre “El perseguidor”, cuento que forma parte del libro Las armas secretas, publicado en 1959 por Sudamericana.

“Hay cuentos a los que por razones existenciales y porque personalmente me concernían mucho sigo todavía muy atado, como es el caso de “El perseguidor”. Si finalmente tuviera que elegir así, a vuelo de pájaro, un cuento sobre todos los que he escrito pienso que “El perseguidor” sería mi elegido por muchas cosas; primero porque me mostró la forma en la que estaba pasando de una etapa que podría tener sus méritos pero que era bastante negativa en el plano literario y en el plano latinoamericano. Hablando con toda distinción, ese cuento fue una especie de revelación, algo de eso que les dije los otros días cuando hablábamos de los caminos de un escritor: fue una especie de bisagra que me hizo cambiar. No es que me haya cambiado a mí pero que lo haya escrito es prueba de que yo estaba cambiando, buscando; un poco lo que el personaje de “El perseguidor” busca en el cuento, yo lo estaba buscando también en la vida.”

 

Sobre el cuento fantástico “Continuidad de los parques”, incluido en la segunda edición de Final de juego, publicada en 1964 por Sudamericana.

 

“El cuento más breve que he escrito; en realidad cabe en una página y media y sin embargo es un cuento tal como yo entiendo el género: (…) del relato que se cierra sobre sí mismo, se completa y tiene algo de fatal que concluye en esa noción de la esfericidad; en el caso de los cuentos fantásticos se tiene que cumplir realmente para conseguir el efecto que el autor quería, como sucedía en “Calor de agosto” donde el cumplimiento de la fatalidad es absoluto y total.”

“El mecanismo es simple y a la vez ha tratado de ser absoluto: el lector de una novela entra en ella y sufre el destino que le corresponde como personaje. En realidad está total interfusión de lo fantástico con lo real, donde es muy difícil o imposible saber qué es lo uno y qué es lo otro, no creo que se dé en la experiencia cotidiana de todos nosotros pero sí se da en la literatura y es ahí donde lo fantástico puede alcanzar uno de sus puntos más altos. La verdad, y esto lo cuento un poco anecdóticamente, es que la idea de este cuento me vino un día en que estando solo en una casa al atardecer estaba leyendo un libro, ya no sé cuál, y en un momento dado en que había una situación dramática que sucedía en una casa vacía donde había un personaje, dije: “¡Qué curioso si ahora me sucediera lo que le va a suceder al personaje!”. Todavía no sabía qué iba a sucederle porque estaba leyendo el libro, pero me encontraba en una situación física igual (…). De esa idea un poco confusa vino la intención de escribir el cuento, que precisamente porque es muy corto la verdad es que me dio mucho más trabajo que muchos más largos porque había que cuidar cada palabra.”

 

Sobre Rayuela, la tercera novela de Cortázar, publicada en 1963.

 

“Esta etapa que yo llamo metafísica a falta de mejor nombre se fue cumpliendo sobre todo a lo largo de dos novelas. La primera que se llama Los premios, es una especie de divertimento; la segunda quiso ser algo más que un divertimento y se llama Rayuela.”

“A lo largo de unos cuantos años escribí Rayuela y en esa novela puse directamente todo lo que en ese momento podía poner en ese campo de búsqueda e interrogación. El personaje central es un hombre como cualquiera de todos nosotros, realmente un hombre muy común, no mediocre pero sin nada que lo destaque especialmente; sin embargo, ese hombre tiene –como ya había Johnny Carter en “El perseguidor”– una especie de angustia permanente que lo obliga a interrogarse sobre algo más que su vida cotidiana y sus problemas cotidianos. Horacio Oliveira, el personaje de Rayuela, es un hombre que está asistiendo a la historia que lo rodea, a los fenómenos cotidianos de luchas políticas, guerras, injusticias, opresiones y quisiera llegar a conocer lo que llama a veces “la clave central”, el centro que ya no sólo es histórico sino filosófico, metafísico, y que ha llevado al ser humano por el camino de la historia que está atravesando, del cual nosotros somos el último y presente eslabón. Horacio Oliveira no tiene ninguna cultura filosófica –como su padre– y simplemente se hace preguntas que nacen de lo más hondo de la angustia.”

Julio Cortázar, considerado parte del boom latinoamericano junto al colombiano Gabriel García Márquez, al peruano Mario Vargas Llosa, al paraguayo Augusto Roa Bastos y al mexicano Carlos Fuenes, murió en París el 12 de febrero de 1984.

Fuente: Julio Cortázar. Clases de literatura. Berkeley, 1980. Alfaguara. 2013. Edición de Carles Álvarez Garriga.

 

Cultura.gob.ar

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