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Fantástica y misteriosa Silvina

lunes 09 de agosto de 2021
Fantástica y misteriosa Silvina

Silvina Inocencia María Ocampo nació el 28 de julio de 1903 en la casa familiar de Viamonte 550 en el centro de la ciudad de Buenos Aires. Fue la menor de seis hermanas de una de las familias más ricas y tradicionales de la Argentina.

Fue educada con institutrices inglesas y francesas en su propio hogar, por lo que aprendió a hablar y a escribir en esos idiomas, antes que en castellano. Su infancia la pasaba entre el caserón de la ciudad, la mansión Villa Ocampo en el partido bonaerense de San Isidro, los campos familiares de Pergamino en la provincia de Buenos Aires y la estancia Villa Allende en la provincia de Córdoba. También, una vez por año, la familia viajaba a París acompañada de sirvientes y llevaban la vaca arriba del barco para que pudieran tomar leche fresca.

“Una de las mujeres más ricas y extravagantes de la Argentina, una de las escritoras más talentosas y extrañas de la literatura en español: todos esos títulos no la explican, no la definen, no sirven para entender su misterio. Nunca trabajó por dinero –no lo necesitaba–, no participó de ningún tipo de actividad política (ni siquiera política cultural), publicó su último libro cuatro años antes de morir (y escribió incluso cuando ya tenía los primeros síntomas de Alzheimer, con casi 90 años) y su vida social, siempre reducida, se iba haciendo nula con los años, algo casi inaudito en una mujer de su clase. El dinero le dio libertad pero nunca pareció demasiado consciente de sus privilegios que, puede decirse, apenas usó”, cuenta la escritora argentina Mariana Enriquez en el libro La hermana menor. Un retrato de Silvina Ocampo.

La hermana mayor de Silvina fue la gran Victoria Ocampo, reconocida mundialmente por su aporte a las letras y la cultura en general. La relación entre ambas siempre fue ambigua y turbulenta.

De chica, Silvina no escribía, pintaba, y un hecho que la dejará marcada es la muerte de su hermana Clara, quien tenía once años, y Silvina sólo seis. En la infancia, la menor (y la única de las hermanas) Ocampo también se siente atraída por el mundo de la servidumbre del que vivía rodeada. Iba frecuentemente al último piso de su casa, donde estaban las dependencias de servicio y pasaba mucho tiempo ahí, ayudando a hacer quehaceres domésticos como planchar o arreglar ropa.

“Gran parte de la literatura de Silvina Ocampo parece contenida ahí: en la infancia, en las dependencias de servicio. De ahí parecen venir sus cuentos protagonizados por niños crueles, niños asesinos, niños asesinados, niños suicidas, niños abusados, niños pirómanos, niños perversos, niños que no quieren crecer, niños que nacen viejos, niñas brujas, niñas videntes; sus cuentos protagonizados por peluqueras, por costureras, por institutrices, por adivinas, por jorobados, por perros embalsamados, por planchadoras. Su primer libro de cuentos, Viaje olvidado (1937), es su infancia deformada y recreada por la memoria; Invenciones del recuerdo, su libro póstumo, de 2006, es una autobiografía infantil. No hay período que la fascine más; no hay época que le interese tanto”, cuenta Enriquez en el libro perfil que escribió sobre Silvina.

Cuando tenía 26 años, Silvina Ocampo se fue a estudiar dibujo y pintura a París. En la capital francesa se unió al Grupo de París: artistas plásticos argentinos que se habían ido a establecer allí durante la segunda década del siglo XX. Entre ellos estaban: Norah Borgues, Raquel Forner, Lino Spilimbergo, Horacio Butler y Xul Solar. Durante su estadía en la ciudad europea, Silvina tomó clases con el pintor italiano Giorgio de Chirico, fundador de la escuela metafísica, y con el francés Fernand Léger, figura del cubismo. Aunque en sus dos casas de Buenos Aires siempre tuvo un atelier, más tarde abandonó las artes plásticas para dedicarse a la literatura.

Una vez de regreso en Buenos Aires, conoce (o se reencuentra, el inicio de la relación no está claro) con Adolfo Bioy Casares, otro hijo de la clase alta argentina. La familia poseía grandes estancias y además era dueña de la empresa láctea La Martona, sin embargo a este hijo de terratenientes –se dice que tan hermoso como rico– no le interesaba ni tenía ninguna habilidad –según él mismo confesaba– para administrar los campos de la familia. Su principal interés era la literatura. Y las mujeres.

Silvina y “Adolfito”, como le decían para diferenciarlo de su padre con el mismo nombre, se fueron a vivir a la estancia Rincón Viejo, propiedad de la familia de Adolfito, en la localidad de Pardo, partido de Las Flores, en la provincia de Buenos Aires. La pareja vivió allí entre 1934 y 1940, inmune a dos hechos que podrían haber sido considerados escandalosos: no estaban casados y ella era once años más grande que él. Ambos lo recuerdan como una época feliz.

Ese período fue importante para los dos, ya que por un lado, Adolfo abandonó la carrera de abogacía y se dedicó de lleno a la literatura, cuya consagración se daría en 1940 con la publicación de La invención de Morel. Y por otro lado, según Aldolfo, fue el campo donde Silvina dejó el dibujo y la pintura y empezó a escribir. Quizás fue el lugar donde escribió los cuentos de su primer libro, Viaje olvidado, que publicó en 1937. La estancia Rincón Viejo también es muy significativa, ya que allí es donde se consolidó la amistad de Silvina y Bioy con Jorge Luis Borges, que duró hasta la muerte del autor de El Aleph.

“El más común de los lugares comunes sobre Silvina Ocampo es considerar que quedó a la sombra, oscurecida, empequeñecida por su hermana Victoria, su marido el escritor Adolfo Bioy Casares y el mejor amigo de su marido, Jorge Luis Borges. Que la opacaron. Pero es posible que la posición de Silvina haya sido más compleja. Quienes la admiran fervorosamente decretan que sin duda que fue ella quien eligió ese segundo plano. Dicen que desde allí podía controlar mejor aquello que deseaba controlar. Que nunca le interesó la vida pública sino, más bien, tener una vida privada libre y lo menos escrutada posible. Que, en definitiva, ella inventó su misterio para no tener que dar explicaciones”, detalla Enriquez en La hermana menor.

La pareja contrajo matrimonio en 1940 y uno de los testigos del casamiento fue el propio Borges. Luego de un viaje de bodas un tanto excéntrico –viajar en casa rodante por todo el país con unos amigos, que terminó en fracaso y apenas llegó a Rosario y Córdoba­–, la pareja se instaló en Buenos Aires y el campo quedó solo para unos días en verano. Desde entonces se los empezó a llamar los Bioy. La vida de casados incluyó las innumerables infidelidades de él, entre las más conocidas, con la escritora mexicana Elena Garro, quien fuera esposa de Octavio Paz. Y rumores sobre presuntos romances de Silvina con otras mujeres.

Rodeada de esas tres grandes personalidades, y del amor-odio que había entre ellos, Silvina eligió un segundo plano y desde ese lugar desarrolló una extensa e interesante obra literaria. Luego de su libro de cuentos Viaje olvidado (1937), volvió a publicar en 1942 pero, esa vez, un poemario: Enumeración de la patria, y luego otro libro de versos en 1945, Espacios métricos. Le siguieron, dentro del campo de la lírica, las publicaciones Poemas de amor desesperado (1949), Los nombres (1953) y Pequeña antología (1954).

En 1962 volvió a publicar otro poemario, Lo amargo por lo dulce, que fue considerado como uno de sus mejores logros en el género de la lírica y en 1972 publicó su última entrega poética: Amarillo celeste. Junto a Bioy y Borges, hicieron la Antología de la literatura fantástica (1940) y también presentaron la Antología poética argentina (1940). En tanto que con Bioy, escribieron la novela policial Los que aman odian (1946).

Luego se dedicó a escribir cuentos. Se publicaron en Autobiografía de Irene (1948), La furia y otros cuentos (1959), Las invitadas (1961), El pecado mortal y otros cuentos (1966), Informe del cielo y del infierno (1969), Los días de la noche (1970), Y así sucesivamente (1987) y Cornelia frente al espejo (1988). Estos relatos están poblados de seres fantásticos, retratados desde el humor negro y la ironía, o deformados por la percepción de sus particulares narradores. Recibió, entre otros, el Premio Municipal de Literatura en 1954 y el Premio Nacional de Poesía en 1962, como así también la Beca Guggenheim.

Silvina murió a los 90 años, en Buenos Aires, el 14 de diciembre de 1993. Fue sepultada en la cripta familiar de los Ocampo en el cementerio de la Recoleta.

Fuentes: La hermana menor. Un retrato de Silvina Ocampo, de Mariana Enriquez (Universidad Diego Portales, Chile, 2014)/Ruiza, M., Fernández, T. y Tamaro, E. en Biografías y Vidas. La enciclopedia biográfica en línea.

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