Anécdotas paranormales de un hijo de las víctimas

“Para algunos yo había matado primero a mi viejo y luego a mi mamá”, dice Miguel Crespo 30 años después

sábado 07 de agosto de 2021
“Para algunos yo había matado primero a mi viejo y luego a mi mamá”, dice Miguel Crespo 30 años después
“Para algunos yo había matado primero a mi viejo y luego a mi mamá”, dice Miguel Crespo 30 años después

Poco más de treinta años después vuelven a recibir al mismo cronista en la misma casa de la calle Huergo al 4.800 frente a la misma terminal de transportes otrora “Comodoro” del barrio Máximo Abásolo donde una sigue trabajando.

Ya no está Mercedes que supo ser algo más verborrágica, pero están ellos, hijos de Ramona García y Ricardo Barrionuevo. Ninguno de los hermanos aparenta la edad que tienen; Stella Maris Barrionuevo pareciera no haber cambiado mucho el semblante ni su rostro de niña acompañada por su esposo. También y por momentos Miguel Crespo pareciera haberse quedado en el tiempo o no haber envejecido. ¿Serán acaso las primeras sensaciones? Stella Maris tiene 54 años, apenas 3 años menos que los que tenía su madre Ramona cuando pasó lo que pasó; Miguel Crespo dice tener ya 70 años, y esta vez es el más verborrágico.

“Si hay algo más detrás de todo esto, tenemos ciega confianza en que la justicia lo va a sacar” dijo uno de los hermanos, y quedó como título de una nota aparecida un jueves 15 de agosto del 91 en este diario con los mismos protagonistas. Esta vez la nota no cuenta con grabador de por medio, apenas el eterno anotador y la birome que suele subrayar algunas frases. Miguel Crespo recuerda como si fuera ayer, algunas cosas. “Me acuerdo de tantas cosas, pero yo estaba obsesionado también, al principio me señalaban a mí como si fuera el asesino de mi viejo primero y de mi madre después; recuerdo que luego de que encontraran el cuerpo de mi madre en La Herradura me llamaron desde el diario Crónica y hablé con el director; alguien en Trelew quería que viajara urgente para allá, era un fotógrafo muy conocido (Studgart) pero también alguien que había ayudado a esclarecer muchos casos policiales en el Chubut; la cuestión es que después de salir de Crónica me fui a la Unidad Regional; yo andaba con el investigador privado Salvador Atencia, y en la Unidad Regional me pusieron de acompañante al oficial Juan Carlos Villaboas (después sería comisario inspector hasta su retiro) y fuimos en pleno invierno”.

En esta parte de la historia y para abreviar, agrega Crespo que se entrevistaron con Studgart que era una especie de medium que lo contactaría con su madre recientemente fallecida.

“Me habían hablado mucho y muy bien de este hombre, así que nos pusimos en una mesa o algo parecido, tanto Atencia como Villaboas tomaban nota de lo que sucedía. Era de no creer, pero de pronto apareció la voz de mi madre dándome indicaciones, primero una dirección por Rivadavia al fondo, después una rotonda de la avenida 13 de Diciembre (residencia entonces de Gustavo Rosales), y otra más, nos estaba indicando los lugares donde vivían sus asesinos que todavía no sabíamos quiénes eran, después cuando los descubrieron nos dimos cuenta que nos había dado casi con exactitud las direcciones” recordó.

Esta es solo una de las varias historias con ribetes paranormales que rememora Miguel Crespo y de las que asiente su hermana Stella Maris que aún, 30 años después, siguen buscando justicia por la muerte de Ricardo Barrionuevo y cuya causa por estos días ha sido recordada por antiguos investigadores policiales que van agregando datos que, muy posiblemente, en alguna próxima edición tengan trascendencia pública.

Las cenizas que apagaron el caso Barrionuevo que estaba en boca de todos

La privación ilegal y posterior homicidio de Ramona García viuda de Barrionuevo causó gran conmoción allá por los primeros días de agosto de 1991 en esta ciudad y la región central de la Patagonia.

No había internet ni redes sociales y Crónica y el restante medio escrito de la ciudad eran los obligados canales de información de una sociedad ansiosa por estar informada y preocupada por las connotaciones de este y otros homicidios y hechos policiales ocurridos en aquella década con preponderancia de personas desaparecidas.

El caso de la empresaria de transportes “Comodoro” y por consiguiente, el de su esposo también, asesinado cruelmente 4 años atrás, acaparó la atención de toda la ciudadanía. Muchos sospechosos y ningún culpable al principio. Entre el hallazgo del Ford Sierra en un lugar y el cuerpo de la víctima 25 kilómetros al sur, pasaron varios días hasta que empezara a salir un poco de luz entre tanta oscuridad.

Cuando muchos investigadores se inclinaban por asociar ambas muertes del matrimonio, hubo otros pocos que se inclinaron por un hecho. Mucha policía andaba en busca de indicios y rastros que conduzcan a buen puerto. Hubo en aquel entonces un joven oficial que con el tiempo llegaría a convertirse en un jerárquico de máxima categoría en la Policía del Chubut; provenía de la zona del Valle y se llamaba -se llama- Juan Eduardo González; pantalón jeans, campera de cuero oscura y semi calvo, comenzó un trabajo de hormiga: el seguimiento de un sospechoso de haber sido el “entregador” de Ramona.

Este sospechoso no era otro que Gustavo Javier Rosales, el telefonista que entregaba turnos de madrugada en el hall del Hospital Regional, el mismo que a eso de las 21:30 del miércoles 31 de julio del '91 llegó hasta el departamento del Pasaje Los Patos al 2.200 para decirle a su amiga que la esperaba en su departamento de la calle 13 de Diciembre al 441. “Tengo una linda sorpresa para vos” le dijo en presencia de Agapito B.

Todos estos detalles eran comidilla obligada en pasillos de guardias de comisarías y juzgados penales, no excluyendo otros lugares oficiales y comercios de la ciudad.

No se hablaba de otra cosa. Hasta que ocurrió algo natural e impensado que por un tiempo largo obligaría a todos a tener las cabezas ocupadas y preocupadas en otro caso que azotó a toda la región del sur argentino: la erupción el 8 de agosto del volcán chileno Hudson ubicado a 137 kilómetros al sur de Coyhaique que pobló a Comodoro y el resto de la Patagonia en cenizas volcánicas que acapararon toda la atención de la sociedad al menos hasta diciembre del mismo año 1991.